Archipiélago, 42: Isla de Onetti by Félix Molina

Para él. Y su querido y abrazado mundo.

JUAN CARLOS ONETTI – LOS VISITANTES DE DORMITORIO

La isla figuraba el número 31 y el nombre de una avenida de Madrid: América. También una cama, con Juan Carlos Onetti tumbado y fotos en la cabecera de otros escritores. Y una —que sobresalía— de William Faulkner, con la raya del pelo perfectamente ejecutada y un bigote que empezaba a ser gris.

A esas alturas, y con tanto ya tragado, al viejo Onetti solo le preocupaba la marca que el trasiego del whisky iba dejando en la botella de decantación con unos cisnes grabados en el vidrio, cortesía de la legación uruguaya en Madrid, algunos años después de que la dictadura fuera derrocada por las urnas en Montevideo. Los diplomáticos permanecieron callados, pues Juan Carlos estaba leyendo un fragmento de Juntacadáveres a unos niños con apariencia de zombies que se pararon a escasos metros de la cama para escuchar. Después de un raro y denso silencio infantil, el jefe de los legados entregó a pie de cama el estuchito con la bandera constitucional de Uruguay. Dentro —tras la banda celeste de rigor— estaba la botella granulienta con los cisnes. Alguien hizo el chiste irreparable de que se habían bebido el whisky.

Desde entonces no le faltó el whisky a la botella. Y era Onetti el que más hacía porque no faltara. En las visitas, los allegados a la cama se preocupaban por apartarse del campo visual del genio que escribiera El astillero, pensando que le quitaban de la vista unos tomos de Arlt o de Proust. Pero toda la atención del genio se centraba en la botella. En lo que iba quedando de la botella.

La alarma se encendió después de la visita-homenaje (todas eran visitas-homenaje) de un grupo representativo de poetas españoles. Juan Carlos observó un descenso que no correspondía y así se lo comunicó a Dolly. Pero el único vigilante de la botella y su trasegar continuó siendo él.

Nada lo distrajo de esa mesita auxiliar, en un lateral estratégico de la cama, delante de la pequeña biblioteca más a mano. Solo en una visita, no sé sabe si de Gabo o de Vargas Llosa (o de los dos), en los años finales, él miró más atrás del ámbar de la ampolla y la vista se le vino a fijar como en una sombra, en el trazo de un hombre perfectamente peinado y blancamente trajeado, con bigote ceniciento. De un hombre que venía del Sur.

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