Archipiélago, 43: Isla de Stefan Zweig

Nie entscheidet bei einem schöpferischen Menschen, wovon er ausgegangen, sondern einzig, wohin er gelangt ist.

LA AUSENCIA DE STEFAN ZWEIG – UN COMPAÑERO DE

PARTIDA DE AJEDREZ

Se dice que Stefan Zweig no está en su isla, que es una ausencia. Solo figuran en ella las parcelas de una selva rumorosa, con lanzas de caña verde y gorjeos de pájaros, cada cual más extraño. En medio de un llano está plantada una mesita como de camping, y en el centro de ella un tablero de ajedrez con figuras de pino, las blancas y las negras.

Se dice que solo el silencio envuelve las piezas detenidas en un punto insustancial aún del juego. El hombre que parece un jardinero de la selva entera se detiene de vez en cuando junto al tablero y permanece pendiente de la pieza que ha de moverse, para mover la suya. Como esto no sucede, sigue merodeando entre lianas y frondas, casi que parece alejarse hasta un punto donde no retornará; pero no, lo interrumpe el graznido de un tucán, como si fuera la charleta del otro jugador. Y vuelve.

Stefan Zweig apenas jugaba al ajedrez. Lo aprendió para escribir una novela, casi en los momentos definitivos de su final: lo supo de este hombre que parece el jardinero de una selva y que pudiera parecer despistado de la partida. Pero no. Hay un momento, como nombrado por el aire, en que su corazón da un vuelco y se entrega con el machete a abrirse camino entre las planchas de un verdoso intenso que atenaza sin piedad al paisaje, como en un cuadro de Max Ernst. Llega exhausto, tembloroso, puntual para observar el movimiento de la pieza.

Cada avance tiene la magia de una aparición, la revelación de un fantasma que abraza toda la vida del mundo.

Estruendo otra vez del tucán.

Y entonces, en el delicado baile de un peón entre la oscuridad que se cierne sobre la selva, en su mágico abrirse, intocado, entre las piezas propias, adivina su enseñanza al Maestro Zweig, la réplica del discípulo soñado, la caricia mínima de un genio que no sabía jugar al ajedrez en vida, el advenimiento de un final de partida donde van a ganar, otra vez, las blancas de la ausencia.

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