Podrán cortar todas las flores pero no podrán detener la primavera

By JJ Zaratruciano

Leí el libro de Job buscando mejorar como escritor; semilla plantada por Kerouac quien buscaba en la literatura clásica estructuras para sus novelas. Lo leí a sorbos, sin apuro, saboreando el viejo vino de la poesía hebrea. El libro de Job es un thriller psicológico donde Dios es el malo de la película. En una apuesta con Satanás, esté último lo desafía a probar la fe de Job quitándole todo, todo menos la vida. Job no puede entenderlo, es el más devoto, el más correcto, el más piadoso, ¿por qué? Sus amigos especulan que quizás cometió errores, pecados. Job es terco, se niega aceptar que ha sido castigado, y solo quiere una explicación que apague la locura de su maldición. Dios aparece, le da a entender que no sabe nada, que su sufrimiento es insignificante, que no es nada comparado con toda la infinidad de la creación. Job está en paz solo porque ha visto a Dios. Finalmente, el creador le devuelve todo y mucho más.

No importa los milenios que pasen, son las emociones humanas, el dolor y el placer, las que hacen girar las historias. Al igual que un hombre de fe, una obra auténtica es aquella que sabe incorporar lo bueno y lo malo como un todo. El escritor es Dios y su escritura es la consciencia. ¿Si aceptamos lo bueno, porque no aceptamos también lo malo?  

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