LOS ZAPATOS DE CRISPÍN by José Carlos Pena

Imagen aportada por el autor

No supe, hasta hace bien poco, por qué su hermana le llamaba Crispín. Cuando se lo pregunté me dijo que, de niño, por su pelo rubio y rizado, se parecía al personaje del mismo nombre de la serie de historietas ilustradas “Capitán Trueno” de los años 50.

Pues Crispín (Ricardo) era muy exigente con sus elecciones y hasta diría que maniático. Tardaba años en decidirse a cambiar lo que llevaba tan cómodamente. Pero aquellos zapatos ya no resistían más el trote. Así que, resignado, un buen día me dijo:

-Carlos tienes que acompañarme a comprar unos zapatos.

-Si no hay más remedio…, le contesté con escaso ánimo. Yo sabía lo que me esperaba

Por entonces existía una céntrica zapatería en Lugo, con esquina a dos calles, en la plaza de Santo Domingo. Calzados Boston sobrevivió al cierre hasta hace ocho años, después de 63 de servicio. Hoy ha sido sustituida por una óptica. Tantas cosas han cambiado en aquella ciudad de mi infancia y adolescencia….

Pues allí estábamos mi primo y yo a punto de cruzar la puerta del establecimiento. Un cortés dependiente nos franqueó la entrada con una amplia sonrisa.

-No sabes la que te ha caído, dije para mis adentros.

-Quiero unos zapatos que no me hagan daño, dijo sin preámbulos Ricardo.

-Estamos aquí para servirle. ¿Qué número calza el caballero? Y con la respuesta desapareció por una puerta del fondo del amplio local.

Al cabo de unos minutos una torre de cajas de zapatos se desplazaba hacia nosotros, en doble columna, ocultando medio cuerpo del hombrecillo. Las dispuso delante de nosotros e iba abriéndolas sosegadamente mientras mi primo, armado de un calzador metálico, se probaba un zapato de cada par y se daba un paseíto por la tienda.

-Mire este me gusta, pero me aprieta un poco en el empeine. ¿podría tener uno similar en otra horma?

– ¡Sin duda! de otro fabricante que calce más ancho. ¡Ahora mismo vuelvo!

Siempre he admirado la paciencia y amabilidad de los comerciantes gallegos.

La misma operación se repitió una y otra vez cubriendo el suelo con una alfombra de zapatos dispersos.

El solícito dependiente ya no lo parecía tanto y, en vista del poco éxito de sus desvelos, se fue a atender a otros clientes, que acababan de entrar, dejándonos solos.

Yo en ese punto ya me atrevía también a probarme zapatos. En realidad, como una forma de pasar el tiempo y aprovechando que teníamos el mismo número.

En un momento dado sonó una exclamación que hizo levantar la vista a los presentes en la tienda.

– ¡Estos, estos! ¡Me llevo estos!

El vendedor se puso en pie como impulsado por un muelle con una sonrisa de alivio.

Yo entonces estaba paseando unos mocasines marrones y también me giré animado por el ansiado final de una búsqueda de dos horas, pero cuando me fijé en el hallazgo, que tan feliz le hacía a Crispín, solté una carcajada y entre lágrimas pude decir:

– ¡Ricardo, si esos son los zapatos que yo traía puestos!

José Carlos Pena

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