EL DENTISTA by Genoveva Rodea

Imagen tomada de Pinterest

Una verdad indiscutible es que casi todos, en un momento u otro de nuestra existencia, hemos vivido ese día en que el dentista es Dios. Dios, Jehová, Allah, o cualquier divinidad todopoderosa en la que decidir confiar. A mí, la última vez que me sucedió fue hace diez días. Las tres noches anteriores habían sido dignas de un guion diseñado por el mismísimo marqués de Sade. Daba vueltas y vueltas en la cama. Me echaba de un lado, luego del otro, incluso boca abajo con la cabeza colgando… Nada. Me levantaba a tomar un coctel de analgésicos y andaba kilómetros en vaivén por el pasillo, con paso enérgico, rápido, como apurándolos a hacer efecto cuanto antes… Nada. Tampoco funcionaba.

            Probé todo lo que se me ocurrió durante esas eternas noches. Llené bolsitas con arroz para colocármelas sobre el moflete tras sesenta segundos de microondas. Acabé con la mejilla recalentada, sin haberme calmado un ápice. Aguanté en el hueco de la muela, whisqui, ron, y cualquier licor de alta graduación que apareciera en el mueble bar. Esta vez se me achicharró el carillo, además de seguir doliéndome la muela igual, o más. Aunque gracias a los tragos me lo tomé con otra alegría, la situación era para echarse a llorar. Buscaba soluciones y en lugar de resultados obtenía consecuencias. Aquello me mortificaba cada vez más. Me desesperó al punto de intentar aliviarme mordiendo el juegue de goma del perro, como los bebés cuando echan los dientes. No recuerdo ni si lo desinfecté antes de usarlo, lo que sí sé es que me llevé un gruñido.

            La última noche fue la peor. Y es que cuando los dientes dicen que empieza la fiesta, es toda una boda gitana. Días y días. Va subiendo la jarana, uno se marca más de un zapateao, y hasta canta; le cantas las cuarenta a la secretaria del dentista que trata de colocarte la cita para dos semanas después asegurando que llamará si queda algún hueco. Por puro coraje pensé en llamar a otro profesional menos ocupado, pero tres personas me habían asegurado que éste es de los que no hace daño. Eso era mucha referencia. Un pleno al tres en la concerniente a la delicadeza de un sacamuelas es algo serio y nada despreciable. Y esperé, aunque con el pasar de las horas casi me salto el ojo de tanto presionarlo, hasta ahí parecía que estaban picando los enanos que se habían instalado en mi boca. Así el plan, cuando, al tercer día, después de un rosario de «por favor» «por favor» «por favor» conseguí la cita y resucitó mi esperanza, el dentista era DIOS.

A las once de la mañana, con las solapas de la camisa levantadas para ocultar la metamorfosis de mi cara, tomé el coche camino a la liberación. Media hora después, al ver aquella placa dorada donde se indicada: Dr. Jesús Delcamino Bueno. Estomatólogo, casi me emociono; había llegado a la puerta del cielo.  

Después del inevitable paso por la sala de espera –donde procuré entretenerme leyendo diplomas mientras daba saltitos, inflaba y desinflaba el carrillo lastimoso, y guiñaba el ojo del lado afectado en un intento de paralizar el nervio y bloquear el dolor– llegó el momento: el saludo de Dios. Hasta aureola me pareció verle.

            Entré en la consulta, muy digna, procurando mantener la compostura al explicarle lo que me estaba sucediendo, aunque lo que me nacía era gritarle: «Quítame esto. Sálvame. Córtame la cabeza. Quédate con mi Tablet y mi colección de juego de tronos. Lo que quieras. Pero quítame esto, ya». Él me escuchó –por educación, porque lo que me estaba pasando estaba claro con solo mirarme el moflete– y me invitó a sentarme en ESO que llaman sillón y donde sabes que lo último que harás será relajarte. Luego examinó, exploró, hizo placas… Yo empezaba a ver cerca el final y esperaba ansiosa el momento en que comenzara a trabajar en mi boca. Ya no me daban miedo esas interminables agujas que, te las claven donde te las claven, siempre las sientes del lado opuesto, te llora un ojo, y te pica a horrores la nariz. No. Ya no me daba miedo nada. Solo veía cerca mi descanso, el final de mi suplicio. Creo si el hombre hubiera agarrado mi muela con unas tenazas de herrero y me hubiera puesto el pie en el estómago para ayudarse a tirar, hubiera sido capaz de gritarle: «Venga, machote. Tú puedes». Quería eso fuera de mi boca, ya. Pero el Doctor seguía con su examen concienzudo sin mostrar prisa alguna. Aguardé su veredicto con tanta ansia como ilusión. Estaba cerca muy cerca del final. Pero, cuando parecía que por fin se iba a poner “manos a la obra”, ladeó la cabeza con aire trascendente y me dijo con una tranquilidad pasmosa –y, sobre todo, odiosa– «No puedo tocártelo ahora. Llevas infección»

            Tuve que agarrarme a la silla para no morderle, con flemón y todo. No me lo podía creer. No me podía imaginar otra noche como las que llevaba pasadas. Pedí, rogué, imploré…Intenté con todas mis fuerzas convencerlo: «No puedes hacer nada, ¿de verdad? ¿Nada de nada? No sé. Mete una cánula y saca el plus. Mata las bacterias, aunque sea a sombrerazos. Ahógalas con un chute de alcohol. Algo. Haz algo, no me dejes así».

            Y no, en ese estado no me podía tocar; así cantara la Traviata. Lo único que podía hacer por mí, de momento, era recetarme antibióticos, antiinflamatorios, algún analgésico, y citarme para otro día. Iba a protestar, pero me retuve. Era batalla perdida. Las ganas de estrangularlo me regresaron cuando al preguntarle qué podía hacer si a pesar de todo me dolía, simplemente arqueó la ceja con un gesto un tanto ambiguo cuyo mensaje descodifiqué de inmediato: «Te jodes».

            Diez días desde aquella visita. Y, hoy, cuando ya me encuentro bien, cuando me reconozco en el espejo, han desaparecido mis ojeras y he recuperado la paz para dormir toda la noche, es cuando tengo que regresar a ver a Dios. Pero ahora ya pienso con lucidez en las agujas, en la dichosa ruleta –esa que no evoluciona y después de décadas sigue emitiendo el mismo ruido desquiciante al contacto con mis dientes–, y en el desagradable sabor a pila que me va a quedar como aquello sea dearrancar o desvitalizar. ¡Que pereza da! Pienso incluso que, si me hago la olvidadiza, silbo, y miro para otro lado, a lo mejor ocurre como con los resfriados, que se van y no regresan los enanos con el pico. Pero el dentista ya se encargó de avisarme de que aquello había que tratarlo porque los dientes no se curan solos. Así que allá voy, arrastrando los pies, deseando con todas mis fuerzas que me reclamen al teléfono para alguna urgencia, que haya un apagón y se colapse la ciudad, hasta que me entretengan con alguna multa y pierda la cita. Pero todo discurre con fluidez. Aparco a la primera y llego más que puntual. Entonces, vuelvo a ver a Dios. Pero ya no es Dios. Ahora es, de nuevo, un discípulo de Torquemada.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s