LA AMAZONA por Charo Jiménez

A lomos de corcel bien adiestrado la amazona

empieza a volver

de su viaje

de ida;

a medir cada golpe de suerte,

a rodar por caminos livianos,

a paladear cada sorbo de vino,

las mejores manzanas

las compañías más sanas;

a remolonear entre las

sábanas oreadas de sol;

a abandonarse al balanceo

de una marea indulgente;

a improvisar almuerzos frugales

y cenas caprichosas;

a despertar con

el escándalo de los gorrioncillos madrugadores

y sestear

con el de las impertinentes chicharras;

a extasiarse con el firmamento

cuajado de estrellas,

con el laberinto de las telas de arañas del puente; a embriagarse de rosas de infancia;

a leer,

nadar,

leer, leer, leer,

nadar;

a colgarse de la inopia,

a dejarse pintar de atardeceres arrebolados,

a echar de menos al compañero perdido,

viejo peludo, barbiblanca, cuencas de nobleza

azabache;

a soñar las risas de los hijos,

el abismo de sus ojos verdes como el trigo verde y el verde verde

limón;

a espantar los miedos,

las culpas;

a llorar la ausencia del padre, a curar el corazón partío,

a luchar,

perder, ganar,

ganar, perder

sin dejar de

inventar.

Pobre

ridícula cuerda loca,

loca cuerda

sin con, con sin

castillos en el aire.

Una nana suena y rasga el silencio tupido de ayer.

¡Tira, tira de la cuerda!, ¡haz que suene otra vez! ¡Y una y otra y

otra vez!

Ilusa aprendiz de Quijote. ¡No sabes!

No sabes qué.

No sabes que el tiempo es fugaz,

inefable, imposible, eterno, inabarcable, cabrón, artero, inapelable, sátrapa, inalcanzable,

inexorable…

Y nunca, nunca jamás vuelve. ¡Vuelve!

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