Archipiélago, 21: Isla de la Literatura presoviética

by FÉLIX MOLINA

La literatura rusa es toda ella un gran adiós.

LOS AUTORES  – SUS TRADUCTORES

Esta isla se mide en verstas, no en kilómetros. Está llena de mujiks y de babushkas. Nadie sale de casa con menos de cinco diminutivos y tres patronímicos a la espalda. Nadeshka Nikolaevna puede ser Naduska en la página cincuenta, Nadia en la doscientos y pico y Almita hacia el final. Pero sigue siendo la enamorada ardiente y sin remedio de todas esas páginas.

Las cosas se compran y se venden en kopeks. Y cada cinco o seis páginas florece, como una flor gigante, el samovar, sembrando en las dachas un olor a bebida hirviendo que reconforta y aturde a la vez, según la hora y el personaje. Todo el mundo tiene un gran asesino en su interior que se arrepiente y acaba ahogado en vodka, o suplicando a un cura, indefectiblemente llamado Padrecito. La gente se mueve por la divinidad o por el demonio, se angustia sin pausa o ingresa en un paraíso de repente.

Flota en el aire una gran nostalgia, no se sabe nunca de qué, que rebosa en los corazones, ya sea uno un mujik o un ingeniero agrónomo. Todo el mundo es quien sea –normalmente un canalla o un santo– y también su puesto:  el arquitecto Leonidas Leonov, el agrimensor Nikolaev (hermano de Nadeshka, o Naduska, o Nadia, o Almita), la princesa Katia, que nunca se somete al samovar menos de cinco veces al día, o el aposentador Yurin, que apenas representa o simboliza nada, pero adorna.

Ahora bien, en las noches más blancas se oye el rumor acorazado de un cañonero y sus grumetes, que intentan abordar la isla. Llevan un jamón gusaniento en la proa. Y bajo su sombra, proyectada en la bahía, miles de madres despeñan sus carritos de bebé por las escalinatas. La isla es un hormiguero, con toda una turba de mujiks que vuelcan las bandejitas del samovar.

¡¡¡¡¡¡Es la literatura soviética, que ya llega!!!!!!

Un comentario Agrega el tuyo

  1. No sé si te has dado cuenta, pero al final hemos saltado (nunca mejor dicho, teniendo en cuenta las escaleras) de la literatura al cine, lo cual casi te da para otro artículo sobre Tarkovski, Pudovkin, Kalatózov y el ínclito padrecito del que hablábamos a costa de la escalera, Serguéi Mijáilovich Eizenshtéin, Seryozha para los amigos.

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