DÍAS DE CINE FORUM by José Carlos Pena

Fotograma de Los 400 golpes de F. Truffaut, 1959

A la edad de nueve años entré en el colegio para cursar la preparatoria de ingreso. Un día nos llevaron al cine-teatro que se hallaba en la planta baja para asistir a una representación de teatro “Cuatro corazones con freno y marcha atrás” de Jardiel Poncela. Los mayores, los chicos de Preu, compartían escenario con chicas del colegio de las Teresianas. Aún pasarían muchos años hasta que se implantara la enseñanza mixta en nuestro colegio Marista. Cuando había necesidad de incluir en las actividades a algunas féminas siempre eran de Las Teresianas. De la misma forma cuando se representaban las escenas del Belén venía una chica de aquel colegio para completarlo. Y todos estábamos enamorados de la “celestial hermana” de nuestro compañero Carballal que hacía de Virgen María. 

Ahora era alumno de sexto curso de bachillerato. Los de sexto curso nos sentíamos injustamente tratados, porque éramos de los mayores y “teníamos que dar ejemplo”, nos decían. Sin embargo, los “chicos del preu” eran los protagonistas y escogidos para toda actividad y relación externa. Desde aquel lejano día de ingreso anhelaba ser importante, “ser de Preu”. Llevaba siete años esperando el ansiado momento, pero todavía no llegaba. 

Pues bien, lo que voy a contar sucedió entonces, cuando yo rondaba los dieciséis y estábamos a final de curso.

Nuestra clase compartía pasillo con las de otros sextos y con la de preu. En los días previos se anunciaba una sesión de Cine Forum en la que se proyectaba un ciclo de películas. “Actividad conjunta con el colegio hermano de las Madres Teresianas”, decía el cartel dispuesto en el tablón de anuncios del patio. Todos estábamos ansiosos de que llegara el día y al menos poder ver a las chicas recorriendo nuestros pasillos. Por fin una tarde sucedió lo esperado, un tropel de risas y voces de jovencitas se desparramó por los espacios comunes. Los profesores se vieron con dificultades para impedir que nos asomáramos al pasillo para contemplar las sirenas al tiempo que traducíamos la Odisea. 

Un compañero y yo buscábamos la forma para poder colarnos en la sesión. Se proyectaba el film de Truffaut “Los 400 golpes”. Por supuesto nuestra cultura cinematográfica no llegaba a comprender que aquella era una película de referencia del cine francés y mundial. Para nosotros lo de menos era la proyección y sí la ilusión de poder compartir el cine con las chicas, que nos reclamaban con sus voces como las sirenas a Ulises. 

¡Ya sé!, dijo mi amigo, dándose una palmada en la frente. Vamos a dejar que entren todos y cuando apaguen las luces entramos y nos sentamos en las últimas filas. Luego salimos al final de la película antes de que enciendan las luces para no ser vistos. 

Yo comprendía que aquello era arriesgado, pero nos podía salir bien la jugada y el objetivo lo merecía. ¡Quién sabía si el próximo año, y si todo se nos daba bien, seguirían organizando el ciclo de cine Forum!.

Así pues, dejamos que se cerraran las puertas de la sala observando al mismo tiempo, que no viniera algún “cura” a llamarnos la atención. Esperamos pacientemente unos minutos. Con sigilo abrimos la puerta y penetramos velozmente. Nos sorprendió lo oscuro que estaba el ambiente, no éramos capaces de ver nada. La película ya había comenzado y al ser en blanco y negro, la pantalla no emitía ningún tipo de claridad que nos orientara y nosotros procedíamos del iluminado pasillo con lo que el efecto deslumbrante se incrementó. 

Para no ser detectados por los profesores, que entendíamos ocuparían las primeras filas, nos sentamos precipitadamente en las últimas. Yo lo hice perceptiblemente sobre las rodillas de alguien con faldas, lo que aumentó considerablemente mi emoción. Musité un “perdón” e intenté desplazarme a otra butaca libre contigua. Para nuestra desdicha las faldas eran las de un hermano Marista. Una voz masculina nos preguntó:

– ¿Vosotros que hacéis aquí?  El Hermano Martín era el interrogador y al poco nos vimos en el pasillo retenidos por una oreja. 

Nuestra aventura no terminó con “400 golpes”, pero sí con un cero en conducta en las notas quincenales y quince días de castigo asistiendo al estudio de los internos después de la jornada escolar. 

José Carlos Pena, 1966

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