Archipiélago, 38: Isla (y hotel) de Marcel Proust

By félix molina & juan re crivello

El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.

MARCEL PROUST – SUS BIZCOCHOS MÁS SELECTOS

No hace falta decir que la isla era en este caso la masa resultante de un tercio de harina floja de repostería, un cuarto de azúcar (morena si pudiera ser), medio litro de leche de vaca, un chorro generoso de aceite (de girasol o de oliva, según el país de procedencia del mezclador) y una pizca de sal. Marcel se asomaba a ella desde la mañana, orientando su mirada en dirección a la brechilla de sombra horizontal que el sol pintaba a sus pies, reflejando su su bigote helicoidal.

Allí descubría una superficie rugosa pero esponjosa, levemente avainillada, que le reportaba –cómo no– recuerdos casi maternales, de un primer erotismo confundido con el aroma de las magnolias; allí trazaba genealogías dispersas de condados y vizcondados, apoyándose solo en las ramas más venales; allí gustaba de ojear en bosques frondosos que acababan en mansiones, con su vidilla entre lúbrica y decorativa.

Asaltado por incipientes marquesas (con harina más fina y más agalletada que la de la superficie isleña), no dejaba de dibujar bidés y cómodas, nervioso pero delicado.

Una mañana, acompasado por el coñac de excelente calidad, anduvo hasta el límite mismo de la isla, allá donde la blonda plisada y pegajosa de la magdalena coincide con el romper de las olas. Adivinó en el horizonte, con esencia de tocino de cielo, las formas sinuosas de un hotel, aunque en un principio dudo si era tal hotel o el recuerdo de un hotel. Con pasos amortiguados de hojarasca se plantó ante aquella edificación, más modernista que moderna, más esteticista que estética.

Su rostro de perpetua y blanquísima interrogación se preguntó muchas cosas, a saber: a) quién regentaba aquel hotel, b) de qué o de dónde era conde o vizconde, c) qué consecuencias iba a tener para su prosa cierto amarillear de los rododendros, y –la más importante– d) la repostería del desayuno, ¿estaba incluida? Camino un poco más y el hotel apareció ante sí. Era real, o acaso se parecía a uno que trastabillaba desde hace años en sus sueños. Y de un costado pudo ver a un hombre no muy alto, de mirada vivida que se dirigía hacia él. ¡Qué atroz! —pensó, se chocarían. Los caminos eran imposibles de apartarlos, siguió lento, y el otro también redujo su paso. Aceleró y el otro también. Prefirió estrellarse y busco llegar hasta donde esa cruz les unía.

—Hola dijo Swann. Qué hacia allí ese personaje que tantos años le había surgido en su pluma.

—Soy tu memoria —agregó. Proust quiso asirlo pero ambos se superponían. Como tantas veces había sentido a su madre en su derredor. Vio que al final le atravesaba y le señalaba el hotel. Caminó otras 100 yardas y abrió la puerta. Dentro la luz y la limpieza parecían recibirle, pero no había nadie. Fue hasta la recepción y abrió el libro de firmas. Puso allí: Marcel Proust / En busca del tiempo perdido Y sin saber si aquello era lo correcto dejo allí además su dirección, 102 del bulevar Haussmann en París.

Al salir se sentía liberado. Había vivido en aquella dirección 15 años encerrado, escribiendo. Ahora este hotel era su sitio. Al regresar por el mismo camino Swann le atravesó y ese sentimiento tan familiar le consoló, como si el ruido de las olas en su espalda le abrieran camino. Ya miraba con otros ojos.

Notas:

Wickipedia:

“Tras la muerte de sus padres, sobre todo tras la de su madre en 1905, su frágil salud se deterioró mucho a causa del asma y de la depresión por la pérdida materna. Permaneció recluido durante quince años en el 102 del bulevar Haussmann en París, donde hizo cubrir las paredes de corcho para aislarse de ruidos y dedicarse sin ser molestado a su obra maestra, En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu). Vivía exclusivamente de noche, tomando café en grandes cantidades y casi sin comer —según cuenta Celeste Albaret, su criada en esos años, en un libro de memorias—, sin cesar nunca de escribir y de practicar sobre su texto interminables correcciones, supresiones y añadidos de papeles que Celeste se encargaba de pegar en las páginas correspondientes, que podían alcanzar, en consecuencia, considerables extensiones”.

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