POR QUÉ VISTEN DE COLOR VERDE by María José Neira Garnelo

Imagen tomada de Pinterest

¿POR QUÉ VISTEN DE COLOR VERDE?

Me duele todo el cuerpo, tengo mucho calor y llevo ocho horas sin comer apenas. Bebo un poco de agua de la botella que hay sobre la mesa, para ver si así mi estómago se sacia y se calman los sofocos que tengo constantemente.

Las flores que trajeron esta mañana sobresalen sobre el fondo blanco de las paredes y los muebles de la habitación; no huelen a nada, como todas las de las floristerías, pero dan un toque de vida a este espacio tan impersonal. 

Estoy leyendo un libro que me regalaron; cuenta la historia de una joven que tiene que salir adelante en un país de hielo, en una sociedad y una época que no le dejan desarrollar su talento artístico. Leo una página y vuelvo atrás; mi cabeza vuela de la página a la habitación y vuelve a la historia y se va de ella una y otra vez, como la luz del fluorescente; me molesta tanto su resplandor que acabo por apagarla, aunque la poca claridad que entra por la ventana no me permita leer.

 Dejo el libro en la mesita y me tumbo mirando al techo, al fluorescente que no para de temblar, igual que mis manos. Miro a un lado y observo cómo caen las gotas de suero, como en un reloj de arena al que nunca se le da la vuelta, y que marca el paso del tiempo lentamente. El olor a éter es desagradable; es olor a hospital, a enfermedad, a sufrimiento, a malas noticias, a muerte. El olor de la muerte entra por todos los rincones y lo invade todo como una plaga.

El tiempo pasa lentamente desde ayer por la mañana. La escasa información que me han proporcionado es peor que su ausencia, porque lo poco que sé me hace ponerme en lo peor y en mi cabeza entra la idea de la muerte, esa sombra negra y fría que se agarra a la piel como una sanguijuela. Intento pensar en otras cosas, intento dormir pero no puedo; el aparato de aire emite un ruido incesante y hay un vaivén continuo de gente por los pasillos. Estoy sola y aislada.

Otra vez oigo pasos que se acercan; quizá sea para mí. Pero de nuevo los pasos se alejan, como la última vez. La preocupación que ya me corroe da paso a la furia. Pulso el timbre con insistencia y grito, pero pasa un rato y nadie se acerca, igual que hace una hora. Sé que estoy lejos, pero ¿cómo es posible que nadie me oiga?

La ira me calma, me deja agotada y por fin me quedo dormida. Al principio es sólo un duermevela, pero poco a poco entro en un estado profundo y empiezo a soñar.

            Sueño que voy caminando bajo la lluvia por un sendero lleno de piedras, tengo que andar despacio y con mucho cuidado para no resbalar y caerme. Llevo en los brazos un objeto envuelto en una manta, pero no sé qué es; me pesa, aunque no puedo soltarlo. Debo cruzar un río y no hay otro modo de hacerlo más que metiéndome en el agua. Con mucho cuidado me acerco a la orilla, me siento y levanto mi carga en los brazos, me incorporo y empiezo a caminar hacia la otra orilla, que no parece muy lejana. El agua ya me llega hasta la cintura, tengo frío y estoy asustada, pero camino despacio, sintiendo el frío que me paraliza las piernas. Ya casi lo he conseguido. De repente piso una piedra del fondo y resbalo, el bulto se me cae al agua y se aleja arrastrado por la corriente. En ese momento oigo el llanto distante de un bebé. Llego a la otra orilla como puedo y me siento a llorar desconsolada, observando impotente cómo el agua arrastra mi equipaje. Estoy agotada, me siento un rato sobre una piedra, apoyo la cabeza en las manos y lloro, y pronto me quedo dormida sobre la tierra mullida que encuentro allí. Y sueño; sueño que voy cruzando un río…

Me despierta una conversación de la habitación de al lado. Alguien ha venido de visita y se empeña en levantar el tono de voz, como si el ocupante de esa habitación estuviera sordo. Como ya no puedo conciliar el sueño nuevamente, me dispongo a ver la televisión; cojo el mando y busco algo que me entretenga. Encuentro un programa literario de entrevistas en el que los interlocutores no se lanzan preguntas y respuestas como dardos. Durante un rato me distraigo oyendo las opiniones de diversos expertos sobre el estilo de los escritores nórdicos, y en concreto de un islandés muy poco conocido que escribe novela policiaca con un trasfondo social.

Pasos nuevamente, voces en el pasillo, que se confunden con las de la pantalla. Pero no importa, a estas alturas ya no creo que venga nadie, tendré que esperar hasta mañana.

Sin embargo, esta vez percibo algo diferente. Apago el televisor y oigo los pasos acelerados y las voces que se acercan por el pasillo. Ahora el tono de voz disminuye y ya no se oyen las pisadas; veo una sombra que se detiene delante de la puerta. Ésta se abre y entra una enfermera que me sonríe con desgana y me dice que el médico vendrá enseguida. Sólo dos minutos después llega éste, con unos papeles en la mano y un frasco con mi medicación, y lo deja todo encima de la mesita. Me dice que tiene que hablar conmigo porque hay un problema. Me pregunto por qué visten de color verde.

La enfermera se va después de consultar el nivel del gotero. El médico acerca una silla y se sienta al lado de mi cama. El olor a éter y alcohol que entra por la puerta entreabierta es ahora insoportable. 

Con un semblante muy serio se dispone a hablar. Pero ni él ni la enfermera traen a mi hija en brazos. 

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