LOS GLOBOS ESTÁN TRISTES by José Carlos Pena

Imagen facilitada por el autor.

Habían sido comprados en la Feria por el hermanito, para él un dragón y para ella el unicornio. Eran dos preciosos globos de helio que flotaban encantados al compás de los saltos del niño.

A partir de ese instante pasarían su efímera vida compartiendo su mundo desde el techo de la alcoba. Eran felices, con su sonrisa de fábrica y encantados de vigilar los sueños de los niños. Se consideraban afortunados, porque sabían que muchos querrían estar en su lugar contemplando esas caras angelicales y compartiendo las inocentes conversaciones de sus amigos.

Hoy el día entró por la ventana cuando los dos hermanos subieron la persiana. No era un día como los demás. Sus cantarinas voces se propagaron por la habitación resonando en las paredes que contestaron alborozadas cobrando vida.

No hay mejor reclamo a la alegría en un hogar que las voces de niños.

Los niños estaban inquietos porque, una vez acabadas las vacaciones en casa de los abuelos, regresaban a la suya cargados con los juguetes del verano y estaban ávidos de compartirlos con sus amigos.

Pero eran tantos los juguetes que no todos cabían en el equipaje. Tendrían que elegir cuales se llevaban y cuales dejaban.

-Mamá ¿y no podemos llevar los globos?

-No niños, son demasiado grandes.

El unicornio y el dragón se miraron compungidos, pues aún albergaban ciertas esperanzas.

Al cabo de unas horas la habitación está solitaria. Por la ventana entra un sol descarado y ante esa invasión los globos se refugian pegándose al techo.

El silencio es atronador. Sólo un susurro provocado por el roce de sus pequeños cuerpos de plástico en el techo lo rompe levemente. El unicornio y el dragón se mueven cadenciosamente impelidos por las ligeras corrientes y el peso de los hilos que penden de sus vientres. Se diría que sus ojos están tristes, aunque nadie podría detectar ningún cambio y ni mucho menos una lágrima.

Los abuelos contemplan los globos, la tristeza se contagia añorando las ausencias, cierran la puerta, detrás los globos lloran, a este lado los Abus también.


EPÍLOGO: Tres días después el unicornio y el dragón yacen en el suelo, flácidos, sin helio, sus cuerpos juntos y sus hilos entrelazados.

José Carlos Pena (verano 2022)

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