Mucho más que antes

by FER REINÉS

Sé que tiene miedo de tocarme. Tiene miedo de todo desde que pasó. 

Hoy es la primera vez desde que sucedió. No recuerdo mucho. La noción del tiempo es algo que se pierde junto con la visión. Casi como si el tiempo necesitara ser visto para poder pasar.

Lo espero desnuda arropada con una toalla bordada de flores. Al menos, creo que es esa toalla. La recuerdo por las puntas duras y resecas. Antes de todo, le dije que teníamos que comprar toallones nuevos.

La noche que sucede estamos andando en la moto. Hace frío y yo voy adelante, castañeteando los dientes y con los nudillos blancos sobre el volante. El olor a cuero viejo de la campera de Agustín nos acompaña. Es el equivalente al olor a andar en moto.  

Lo escucho moverse en el baño. Respira con zumbido, como cuando está nervioso.

“No vayas tan rápido que vamos a salir volando.” me grita. Me río, y miro hacia la derecha para besarle la comisura de los labios, divertida con la idea de que a la moto puedan salirle alas. “Quiero volar”, le respondo. El motor ruge y los brazos de Agustín se cierran fuerte en torno a mi cintura.

Muevo mis piernas lentamente, prestando atención al roce de la toalla sobre mi piel, preparándome para el contacto.

Agustín se acerca despacio y se sienta a mi lado. El colchón se hunde bajo su peso. Quiero acortar el espacio entre nosotros, pero no estoy segura de qué tan lejos está de mí. Escucho su corazón latiendo desbocado.

El viento me golpea la cara sin piedad. El cielo en la ruta se ve distinto. Más impenetrable y profundo. Una línea apenas rosada llama al amanecer. El campo es una sábana gris de niebla y secretos. “No es increíble?”, digo. “Sí, muy lindo. Pero podríamos haberlo hecho de día también”. Suelto la mano derecha del volante y le acaricio la mano que abraza mi cintura. “De noche es más divertido.” Agustín pega su boca a mi oreja: “Yo siempre cumpliéndote los caprichos.”

Acelero en una curva y los árboles pasan rápido a nuestro lado. El juego de luces de la moto y los postes de luz les dan caras, casi como de premonición, avisando que hay peligro adelante. Pero yo no los veo.

Me saco la toalla en silencio. No tengo idea de si estoy gorda o flaca. Si tendría que haberme rasurado o si solo tengo una pelusa. Si tengo más o menos celulitis que antes. Esas cosas solo son importantes en el mundo de los que ven.

 Y fue en ese momento cuando lo escuché. Un estruendo de motores que chirriaban, crujían, dolientes y forzados, hacia nuestra dirección. Casi como avisándonos del final. Un segundo antes, una luz blanca desde la izquierda nos encandila como a dos ciervos distraídos.

Me despierta el olor a humo y a sangre. Siento la cara abierta, como si hubiera tomado la forma de una manzana mordida. Trato de mover el cuello sin éxito. Desde muy lejos, me llegan los gritos de Agustín. Habla con la boca llena de algodón. “Paula. Paula. Paula. ¿Me escuchás? Paula, ya llamaron a la ambulancia.” Miro a mi alrededor. “Qué oscuro que está todo. ¿No amaneció todavía?”. Silencio. “Sí, Pau. Ya es de día…”. Después nada.

El corazón de Agustín se acelera. Hoy es la primera vez que nuestros cuerpos van a tocarse de nuevo. Extiendo mis brazos y le rodeo los hombros. Mis labios le acarician el cuello y me siento arder por dentro. Siento agua correr por mi axila y pienso que estoy sudando, pero es Agustín que llora en silencio.

—Debe ser muy raro todo esto para vos.

Le paso los dedos por la espalda y ahí está todo. Sus pecas en los hombros, el triángulo invertido de su cintura. Mis dedos capturan el tatuaje del dragón escupiendo fuego en el centro de sus omóplatos. Es una cicatriz con color sobre su piel, más blanda y tibia que antes.

—¿Raro por qué? Si ahora veo mucho más que antes.

—Sos hermosa.

No se lo digo, pero eso ya no es importante. Hoy no tengo noción de mi propia imagen y esos cumplidos solo tienen sentido cuando uno se mira al espejo.

—Tocáme, por favor. Quiero sentir que existo. —le pido.

Con temor y con desesperación, Agustín me da lo que necesito.

Con su cuerpo sobre el mío, con la respiración agitada y la voz quebrada, me susurra: “Yo siempre cumpliéndote los caprichos.”

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