RÉQUIEM POR MI MANO AUSENTE by Felicitas Rebaque

Introducción de la novela Requiem por mi mano ausente

No había vuelto al palacio Garnier desde aquella noche. No podía imaginar que, años más tarde, regresaría, a no ser como espectador. En aquel tiempo yo era un fantasma tan atormentado como el famoso personaje de Gastón Leroux.

He venido con antelación suficiente para pasearla sin testigos, aún vacía de público, apreciando este maravilloso templo de la música, cada día más hermoso como si los años, en lugar de envejecerlo, le aportaran resplandor. He subido por la imponente escalera de mármol blanco que por entonces ascendí junto a un emocionado Kaminsky. He entrado en sus salas, sus galerías, admirando las pinturas y esculturas que brillan bajo la luz de las espectaculares lámparas de araña. Mi recorrido termina en el escenario. Y aquí estoy, seis años después, para dar mi último concierto. No podía haber sido en ningún otro lugar. De esta manera, cierro con broche de oro aquel triste pasaje de mi vida y honro al mejor amigo que he tenido.  Se lo debo a él, me lo debo a mí.

No estoy nervioso, más bien conmovido. Los recuerdos se agolpan en mi mente y pujan por salir. Por qué no dejar que fluyan. Ya no me hacen daño. Me remontan al 12 de marzo de 2002. Era martes, como hoy

I

Desperté en martes…

 y no en miércoles. El orgasmo me sacó del sueño antes de lo que había previsto. Mi sexo, aún erecto, intentaba liberarse a través del pantalón del pijama. Noté la humedad entre mis muslos. Lo que me faltaba: poluciones nocturnas a mi edad. «Tendré que intensificar mis relaciones sexuales», pensé con ironía. Hice un esfuerzo para recordar la quimera que me había conducido a tal estado, pero no pude. Mi mente parecía haberse vaciado al mismo tiempo que mis gónadas.

Abrí los ojos con dificultad. La luz blanquecina, huérfana de sol, que entraba por la persiana guillotinada, me estalló en las pupilas. Consulté el reloj: las doce y veinte minutos del martes 12 de marzo.

Cuando me percaté de que tan solo habían pasado doce horas desde que me acosté y no veinticuatro, como había calculado, maldije entre dientes. La proporción de somníferos y bourbon no había sido la correcta; tampoco tuve en cuenta las intempestivas ensoñaciones.

Era martes, como entonces. Otro martes maldito. Hubiese deseado arrancar ese día del calendario y que Cronos concentrara esas veinticuatro horas en un segundo para amanecer en miércoles. Al fin y al cabo, ¿qué es un día en el cómputo final de una vida? Nada, una gota minúscula en el océano, un hecho aislado e inapreciable en el todo. Pero ese desfase me habría salvado y no hubiera tenido que mantener una lucha agotadora contra el deseo de volver a verla. No habría existido la posibilidad de caer en la tentación de aceptar su invitación. Sería miércoles y ella ya no estaría.

Intenté seguir durmiendo, pero fue inútil. La vigilia y el sueño se disputaban mi voluntad. El hormigueo constante de la mano izquierda se había intensificado y el espasmo sexual se había saldado con un tremendo dolor de cabeza. Introduje la mano al calor de las mantas y la froté contra el cuerpo. Las sienes me latían, el dolor se incrustaba como un casco desde la nuca hasta la frente y la ansiedad de días anteriores regresó machacona produciéndome un desagradable desasosiego. La angustia y la náusea me echaron de la cama.

SINOPSIS RÉQUIEM POR MI MANO AUSENTE.

Lawrence Patterson, reconocido pianista, ve truncada su brillante carrera musical cuando un accidente de tráfico le destroza la mano izquierda y su propia vida. Hundido y amargado por su desgracia, para sobrevivir, acepta tocar en un cafetín de Montmartre que en nada se parece a los escenarios que frecuentaba, ni la música que allí le reclaman es la que le apasiona y a la que ha dedicado su existencia.

A duras penas recuperado de su infortunio, se ve envuelto en una trama de espionaje político internacional en la que no se duda en asesinar, de forma despiadada, en interés de sus fines.

Réquiem por mi mano ausente es un concierto donde confluyen la amargura de un pianista lisiado, la vitalidad de un acordeonista exiliado y homosexual, el pragmatismo de una prostituta y el dueño de un cafetín que quiso ser pintor, asaltados todos ellos por los modos bastardos de quienes justifican el crimen, disfrazando de ideales sus intereses.

A contrapunto, el trabajo de un periodista, un inspector de policía y una ya jubilada profesora de piano dispuesta a que su mejor alumno no se rinda.

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