EL JUEGO DE LA INVENCIÓN by Elena Marqués

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La tarde en que conocí a Diego Amat llovía. No una lluvia cualquiera. Era como si te pasearas bajo el salto de Tequendama y luego, sin transición, te reportaran al chorro de Don Lolo en una lancha rota. 

Yo estaba acostumbrado a los febriles aguaceros de Puerto López, al que llaman «el ombligo de Colombia». Me gustaba apostar con los Flórez hasta dónde llegaría la crecida del Meta desbordado y ver pasar las panojas de maíz tronchadas como pequeñas balsas amarillas. En la casa había tanta humedad que, si se te caía una saca de arroz entre las baldosas del patio, brotaban los tallos cilíndricos y nudosos y el limbo largo y ancho de las hojas en una sola noche. 

Cuando eso ocurría mi hermana Laura y yo nos empleábamos en conservarlos. Ella mostraba una arraigada afición por la botánica; yo, una imbatible curiosidad de saber hasta dónde podía llegar en mi lucha particular de incomodar al prójimo. (Con prójimo me refiero a mi madre más que a ningún otro). Así que me apropié de una azuela pequeña y de tijeras para podar, y de un rastrillo a falta de escarificador porque se me iba el presupuesto en otras cosas (por aquel tiempo también fumaba, como todos los aspirantes a rebeldes), aunque apenas hacía falta ninguna herramienta, ni casi vigilancia: las condiciones atmosféricas eran las correctas y podíamos recolectar el cereal varias veces al año. Pero mi madre había leído en un tratado antiguo algo sobre los efectos perniciosos del arroz, estudios que lo vinculaban con la diabetes y con ciertos efluvios venenosos, como los del cianuro en las almendras, las nueces y las castañas; y nos obligaba a arrancarlo con aquella manera ambiciosa de dar órdenes. 

Nunca fue Marina Salas muy delicada en cuestiones de comunicación. Le costaba encontrar las maneras adecuadas de dirigirse a las personas. No digamos cuando se trataba de transmitir malas noticias. Como aquella vez en que le dejó a papá gritado por varias veces en el contestador del teléfono el trágico final de su hermano, escupiéndole de un solo golpe toda la culpa acumulada en sus años de indiferencia ante lo que ocurría a escasos metros de nuestra casa: ajustes de cuentas, crímenes y robos a la vista de un público desentendido de lo que sucedía y de lo que en un futuro muy próximo podía suceder.

La verdad es que mamá no soportaba Colombia. Cuando su marido decidió que debían trasladarse allí emprendió una huelga de hambre y sexo que no le valió de mucho. Papá era un verdadero superviviente y había atravesado varias tragedias desde niño con solvencia. O eso decía.

Yo, por mi parte, recuerdo la infancia como un tiempo delicioso y remoto en el que me entretenía con otros mocitos cabezones en la calle jugando con las tabas y las canicas sin miedo a ser atropellado, violado o arrastrado salvo por los dedos procelosos de un febril aguacero.

Tampoco soportaba la lluvia, mi madre, que sí que tenía en ella, más que en la casa, efectos nocivos. Se le aparecía en sueños como un azote bíblico. Aseguraba que moriría en día de tormenta bajo un espeso manto de líquenes y parásitos de agua dulce. «Así está escrito», pronunciaba con solemnidad interpretando los posos infalibles de su té de jazmín.

Por eso, cuando salíamos de vacaciones a Cartagena, le dejaba las llaves a nuestro vecino, para que se encargara de desbrozar la vegetación y depilar el musgo de las paredes antes de nuestra vuelta. En verano, las voces roncas de los sapos apenas nos dejaban dormir.

Mi padre regentaba en la zona, con base en Villavicencio, una empresa de humidificadores que había comprado a precio de saldo, hasta que se dio cuenta de lo inútil del negocio. 

Fue entonces cuando nos trasladamos de nuevo a España, de donde era natural mi otra familia. 

Allí me convertí en lo que soy.

El juego de la invención (Sevilla, Extravertida Editorial, 2018)

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