SERIE DE MICRORRELATOS VARIADOS II por Fer Alvarado

RELACIÓN TÓXICA

Malaquías Barrigón vivía con un molesto y permanente dolor de estómago. Molesto por el hedor que supuraban sus gases y permanente por lo continuo de sus olorosas evacuaciones. Cuando nació, el doctor le dio una palmadita en el trasero y el bebé, en vez de llorar, soltó tal ventosidad que tuvieron que desalojar el hospital durante tres meses por culpa de una fetidez nunca antes inspirada.

Se hizo adulto y tomó un cargo en el cuerpo de policía. Su condición de toxicidad andante era ideal para disolver manifestaciones y hacer desalojos sin que mediara violencia alguna. Cuando le olían llegar, los malhechores dejaban sus quehaceres delictivos y huían tornándose morados mientras intentaban aguantar la respiración. Gracias a estas heroicas intervenciones sus superiores le inundaron en medallas pero, Malaquías, aun teniendo un considerable éxito profesional, no conocía la felicidad por una simple razón: no tenía contacto con el resto de la sociedad. Nadie le acompañaba en el coche patrulla, el supermercado del barrio le tenía prohibido acercarse a comprar y le llevaba la comida a domicilio (más concretamente a tres domicilios de distancia para evitar olores inoportunos) y su comunidad, hartos de hacer innumerables derramas para comprar ambientadores de fragancias tropicales, le obligaba a asistir a las reuniones por videollamada.

Hasta que un día se topó con una nueva vecina: —Hola, tú debes ser Malaquías Barrigón, ¿verdad? Te he reconocido por, por… —La chica dudó un momento, tragó saliva y siguió hablando—. Por el traje de policía, sí, por eso he sabido quién eras. Me dijeron que pertenecías al cuerpo. Soy tu nueva vecina Susana Alientofresco, encantada de olerte, digo, de conocerte.

Extrañado de que le reconocieran por el uniforme cuando en ese momento iba de paisano, él se puso nervioso, tuvo un incontrolable retortijón y, como respuesta, expulsó una sonora y maloliente pedorreta. La muchacha, como si mantuvieran una olorosa conversación, tuvo un ataque de halitosis que bien podría haber echado abajo la casa de los tres cerditos sin necesidad de soplar.

El aroma que emitió era tan indescriptible que los ojos de Malaquías, enrojecidos, comenzaron a emanar tantas lágrimas que parecían querer regar la selva amazónica. Ella, obnubilada por el hedor que desprendía su compañero, también lloró

.Los dos se observaron con las miradas irritadas por la pestilencia del otro. Nunca habían olido algo similar en otra persona; nunca se habían sentido tan mareados y desorientados y, por supuesto, nunca se habían sentido tan felices como lo eran en ese momento.

Fer Alvarado

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