ÁGATA by Antonio Toribios

Imagen tomada de Pinterest

        

Ágata siempre quiso ser actriz. Y eso que no había lo que se dice tradición familiar. Su padre, Honorato, era un probo gruista y de su madre, Pascasia, se sabe que, amén de atender a su familia, cosía pantalones para una tienda de la vecindad. No había en el hogar otra ventana al mundo de las bambalinas que no fuese una televisión en blanco y negro, que Honorato pagaba en letras mensuales a costa de hacer girar la pluma sin descanso. Sin embargo, una adaptación de Ibsen en Estudio 1 y varias películas de Sesión de tarde fueron suficientes para que fructificara en el corazón de Ágata la agridulce semilla de Talía. A pesar de ser gordita y sosa, la niña se empeñó en recitar por el pasillo los monólogos de Casa de muñecas o en bailar claqué en cuanto había ocasión, o incluso sin haberla, provocando el sofoco de su hermana Pusilana ante el estupor de las visitas.

Llegada la época del desarrollo, Ágata seguía aún con el afán, si cabe acrecentado. Natura había producido algunos cambios en su ser, que la interfecta se encargó de resaltar con un corpiño ad hoc y un tinte de pelo cegador. Su vecino Jocundo intentó por entonces intimar con ella a espaldas de su hermano, aunque sin éxito. Las miras de la joven eran altas, mucho más que esa línea del cielo de carcasas de hierro y cemento que el honrado Honorato divisaba desde su peculiar cofa allá en lo alto.

Antes de su mayoría de edad ya tenemos a la animosa Ágata instalada en una pensión barata de la capital. Pronto comenzará la familia a recibir las famosas cartas en las que la diva se explaya relatando las estaciones de su ascenso prodigioso. Primero fue Yerma, luego un personaje de Casona, otro de Benavente y por fin Ibsen, su broche de otro. Pasan las navidades y llega un nuevo año y otro y otro. “¿Cuándo sale en la tele?”, preguntaba Lucrecia, la vecina de abajo. “¿No viene nunca a veros?”, se atrevía a inquirir Basilisa, la lechera. Preguntas sin respuesta que Honorato rumia rascando frío allá arriba, mientras contempla las arboladuras del futuro. Pusilana teje en la galería, a la vista de todos, un largo chal que desteje luego al amparo de la luna.

Relato perteneciente a El envés de los días, libro inédito en proceso de publicación.

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