LA DECISIÓN by Genoveva Rodea

Imagen tomada de Pinterest

            «Aún estás a tiempo de no cobrar ese talón», le sugirió el pensamiento al mirar hacia su bolso. Pero no se tratada del talón en sí. Después de todo, eran sólo tres mil euros, un pequeño adelanto de la situación acomodada que se le prometía: estabilidad, un trabajo fijo bien remunerado y la posibilidad de acceder a aquel derecho constitucional en el que había creído antaño, antes de convencerse de que aquella carta magna no regulaba nada que no interesase a la especulación, los bancos y las promotoras.

            Con treinta y dos años, después de estudiar una carrera, un rosario de cursillos y prácticas, y varios contratos eventuales, había conseguido trabajo en Sorigar donde cubría una baja por maternidad. Todos los domingos se bebía los anuncios de los rotativos para acabar maldiciendo a un mercado laboral que definía como feudal, cortijano y tercermundista.

            –Hazlo, hija –le había comentado su madre la noche anterior al ver el talón.

            A Marta le había sorprendido aquella afirmación. Había llegado a casa convencida de que su madre la disuadiría en nombre de la conciencia, la integridad, y de Dios. Pero no fue así.

            –Durante años he rezado por ti. He confiado en que el camino correcto al final da sus frutos. Pero veo que los frutos que llegan son los mordisqueados que otros tiran después de extraer el jugo. Ya estoy cansada.

            Lucía, la madre de Marta, había sido siempre una beata sin remedio. Desgastó hasta la saciedad frases como «Dios recompensará» «Son los designios de Dios» «Dios pone a cada uno en su lugar» y toda una retahíla de argumentos lavacerebros con los que aplacar la ira del oprimido. Esa noche afirmó con contundencia que, si lo que ocurría era obra de Dios, debía de tratarse de un Dios bastante despistado para no percatarse en tantos siglos de que algo estaba haciendo mal. Y, sobre todo, para no proporcionar ese castigo divino –con el que amenazan y reprimen esas leyes de Dios escritas por hombres– a todas esas personas que vivían, ellos sí, como dioses a costa de aliarse con Lucifer.

            Marta engulló una sencilla ensalada escuchándola confesarle que ese Dios que antes la ayudaba –no él, insistía en aclarar, sino la confianza ciega en su misericordia– ya no le servía. En el silencio de aquella estrecha cocina, Lucía gritó que ese esfuerzo no le conducía a nada, no siquiera a sobrevivir. Vomitó que, a sus sesenta y tres años, estaba cansada de coser en casa mochilas de buena marca pagadas en dinero negro, mientras en la pequeña pantalla de televisión que la acompañaba le refrotaban por las narices ostentosidad lograda por medios poco claros, relojes de oro de camareros llegados a alcaldes por milagro ¿de quién? ¿de Dios?, mansiones requisadas cuyos dueños salen de declarar en un juzgado con la sonrisa del que sabe que no va a ocurrir nada.

            La madre de Marta se declaró hastiada de enseñar la decencia a sus hijos.

            –¿Para qué? –reclamaba. –¿Para ver a putones a los que extienden una alfombra de la calle a los platós de televisión sólo porque su físico o su vulgaridad son un espectáculo?

Se confesó aburrida de que cualquier donnadie fuera tildado de invitado en un programa de máxima audiencia al que –tras negociación de ceros– acudiría a destrozar la imagen de equis, o de y, ante entrevistadores a quien se les permite reducir los cinco años de periodismo al meteórico paso por un reality, o algún lío de cama millonario, sin tan siquiera exigirles un triste curso de dicción. Harta, hasta decir «basta», de oír la exigencia de respeto a la intimidad de aquellos que edificaron sus santuarios de lujo con letras pagadas con exclusivas.

            Ante la estupefacción de Marta, Lucía anunció que ahora lo veía todo claro: todo estaba en venta, todo se compraba, y todavía no había visto a ningún ángel de alas negras emerger de los infiernos para llevarse a ninguno. Seguían ahí, siendo el pasatiempo. Gente que podía sonreír a una detención, porque sabía cómo pagar la fianza, cuando ellos, coronados de dignidad, necesitaban privarse hasta de todo para pagar un alquiler.

            –Muy bien –sentenció exprimiendo el último gajo de una naranja–. Esto es lo que hay. Esas es la justicia divina. Perfecto, nos aliaremos con ella. Ya se lo explicaremos a Dios cuando llegue el momento. Pero, mientras tanto, aquí, en la tierra, nos echaremos unas partiditas con el diablo sin pensar en la humanidad de nadie más de lo que nadie piensa en la nuestra.

            Había sido una noche larga en la que la remota posibilidad de conciliar el suelo se revelaba batalla perdida. Su madre estaba fuera de sí. Jamás la había oído hablar de aquella manera. No la reconocía. Y, cuando le preguntó si estaba segura de lo que decía o solo era producto de la rabia, le explicó que la había criado evitando el ejemplo de la escalada fácil y el “pecado” justificado, no para que muriera de desesperanza, ni se estancara en el barro de ese sistema de ahogo continuado que vendían como próspero.

            –¿Para quién? –preguntó, las manos alzadas al cielo.

            Al amanecer, Marta, con el eco de su madre en los oídos, pactó ante el espejo vender sus servicios al hombre que la había convocado aquella tarde. Sólo tenía que proporcionarle la información requerida sobre Sorigar y Luis Gil cumpliría su trato.

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