EL LADO BUENO por Fer Alvarado

Mi padre siempre decía que, para tener suerte, cada día tienes que levantarte por el lado bueno de la cama. Tengo cuarenta y dos años, las canas hace tiempo que florecieron en mi cabello y creo que sigo sin encontrar ese afortunado lado del que hablaba. Y no será porque no lo he intentado.

Tendría unos seis años la primera vez que escuché esa frase. La lógica infantil me hizo pensar que esta debía ser la parte derecha del colchón para los diestros y la izquierda para los zurdos. Así que comencé a levantarme cada mañana por la parte que mi mano más hábil marcaba. Si me despertaba de medio lado, enseguida giraba y me colocaba boca arriba. No fuera a ser que con la somnolencia del momento me bajara por el lugar equivocado y sufriera el peor día de mi existencia. Una noche, tuve una pesadilla y me levanté desorientado. Cuando sentí que el suelo abrazaba la planta de mi pie abrí los ojos y me quedé paralizado. Me había incorporado por el lugar equivocado. Enseguida me resguardé de nuevo entre las sábanas y me tapé hasta la cabeza. ¿Aquello contaría como levantarse con mal pie? ¿Debería permanecer acostado otro número de horas para que el contador de levantarse llegara de nuevo a cero? Al final tomé la solución más sencilla. Me hice el enfermo, pasé la mañana acostado y no fui a clase.

Aquella experiencia hizo mella en mí. Si quería reducir las posibilidades de toparme con ese lado erróneo debía darle un nuevo enfoque al asunto: tenía que aprender a ser ambidiestro.  Comencé a escribir con las dos manos y a usar los cubiertos con izquierda y derecha por igual. El entrenamiento fue duro. Mis profesores me preguntaban por qué de repente mi letra se asemejaba al sumerio y mi padre me recriminaba que tardara más en cortar un filete que él en cocinarlo. Pero todos los meses de trabajo valieron la pena. Mi escritura dejó de parecerse a la de una lengua muerta y cogí tal destreza cortando la comida, que llegué a cortar la carne con formas de animales solo por presumir de ello. Había conseguido mi objetivo pero lo que no sabía era que mi tormento no había hecho más que comenzar.

Un día mi madre se retrasó en llegar para la hora de comer. Mi padre nos había vuelto a hacer filetes. Siempre que cocinaba él comíamos filetes. Incluso llegué a pensar que, en el trabajo, en vez de pagarle, le regalaban carne. Me imaginaba a su jefe con una careta de cerdo sonriente por rostro y que, cuando  sus trabajadores cumplían los objetivos, les decía algo tal que así: “Muy buen informe señor Campos. Acaba de ganarse medio kilo de lomo, tres chuletas y un entrecot de ternera. Siga trabajando así de duro y pronto podrá optar al jamón”.

Mi madre, sin embargo, era lo opuesto al cocinar. Mezclaba tantos colores en sus platos que sus comidas parecían que, en vez de cocinadas, habían sido pintadas con rotuladores.  Daban ganas de  coger sus ensaladas, ponerles un marco y colgarlas de la pared de un museo. Los momentos en los que ella danzaba por la cocina, siempre me llamaba y me animaba a lavar la lechuga.

—Nadie lava las ensaladas como tú Carlitos —me decía sonriente —. Podrías montar tu propia empresa de lavado de verduras. Las dejas tan impolutas que se pueden usar como platos y comer sobre ellas.

En esos momentos me sentía importante. Cogía las hojas una a una, las separaba usando ambas manos y las limpiaba como si me dejara la vida en ello. Me gustaba pensar que mientras más brillantes dejaba las lechugas, más feliz hacía a mi madre. Lo que más me sorprendía era la diferencia que había entre mis progenitores cuando se quedaban en casa. Mi madre ponía música, bailaba y hacía lo posible por hacernos reír. Mi padre era tan monótono y aburrido como los insulsos filetes que siempre preparaba. Hasta llegué a crear dos teorías al respecto:

Teoría 1: «El estado de ánimo de una persona es totalmente proporcional al número de colores que emplea en su comida».

Teoría 2: «Si te levantas por el lado malo de la cama siempre acabas preparando filetes. Conclusión: mi padre solo tiene un lado en la cama, el malo».

Por la cuenta que me traía decidí que la teoría correcta fuera la primera. Sobre todo porque si no llegaba a encontrar ese lado afortunado me esperaba una vida entera de carne nervuda, sosa y poco hecha.

Pues bien,  aquel día teníamos nuestros platos rebosantes de carne encima de la mesa y mi padre me instaba a que esperase la inminente llegada de mi progenitora. Yo, aburrido como estaba, agarré cuchillo y tenedor y hábilmente dibujé con los pedazos de carne la careta de cerdo que estaba imaginando. Cuando terminé de hacerlo, la puerta se abrió y mi madre, resplandeciente como siempre iba, entró, se sentó y miró sonriente mi reciente obra de arte cárnica.

—Javier, ¿has visto lo que hizo tu hijo con la comida? Tanto que le reprochabas que tardaba en comer y mira. Ahora tenemos un artista en casa. —dijo mientras se desabrochaba el abrigo. Yo, estaba tan feliz por el reconocimiento que ya pensaba con qué nuevo animal sorprenderles en la siguiente comida. Pero ella siguió hablando. Por mí podría haberse detenido ahí pero no lo hizo—. ¿No ves? Si es que no hay nada malo ni bueno en esta vida. Todo depende del ángulo con el que se mire.

¿Ángulos? No podía creerlo. ¿Había estado años trabajando para no tener un lado malo y resultaba que también había ángulos a tener en cuenta? La realidad de la vida acababa de golpearme con escuadra y cartabón.

Por culpa de este descubrimiento estuve varios días deprimido. Llegué a tal punto que cada vez que veía una esquina los ojos se me llenaban de lágrimas. Había estado tan obsesionado con un lado u otro, con el punto  A y con el B, que no tuve en cuenta el resto de dimensiones.

Los años fueron pasando, crecí, me independicé y, para no volver a caer en el mismo error, me dediqué a recopilar información sobre las amenazas del universo. Hice un doctorado en física cuántica, investigué el bolsón de Higgs, trabajé en el acelerador de partículas e incluso  resolví uno de los problemas del milenio de Clay.

Estas investigaciones me sirvieron para darme cuenta de que no solo estaba el lado bueno y el malo de la cama, los ángulos, la anchura y la altura sino que existían cuatro dimensiones: tres espaciales y una temporal. Lo peor es que no podía controlar ninguna de ellas. Estábamos expuestos a los designios del azar y eso me aterrorizaba.

Todo cambió el día que publiqué mi primer libro al que titulé «Hay más peligro en su casa que en el resto del universo».

Había quedado con mis padres para organizar una pequeña celebración. Fue algo íntimo y familiar. El salón estaba adornado con guirnaldas y serpentinas que parecían saltar del techo. Se entrecruzaban, se separaban y se volvían a unir. Era un ornamento caótico y sin sentido. Justo lo que más nerviosísimo me provocaba: la evidente y deliberada falta de orden. Sobre esta decoración habían colocado un cartel que cruzaba la sala de lado a lado en el que se podía leer:


Por el lado bueno de las cosas: felicidades Carlos.

Habían coloreado tanto la frase que me recordó a las ensaladas que preparaba mi madre cuando era niño. Me acerqué al sofá para tomar asiento y poder observar de cerca aquel colorido mensaje pero, justo cuando  iba a acomodarme entre los mullidos cojines de mi tresillo predilecto, mi madre me llamó desde la cocina:

—Espera, no te sientes. Ven a acompañarme mientras termino la cena ¿o eres demasiado mayor para pasar tiempo conmigo?

—Tengo cuarenta y dos años. Soy demasiado mayor para casi todo —le respondí mientras me acercaba suspirando. Ella estaba de espaldas a mí mirando a la encimera. Los años habían encanecido su cabello y ya no podía mantenerse tan erguida como en su juventud pero, al oírme entrar en la habitación se giró y me mostró su inmensa sonrisa. Por aquella sonrisa no pasaba el tiempo. Seguía siendo alegre y juvenil. En ella no veía ángulos,  ni dimensiones beligerantes, ni lados buenos, ni malos,… Solo veía a mi madre.

Se apartó de la encimera y con un ligero movimiento de su mano me invitó a ver lo que estaba preparando: la ensalada más iridiscente que nadie hubiera hecho jamás. Tomates, maíces, zanahorias, pepinillos,…, todas las frutas, verduras y hortalizas conocidas se unían en una fiesta en la que ninguna se había quedado sin invitación. ¿Todas? No, todas no. Faltaba una.

—¿Querría usted señor doctorado ayudarme a lavar la lechuga? Debes saber que han pasado muchos años desde la última vez, he investigado a muchos limpiadores de verduras, he intentado estudiar las mejores técnicas para dejarlas pulcras y aseadas pero nadie en el mundo es capaz de darles el toque especial que tú le das —dijo mientras, con una ligera reverencia, me animaba a acercarme.

En ese momento mi padre cruzó la cocina en dirección al salón. Nos vio ensimismados en nuestros quehaceres, se acercó curioso y encajó la cabeza entre mi madre y yo.

—No sé por qué os gustan las comidas tan coloridas. Con lo bueno que es un buen filete. Lo que ves es lo que hay. Sin sorpresas y sin tener que rebuscar lo que te gusta en el fondo del bol. Carne, solo carne y nada más. El resto es improvisar y arriesgarse —comentó indignado mientras se alejaba de nosotros. Me recordó peligrosamente a alguien: a mí.

Arranqué una hoja y la puse bajo el grifo. Mamá estaba cantando. La miré, sonreí y me volví hacia mi trozo de lechuga. Tenía dos lados, uno rugoso y otro mucho más liso. ¿Eran el bueno y el malo tal vez? Entonces me di cuenta: no, no existían ni el uno ni el otro. Todo dependía de quién te enseñaba a vivir en cada lado.

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