Yo, tan libre by Felicitas Rebaque

Puedo ver el mar, aunque ya estoy lejos, viajando en este tren que me separa  de ti. Mis ojos se llenan de azul de agua, porque llueve fino. Y vuelvo al refugio de tus brazos bajo el paraguas. Al beso salado que dejaste en mi frente. A la lluvia que me lavaba la cara, o eran lágrimas gozosas, gotas juguetonas que se escapan de mis ojos.

   El tren se ha detenido. Miro por la ventanilla y un cartel me dice que estoy en Palencia. Pero las letras se desdibujan y las paredes de ladrillos rojos del edificio de la estación se abren en un gran marco. Sigo viendo el mar. Y a las gaviotas libres que cruzan el horizonte en sus vuelos juguetones. Me siento gaviota, libre, dueña del aire y del cielo.

Me sorprendo ante mi nuevo estado, ante la felicidad que me estalla en el pecho. Comprometida contigo, con el amor, yo que no deseaba ligarme a nadie, que enarbolé la bandera de mi solitaria vida en aras de la libertad, sin ataduras. Sí, salvaguardar mi libertad fue la razón por la que levanté todas mis defensas cuando nos conocimos. Sin embargo, ¡qué poco te costó derribarlas!

Yo que me enojaba, si mis amigas se empeñaban en buscarme novios y relaciones formales.  No, eso ya no era para mí. De las que tuve salí más que escaldada y con heridas de guerra. Recuperada mi libertad no esperaba más que idilios esporádicos sin complicaciones; amigos con derecho a roce, como mucho. Eso sí, con la sinceridad por delante. Aún recuerdo la cara que se le quedó al bueno de Jorge en nuestra primera cita, cuando adivinando que buscaba “algo más” que tomar una copa en buena compañía, le solté a bocajarro que si pretendía echar un polvo se había equivocado de mujer. Se tomó unos minutos para reponerse de la impresión al sentirse descubierto. Me dijo: «eres la mujer más directa y franca que he conocido» Mejor así, para no crear falsas expectativas. Y no me fue mal porque con el tiempo se convirtió en uno de mis mejores amigos.

Nos movemos, el tren reanuda su marcha. Pero yo regreso a ti, e ingrávida vuelvo al paisaje querido: la montaña, la carretera que lleva a los prados, el pueblo colgante sobre el acantilado. Sigo travesando distancias y me hago presente a tu lado sin ser advertida. Te contemplo. Balanceas tu mirada en las olas mientras fumas uno de tus puritos. «No fumes, amor. Tienes que cuidarte». Pero no te voy a reñir, porque me extasío en tus ojos, así abstraído, sin saber que estoy a tu lado y te observo.

Con inmensa facilidad me introduzco en tu mente y echo fuera algunas preocupaciones que te fruncen la frente. Después bajo por tu pecho y te hago una caricia para dulcificar tu añoranza. También la siento, inmensa, pero nos hemos prometido que nuestras temporales ausencias tienen que ser alegres.

Entró en tu corazón: late fuerte y sonoro en mis oídos. Está cansado de batallas pasadas, de días duros. Las piedras de la mochila aún nos resienten y pesan. Lo sostengo un rato sobre mis manos y lo acompaso al mío para que se haga más liviano y entre los dos aligerar la carga. ¡Cuánto lo voy a cuidar! Sustituiremos hermosas vivencias por las malas que se empeñan en permanecer agazapadas produciéndonos angustia. Cambiaremos bellos momentos por los amargos, sonrisas por cada lágrima que nos hicieron derramar.

Sigo mi recorrido y accedo a tu conciencia. ¡Uf, cuantas cosas veo guardadas! Cierro los ojos por respeto y me voy rápido. Pero salgo contenta porque he visto que es un lugar blanco y limpio.

Antes de dejarte penetro en tus recuerdos. Encuentro estancias oscuras en las que no oso penetrar, pero otras están abiertas y muestran su interior. Sonrío cuando en un rincón descubro un cofre con un letrero en su tapa, lleva mi nombre. Tentada estoy de abrirlo y ver lo que guardas de mí, pero no, tampoco lo necesito, lo que pudiera contemplar lo he vivido y lo llevo escrito por ti, muy muy dentro.

Suspiras y exhalas el humo de una última calada y salgo a través de tu aliento. Te llaman, os disponéis a comer, y yo me alejo de esa realidad tuya, ya nuestra, eternamente y por siempre nuestra.

Tu madre, querida y dulce a tu lado. Guillermo y Nene, bromean. Y tú cantas, en recuerdo de la velada de anoche: En la barranca de Apures suspiraba un gavilán

Sé que te esfuerzas para que no te pese mi ausencia, también canto yo. Sí, mi amor, canta porque ya no hay distancias entre nosotros, porque nos amamos y vivimos juntos. Y así será para siempre. Te lo he prometido y soy mujer de palabra. Y además serán solo unos días mientras arreglo burocracias y papeleos.

Revivo tus caricias, tu infinita ternura, tus dulces e interminables besos. Manifestaciones de que el amor no se gasta ni se desgasta. Se renueva. Tu cariño y preocupación por mi bienestar me conmueve, no estoy acostumbrada a que me cuiden. Me emociona nuestro celo en velar el uno por el otro. Estando juntos, nada ni nadie podrá quitarnos nuestra paz y nuestra alegría. Nuestro mundo es una fortaleza infranqueable. Y te amo más aún, si cabe, por ello.

El tren desacelera su marcha y el revisor me avisa que la próxima parada es Valladolid. Apago el ordenador y doblo los periódicos. Ya estoy dispuesta. Pero aún cierro los ojos y, por un instante, de nuevo regreso a ti. Un último beso, mi amor. Tengo que bajar del tren. La ciudad, tantas veces hostil y fría hoy me recibe amable. Desciendo y camino por el andén como si me estrenara, me siento como la mariposa que sale de su crisálida y emprende su primer vuelo: plena, feliz, enamorada y libre.

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