EL GUIÑO DE MAIMONIDES by Felicitas Rebaque

Imagen tomada de Pinterest

Fragmento del relato, «El guiño de Maimonides» con el que participo en el libro «CONTAMOS TODAS»

La distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión, sin embargo, persistente.

Albert Eistein.

Sucedió en Córdoba… o quizás estaba a punto de suceder. Si aplicamos los principios de la Física Cuántica que afirman que la realidad que percibimos existe en un instante espacio-tiempo, que el pasado salta al futuro y viceversa, tendríamos que aceptar que el pasado, el presente y el futuro se producen al unísono. De este postulado fui plenamente consciente tras dejar la hermosa ciudad que se asienta al pie de Sierra Morena. Pero no adelantemos acontecimientos y ciñámonos a lo ocurrido. Ustedes, al finalizar de leer estas líneas, reflexionen y juzguen.

Disculpen, no me he presentado. Me llamo Felicia Pericacho. No permito ni media sonrisa ante la rareza de mi apellido. Me costó muchos años asumirlo pues, obviamente, no lo escoges al nacer. De hecho, hasta que no traspasé los umbrales de la madurez firmaba Felicia P. Sánchezagobiada por el pitorreo que suscitaba. «¿Peri… peri… qué? Pericacha, Pericona, Peri… Peri…» Es frecuente que la ignorancia ridiculice lo que no conoce, por ese motivo les documento. Pericacho: apellido castellano de pura cepa oriundo de Mamblas, provincia de Ávila.

Les decía que soy Felicia Pericacho, profesora de física, cuarenta y seis años, divorciada y con dos maravillosas hijas. Me casé muy joven deslumbrada por el brillo de la toga de un juez quince años mayor que yo. Un afortunado día desperté del letargo en el que me tenía inmersa, cual bella durmiente, la Iustitia-Iustitiae. En mi caso, no hubo ningún príncipe azul; el ósculo me lo lancé yo misma a través del espejo cuando decidí romper la cadena que me unía a su señoría, ahogada en la convivencia con la ley y el orden. Y comencé a vivir. Recuperada mi libertad, tuve la imperiosa necesidad de reconquistar el tiempo perdido, y si la vida no me sale al encuentro salgo yo al encuentro de la vida haciendo lo que no hice y programando lo que me queda por hacer. Mi gran temor: no tener la oportunidad de realizar todo aquello que mi espíritu inquieto me sugiere.

Antonio, Marisa y yo nos compenetramos a la perfección. Impartimos clases en un colegio de Madrid y somos tres piezas que encajan como las del famoso cubo de Rubik. Cada una pone y quita a las otras dos lo que le sobra o lo que le falta, según los casos. Formamos un trio perfecto que comparte trabajo, amistad, vidas y décimos de lotería. Pero permítanme que se los presente.

Dios da mocos a quien no tiene pañuelo, dice el refrán. Eso es lo que le ocurría a la ex de Antonio; muchos mocos para poca o ninguna nariz. Solo así se explica la anosmia de esa mujer para no apreciar y espantar de su lado a un hombre como él, querido y valorado tanto en el ámbito personal como en el profesional. Una grandísima persona. Su pasión: las matemáticas. Congeniamos desde el primer momento en que nos conocimos y, al poco tiempo de trabajar juntos, nos convertimos en íntimos rompiendo la creencia popular de que un hombre y una mujer no pueden compartir confidencias ni ser amigos sin terminar en la cama.  Les haré una confesión: Antonio es un hombre con mucho encanto. Se podría decir que hasta atractivo y sumamente cariñoso. Muy popular entre sus alumnos. Tiene una sonrisa que desarma y cuando te dice: «¿Cómo estás, guapita?», mientras te coge de la barbilla y te sonríe… En fin, vamos a dejarlo ahí.

A nuestro dueto, más tarde, se incorporó Marisa que, como buena filósofa, parece estar siempre en las nubes. Ese aparente «no enterarse» le reviste de una gracia muy especial. Su supuesta ingenuidad y la expresión de sorpresa que se dibuja en su cara cuando saca la nariz de su mundo para asomarse al exterior, le otorgan tal encanto que, a veces, tengo la impresión de que lo hace a propósito para encandilar. Marisa brilla. Es una mujer muy hermosa, con un cuerpo de vértigo y con unos extraños ojos color caramelo. Lo dicho, brilla, y desde que se sacudió al chupóptero de su último amante, aún más.

Soy una mujer intuitiva y procuro tener los ojos muy abiertos para no desaprovechar los mensajes que nos va dejando la vida. Es una lástima pasar ciegos por ella empujados por las realidades cotidianas que nos atrapan y no nos dejan elevarnos más allá de los visible.  Por esa razón, porque creo en las señales invisibles y las causalidades, ese año, cuando fuimos a comprar el décimo de lotería que compartimos por Navidad, insistí en escoger el número a pesar de que Marisa se empeñaba en adquirir uno que terminara en cinco.

El día había sido nefasto. Una fuga en el lavavajillas transformó mi apartamento en una réplica del Lago del Retiro, me olvidé el móvil en la oficina. Con las prisas para volver a recuperarlo y llamar al fontanero, me dejé el bolso dentro de casa y, en su interior, las llaves del piso, las del coche y la cartera. En un primer momento me bloqueé. Es inaudito la dependencia que tenemos con el aparatito en cuestión. La angustia que te produce su pérdida es comparable a la que sufrirías si te hubiesen dejado abandonado y aislado del mundo en una isla desierta. En él depositamos gran parte de nuestra vida y no tenerlo a mano es como estar desconectado del mundo exterior y perdido en el Triángulo de las Bermudas.

Una vez superado el momento de pánico, activé el protocolo de emergencia y gestioné todas las contingencias gracias a mi vecina Chari que me prestó dinero para coger un taxi, regresar a mi despacho y recuperar mi móvil. Con él en mi poder, cual varita mágica, pude resolver los desaguisados. Eso sí, me costó una pasta. ¡Hay que ver como se cotizan los cerrajeros y los fontaneros! 

Siguiendo mi instinto que me lleva a buscar lo extraordinario en lo ordinario, interpreté que tantos desastres, justo el día en que íbamos a comprar el décimo de la Lotería de Navidad, eran una señal. Tenía la certeza de que la vida me los compensaría con un golpe de suerte.

Vencida la resistencia de mis amigos, escogí el número que me estaba haciendo guiños, colgadito de su pinza en cuanto entramos en la administración; uno terminado en trescientos siete. Al cabo de un mes, Marisa sacaba de su bolso nuestro décimo compartido para comprobar, con gran alborozo, que coincidía con el quinto premio; no era una fortuna repartido entre tres, pero sí un pellizco suficiente como para hacernos un viajecito y darnos algún que otro capricho. Acordamos mes y ciudad: Julio y Córdoba. Se estarán preguntando porqué Córdoba. Barajamos varios destinos tantos nacionales como extranjeros, pero Marisa tiene una fijación patológica con Córdoba y todo lo andaluz. Al parecer, de jovencita, se enamoró de ella un muchacho cordobés, primo de una amiga suya, que estaba de visita en Madrid. El chico le declaró su amor y, a toda costa, quería establecer relaciones formales con ella. Marisa se le quitó de encima alegando su juventud y la distancia que los separaba, pero prometió ir a visitarlo en cuanto le fuera posible y plantearse la relación. Por esas cosas de la vida y de que el muchacho no era su prototipo de amor soñado, la ciudad cordobesa quedó siempre alejada del destino de sus múltiples viajes. Su enamorado insistió en su proposición durante bastante tiempo hasta que se cansó de enviar correos y llamadas en las que se le daba largas para después quedar relegado a un silencio absoluto. Años más tarde, Marisa se enteró de que ese hombre nunca se casó. Según le confesó su amiga, no pudo olvidar a ese primer amor e incluso no perdió la esperanza de recuperarlo. Falleció prematuramente en un accidente de coche. Desde entonces, a mi amiga, el remordimiento le pellizcaba la conciencia cada vez que salía a relucir Andalucía y más concretamente Córdoba.

Con el premio de Navidad, vio la ocasión de cumplir su promesa, aunque fuera post mortem. Antonio y yo nos resistimos, pero ella defendió la propuesta del antiguo Califato Omeya como si se tratara de la candidatura a la sede de las próximas olimpiadas: Al final, nos doblegamos a sus deseos y decidimos darle gusto.

Años atrás, yo había visitado esa hermosa capital andaluza en circunstancias no muy afortunadas. Sí, lo que están pensando, fui con el de la toga. Pese a que les parezca increíble, la ciudad en la que convivieron durante años de forma pacífica y tolerante tres civilizaciones, romana, judía y musulmana, ejemplo mundial de respeto intercultural, fue testigo de uno de los episodios más borrascosos y dolorosos de mi matrimonio. No viene al caso aburrirlos con mis desavenencias conyugales, sin embargo, comentarles que la intolerancia e intransigencia del señor juez convirtieron la estancia de esa apacible ciudad en la Franja de Gaza. Por esa razón, la posibilidad de poder regresar a la capital de los califas, junto con Antonio y Marisa, terminó por parecerme una oportunidad maravillosa de renovar vivencias y limpiar telarañas; es decir, sustituir las experiencias desagradables por otras alegres y llenas de buen rollo.  Me resultaba muy atrayente visitar de nuevo la Mezquita, sentir la influencia de Séneca y Maimonides, pasear por las callejas y callejones cordobeses respirando el arte y la sabiduría que emana esa ciudad. Redescubrir su duende. Sentirme la mujer morena de Julio Romero de Torres era un sueño a realizar. Qué mejor manera de hacerlo en compañía de mis queridos amigos.

CONTINUARÁ

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s