MIENTRAS CANTEN LOS GRILLOS by Elena R. Nistal

Imagen de Jeff Renner art

—¡Abuelo! ¡Ya es la hora!

—Ya voy, pequeño. Tu viejo abuelo ya no camina tan ágil como antes.

—¡Pero es que tengo hambre!

—En esta casa se merienda a las seis. Siempre ha sido así. Incluso antes ya, cuando tu abuela y yo éramos niños, ya merendábamos a esa hora.

—Pero abuelo, si aún no estabais casados, ¿cómo es que merendábais juntos?

—Porque la abuela Flora y yo fuimos amigos desde niños. Igual que tú ahora con Lucía, la nieta de Tomasa.

—¡Pero yo no voy a casarme con ella! ¡Qué asco!

Y una enorme sonrisa apareció en la cara de Manuel. Sus ojos mostraban el amor que siempre sintió hacia ella, su Flor, y por un instante esos ojos expertos, cargados de sabiduría, se pusieron tristes. 

Mientas Tomás colocaba dos platos en la mesa, Manuel cortaba unos tacos de queso y hablaba con dulzura al nieto de lo divertido que era ordeñar a las cabras cuando él tenía su edad. — Una pena que tu padre no aprendiera— decía siempre. 

—Abuelo, ¿me enseñarás a ordeñar a las cabras? Papá dice que esas cosas ya no se hacen, pero yo creo que sí.

—¡Cómo que ya no se hacen! ¿Y cómo crees que hemos hecho este queso? —dijo tomando una cuña con la mano libre del cuchillo. —Igual se piensa  tu padre que el queso sale del supermercado, así, sin más. 

—No abuelo, ¡no te enfades! Ya sabes que a papá no le gusta el pueblo. Solo viene a traerme para que pase contigo las vacaciones, porque yo me lo paso muy bien aquí,

—Acércame aquel vaso que hoy merendamos con vino.

—¿Yo también abuelo?—soltó el niño abriéndolos ojos tanto como pudo.

—No hijo, tú con leche.

—¡Cachis!

Y los dos estallaron en una tremenda risotada.

Como cada tarde desde que empezara aquel verano, Tomás salía a buscar a Lucia a la casa de enfrente. Cogían una pelota y una cuerda y bajaban a la plaza a jugar con el resto de los niños del pueblo. Era habitual que empezaran la tarde tres o cuatro chiquillos y a medida que transcurrían las horas se iban uniendo otros, de todas las edades hasta formar un grupo grande, entonces los juegos eran mucho más divertidos. Y así, la noche les encontraba golpeando una lata ya aboyada de recibir patadas o contado hasta tres en el zapatito inglés, apoyados contra una pared. Todos volvían a regañadientes a sus casas, aunque sabiendo que al día siguiente volverían a reunirse para jugar, la resistencia era menor.

Manuel vivía solo. Hacía ya muchos años que una larga enfermedad  había hecho a Flora olvidar todo. Él se convirtió en sus ojos, sus manos y su voz. No le costó hacerlo, pues siempre habían estado juntos, no recordaba un solo día de su vida sin ella. Y a pesar de lo que todos pensaban, su muerte no le sumió en una terrible tristeza, sino que le ayudó a ser consciente de lo afortunado que había sido de poder compartir con ella  todo ese camino. Y así lo transmitía a quien quisiera escucharle.

 —Abuelo,  ¿podemos ir a buscar piñones? 

 —Está bien Tomás. Y luego buscaremos un canto rodado para pelarlos.

  —Papá siempre dice que la abuela hacía un flan de piñones riquísimo.

 —La abuela era una magnífica cocinera. 

—¡Tú cocinas muy rico!

— Ella me enseñó todo lo que sé. Si quieres podemos intentar hacer el flan. Creo que me acordaré.

No hacía demasiado calor todavía así que el camino a los pinares lo hicieron caminando tranquilos. Aunque Tomás era aún pequeño, era consciente de que su abuelo no debía hacer grandes esfuerzos. Y el pasear con él se le antojaba divertido. Escuchaba con gran atención cada historia que contaba y aprendía de ellas muchas cosas que a los niños de su ciudad les sonaban a fantasía. 

—Abuelo, cuando eras pequeño como yo, ¿también ibas con la abuela coger piñones?

— ¡Claro que sí! ¡Y a coger ranas también! 

 — ¿Y que más hacíais?

—Por la noche me escapaba a buscarla, y salíamos a buscar grillos. Los metíamos en cajitas de cerillas. Una vez tu abuela me regaló el único que fuimos  capaces de cazar. Y cuando llegué a casa se escapó de la caja. Por las noches no me dejaba dormir y mientras intentaba taparme los oídos con la almohada pensaba en ella.

—Y ¡por qué no lo mataste!

—Porque me lo había regalado ella, Tomás. Y a los animalitos de la naturaleza hay que dejarlos vivir. Cada uno cumple su función.

—A mí me gustan los grillos, abuelo.

—Y a mí. Y ¿sabes qué? Mientras canten los grillos, recordaré a tu abuela.

El resto del camino hasta el pinar fue más silencioso. Los recuerdos de Manuel viajaban por su mente dibujando sonrisas a veces, y otras nostalgia. Ya se había acostumbrado a vivir así, recordándola, y compartir esas pequeñas anécdotas con su nieto le hacía volver a su niñez. Nadie podía imaginar el bien que ese niño le hacía. Lástima que su padre sólo quisiera ir al pueblo para dejarle y recogerle durante las vacaciones de verano.

Los pinares ayudaban a estas alturas a cobijarse del sol. Y el olor a tomillo y tierra seca lo inundaba todo. Una vieja bolsa de tela serviría para llevar las piñas a casa y a la tarde, después de la merienda, se entretendrían abriendo los piñones.

—Abuelo, ¿puedo decir a Lucia que nos ayude con los piñones? Estoy seguro de que le gustaría mucho.

—Claro, y si el flan nos queda rico, que se quede a cenar.

— Abuelo, ¿Tienes una caja de cerillas vacía? 

— ¿Para que la quieres, hijo?         

— Para ir a buscar grillos con ella. Quiero regalarle uno. —Manuel sonrió.

— Pues si es para eso, sí que tengo.

De regreso  hicieron una parada en una de las casas a la entrada del pueblo. Compraron allí una docena de huevos y mientas Manuel explicaba  a la vecina que los utilizaría para preparar el flan, Tomás correteaba tras las gallinas creyendo que así vería como ponían un huevo. Su frustración fue en aumento al observar que lo único que conseguía era quedarse sin aliento y que por el contrario a lo que él había imaginado, las gallinas necesitan calma para la puesta.

Ya en casa, Manuel preparó un tentempié para los dos, pues aunque el paseo había sido lento y tranquilo, habían recorrido un largo camino y ambos estaban cansados y hambrientos.  

 — ¿De verdad querrías aprender a ordeñar a las cabras?

— Si me enseñas tú, abuelo…

— Mañana le diré al cabrero que nos deje ir con él. Hace años que le vendí mis cabras. Yo ya no podía sacarlas al pasto. Y así le contarás a tu padre como se hace.

— ¡Y luego haremos queso como este!

—Qué pena que en agosto vuelvas a casa Tomás. Creo que te gustaría ver como hacen vino.

— Pero abuelo, ¿todo lo que comes aquí se hace en el pueblo?

— Todo no, solo lo más rico.

— No entiendo por qué papá no quiere venir aquí más. Si me dejara venirme a vivir al pueblo…

— Te cansarías, como le pasó a él.

— Te prometo que no, abuelo. Este está siendo el mejor verano de mi vida.

— ¡Y eso que aún no has cogido grillos!     

   Y Tomás por primera vez en su vida, sintió como el rubor acaloraba su cara.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s