Archipiélago, 45: Isla de Robert Louis Stevenson (y de paso de Defoe) by Félix Molina

For my part, I travel not to go anywhere, but to go. I travel for travel’s sake. The great affair is to move.


STEVENSON – JIM – EL SEÑOR HYDE  –  UN TAL CRUSOE – DEFOE – VIERNES – JUEVES – UN CIERTO OLOR

Uno se encontraba con corbetas gusanientas de piratas y arcabuceros y, sin que apareciera por la umbría de la isla, ya se imaginaba que ahí iba a estar, escocés y largo como un día sin brújula, Robert Louis Stevenson. A veces tomando simplemente jugos de unos cocos fresquísimos con Jim, libre ya de toda la parafernalia piratesca, un Jim de ojos cansados, lánguidos, como si el tesoro final de su isla hubiera sido quedarse ahí con su autor, susurrándose historias en samoano.

Luego la otra parte de la isla es verdad que estaba sometida al imperio del señor Hyde. Una niebla más de probetas que de brumas marítimas atormentaba el espigón maldito. Allí no había un alma que no se desdoblase, que no probase su naturaleza diáfana y la contraria. Incluso Jim se entretuvo un rato en esos lares y dio en pirata mohoso y rencoroso.

No acababa ahí la isla: su avenida de loros y palmerales se extendía hasta un como huertecillo donde vivían apaciblemente Daniel Defoe, bajo sus pelucas, y un tal Crusoe, conviviendo apaciblemente con Viernes y con Jueves. Este último era uno de los más secretos personajes de Daniel: todo un salvaje hallazgo antes de Viernes, pura jovialidad, sin su tristeza mórbida, que ya anticipa a Sábado, a Domingo, e incluso a Lunes.

No pocas veces se encontraron, hacia la mitad geométrica de la isla, Stevenson, Defoe y sus personajes, arracimados en distendida charleta isleña. Pero aquella mágica esencia se arruinaba con las acometidas de Hyde, que siempre estaba por brindarles la mayor de las puñeterías. Varias veces estuvo a punto de quemar con palitos de sándalo el lecho donde descansaban Robert Louis y Fanny; y a Defoe lo tenía frito metiéndole todo tipo de arañas en sus pelucas.

Y la tarde se hermoseaba con su crepúsculo cuando un olorcillo indescifrable, casi trufado de carne infantil, ascendía por la vecina isla de Swift, que siempre saludaba desde el otro lado del océano, envuelto en sus pensamientos y apurando con fruición aquellos minúsculos, delgados huesos…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s