LUISA by Elena Marqués

Imagen tomada de Pinterest

Hoy, Elena Marqués nos deja una primicia: un capítulo de su novela LA CASA, de próxima aparición.

Luisa

(A petición de M. Velázquez Tejedor)

Durante días y noches, pero sobre todo en las noches, que eran desde siempre, para mí, en lugar del huidizo terreno del descanso, el del eterno retorno de las preocupaciones y las amenazas inventadas, me imaginaba la posibilidad del regreso.

Aunque, en puridad, para regresar a un sitio, hay que haber partido antes de él, y yo nunca había estado realmente allí, en la casa de Bárgina, sino, dos veranos atrás, en sus alrededores, tratando de desenredar por pura curiosidad el hilo de Ariadna en el laberinto de maíz y ortigas y muros medianeros sin saber aún que mi destino se alzaba a pocos metros de donde entonces me encaramaba a mirar los pastizales de un verde impecable y obstinado.

En efecto, allí estaba, al otro lado del camino, bien oculta entre las trepadoras, señalada, como el mapa de un tesoro infantil, por el airoso penacho de una palmera en recuerdo de la aventura ultramarina de Cecilio Tejedor Sánchez; aquel indiano de poca monta que solo trajo de sus viajes algunos plantones de cocotero y un arcón repleto de telas bordadas que se fueron deshaciendo poco a poco porque anidaba entre sus tablas el comején.

Una de aquellas noches de insomnio cayó en mis manos, por casualidad, un libro que parecía hecho para la ocasión. No era la primera vez que me ocurría algo semejante, que sentía un encuentro tan afortunado, y me gustaba achacarlo a esa especie de magia sin nombre (aunque debería tenerlo, un nombre, pues toda realidad exige su marbete para seguir viviendo) que me reafirmaba en la importancia de un arte, el de la literatura, capaz de algunas útiles hazañas, como contestar a buena parte de mis dudas y al mismo tiempo abrirme con tino despiadado el melón de la incertidumbre. Y, las más de las veces, mostrarme su empatía en los momentos críticos.

Quizás esto ocurre porque uno siempre lee e interpreta según sus propias vivencias y atendiendo al tironeo de la necesidad. Y en aquel tiempo, tras años de absoluta despreocupación y de completa ignorancia, de no reparar en una llamada que había sido emitida para mí sin yo saberlo ni quererlo, era la casa la que ocupaba buena parte de mis noches. Su descuidada fortuna. Su pérdida irrenunciable. Su silueta fantasmagórica agitándose como una tangible petición de auxilio que era imposible desdeñar.

El libro, que no era ni diario ni autobiografía ni confesión, sino algo así como la materialización de una epifanía, pertenecía a un escritor griego que había pasado la mayor parte de su existencia en un país nórdico, tan diferente en todo, en paisajes e idiosincrasia, a las montañas y las llanuras del Peloponeso en los que viera la luz, en los que transcurriera su infancia felizmente ajeno a lo que habría de suceder.

El autor, al que descubrí en una fotografía en blanco y negro mirándome con exclusiva y enigmática nostalgia (o así lo interpreté yo, quizás como reflejo de mi propia enigmática nostalgia), lo había escrito a esa edad en la que uno vuelve los ojos hacia el pasado y se pregunta qué habría sido de él en otras circunstancias, y se cuestiona si no habrá recorrido todo este tiempo una vida equivocada (aunque quién no se lo plantea de vez en cuando para desecharlo enseguida por temor a enloquecer), si no estaría llamado a otras inconcretas desventuras muy distintas a la pasividad en la que se ha venido acunando hasta entonces, entre paciente y resignado, como la mayor parte de los hombres y mujeres del mundo. O al menos del mundo manso y civilizado que él conoce y ha sabido escoger para sí como el mejor y el más seguro de los puertos posibles.

Yo, por supuesto, era de las que se detenía con frecuencia en ese tipo de interrogaciones, qué hubiera pasado si, dónde estaría ahora si, adónde habría llegado si, y me admiraba de la trascendencia de una partícula tan aparentemente insignificante como la átona conjunción condicional. Me emocionaba que la ausencia de un diminuto firulete bastara para transformar la afirmación en posibilidad, la enunciación en mera entelequia, la realidad en contingencia. Era consciente de que cada elección priva de un montón de posibilidades. También era consciente de a qué edad empezó la terrible tarea de las decisiones, y cómo, a medida que crecía, las alternativas se complicaban, subían de nivel como el resto de asignaturas en la torpe e inacabable carrera de la supervivencia.

En la infancia apenas se presentaban opciones. Ni siquiera podías escoger el postre, ni los zapatos que te pondrías para salir a la calle a jugar. Ni siquiera podías elegir salir a la calle a jugar, y con qué amigos, y en qué circunstancias de absoluta desprotección, pues, si algo aprendíamos entonces, era a sentir la invisible presencia del miedo como un pariente más que se inmiscuía en nuestras cabezas para quedarse y dominarlas para siempre.

Pero todos aquellos ínfimos extremos de juegos y postres quedaban en manos de nuestros padres. Y nuestros padres amaban su recién estrenado papel de tiranuelos y lo desempeñaban a conciencia, como si les fuera la vida en ello (quizás porque les iba la vida en ello, aunque entonces quién podía imaginarlo), y, junto a la desconfianza en todo, nos hacían creer en exclusiva en sus principios, que eran tan rígidos como torpes y arbitrarios.

Y, aunque la adolescencia se me debería haber abierto como una etapa de forzosa rebeldía y una liberación de ataduras y un natural cuestionamiento de la verdad, nunca adopté el papel de levantisca porque ya me había acostumbrado al yugo de la renuncia. Y por temor a ensuciar mi imagen de buena hija, fraguada durante muchos años con el franco esmero que ponen en sus asuntos los justos y los imbéciles. Y luego por temor a no acomodarme a la figura de la buena esposa trabajadora (aunque ahora sé y acepto que nunca alcanzaré a interpretar ese papel). Y, por qué no, por la desconfianza de no dar la talla en la forzosa vocación de buena madre (que, sin embargo, tampoco puedo llegar a ejercer porque se me bendijo con la desgracia de la esterilidad. Pero esa es otra historia). Y, al paso que vamos, por el recelo de que, en la hora inaplazable de mis exequias, no se pronuncien las correspondientes alabanzas en la homilía, ni un panegírico bien tejido para la ocasión en que se hable de todas esas cosas: de la vida serena y previsible que he sabido llevar sin jamás cuestionarla.

Pero, para llegar a esa lápida y a ese epitafio, ¿cuántas otras líneas, cuántas falsas encrucijadas habrían conformado la maraña perdida de mis años? ¿Cuántas biografías habría dejado de taquigrafiar al elegir lo conocido y lo seguro, lo impuesto y lo incuestionable? ¿Qué mediocres acontecimientos, qué anécdotas banales, servirían finalmente para contar la crónica de mi fracaso, el diario de mis contradicciones, la historia anodina de mi infelicidad?

Así que para qué darle más vueltas. Mi futuro, como mi pasado, ya no tenía remedio. O, si lo tenía, exigía un gran empeño por mi parte, la apostasía de este presente que se erige como lo único real, como un paredón impenetrable sin un solo resquicio por el que mirar al otro lado para encontrar una nueva y semejante carencia. Intentar horadar cualquier fragmento de esa muralla, me decía, supondría un enorme sacrificio. Además de una deserción que a estas alturas se hacía intolerable porque significaría abandonar lo conseguido durante tantos años, y cada pequeño logro, especialmente en las familias más mediocres, se convierte en una gran victoria a la que es difícil renunciar, pues es como echar por tierra el trabajo de varias generaciones juntas.

Por eso de repente entendía las palabras del tío Artemio. Él no había elegido. Simplemente se había dejado arrastrar por el peso incuestionable de la obligación, y en esa languidez se había consagrado a tareas que quizás no le correspondían. A salvar los últimos restos materiales de una familia que, eso pensaba (aunque cómo podía saberlo si apenas hablaba con nadie, salvo con las becerras y los difuntos; si pasó sus últimos días defendiéndose de quién sabe qué sombras y resollando sobre el bancal de la fachada con la turbiedad de las cataratas como única compañía), hacía todo lo posible por desmembrarse y desaparecer por el sencillo procedimiento de imponer un equivocado concepto de independencia, de blandir la honda de la despreocupación por todo lo que no fueran sus propios asuntos.

Así que ahora, cuando parecía que las cosas estaban como debían de estar, me enfrentaba a una decisión imprevista, pero quizás, también, inevitable.

Y, aunque nada había tenido que ver el azar en aquel dilema, prefería achacarlo a él por eso de la justicia poética y por una extemporánea rebeldía que me atacaba y que yo dejaba me poseyera como un mal virus o un buen amante, entregándome y sin pensar demasiado en las consecuencias que cada acto conlleva. Sin atender a la segura oscuridad de lo venidero.

Elena Marqués

Capítulo de la novela La casa, de próxima aparición

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