PAN DE HUEVO by José Carlos Pena

Imagen facilitada por el autor

A la remota aldea, no muy distante de la capital de provincia, pero apartada, llegó un cura castellano entrado en carnes y de apariencia afable. Por aquel entonces, los años 30, llamaban “castelán” a todo aquel que no hablara gallego. Esto refleja el aislamiento de la Galicia rural y también cierta aversión a todo lo forastero, tan bien expresado en los versos de Rosalía.

La parroquia, en aquella Galicia dispersas en lugares y casas, era una institución y el párroco una autoridad, a él se le consultaba todo y se le pedía consejo. Por lo general el cura era de la zona o al menos gallego y eso facilitaba mucho los cambios. Pero en este caso no sólo era nuevo si además “novo”, es decir joven. La repentina muerte del anterior no permitió ni siquiera una presentación y la aldea lo recibió con recelo. El párroco anterior sabía cómo dominar a la feligresía, incluso cerrando con llave la puerta de la iglesia para que los parroquianos no saliesen a liar un pitillo durante el sermón.

Con ese ambiente se encontraba el cura intentando iniciar conversación que se extendiera más allá de los saludos de respeto o de la ambigüedad gallega. Trataba de ganarse sus voluntades con un empeño que los hacía aún más distantes. Sin embargo, el clérigo consideraba que Dios le estaba probando enviándole a realizar su labor con aquellos pobres seres tan simples y tan desconfiados.

Así pasaron unos meses y su insistencia no daba frutos. la primavera trajo la Cuaresma. Durante la misma el abate sermoneaba a los fieles con la obligación de guardar el ayuno y abstenerse de comer carne durante los cuarenta días a no ser que compraran la Bula Papal, pero que en aquella economía rural era todo un dispendio. Con ese documento se podía comer carne durante los días de ese período excepto los viernes en los que además regía el ayuno. Es decir, no comer nada fuera de las tres comidas diarias.

A la Cuaresma y la Semana Santa sucedió la Pascua Florida en la cual era obligación confesar y comulgar. Inició el párroco las confesiones tratando de sonsacar a aquellos humildes pecadores, no sólo las faltas cometidas, si no también todos los detalles que pudiera sobre su forma de ser y de vivir.

Una de las primeras era una anciana, no tanto por su edad como por su aspecto. La vida era muy dura en la aldea. Era de las más pobres del lugar y no había comprado tampoco la Bula, pero apenas la necesitaba dada la escasez de proteínas que pudiera ingerir al margen del “unto” del caldo y algún trozo de tocino.

-Ave María Purísima- dijo la mujer

-Sin pecado concebida- respondió el sacerdote.

-Hace un año que no me confieso, prosiguió, y tengo dolor de mis pecados.

Ahí lo dejamos porque el resto es “secreto de confesión”.

No obstante, algo sí trascendió y que fue objeto de comentario jocoso entre los parroquianos. y es que en un momento dado la confesante dijo:

-Padre me acuso de haber roto el ayuno.

-¿Y cómo fue eso?

-Pues comí un tazón de leche con “pan de millo”.

– ¿Pan de qué? – Inquirió el cura

– Bueno ustedes le dicen maíz.

– ¡Ah! pues esto no lo conozco, ya he probado el pan de centeno que hacen aquí en la hornada cada quince o veinte días, pero nunca oí que hacían pan de maíz. ¿Puede traerme un poco para conocerlo?

La pobre mujer se apresuró a allegarse a su casa para traer aquel pan que consideraban de pobres, porque la harina de maíz, además de ser basta, daba al pan una consistencia pesada. La parroquiana tomó una borona y se la acercó al confesor. Él la contempló con embeleso y a continuación la abrió. El color amarillo brillante de la miga le sorprendió y ampulosamente dijo:

– ¡Hombre pan de huevo!

Tomó una porción con gula. La impresión en boca de aquella masa áspera le hizo dar varias vueltas al trozo de pan que a duras penas pudo tragar. A continuación, dirigiéndose a la penitente le dijo:

-“Coma usted, coma, que cuanta más coma más ayuna”.

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