TRAMPANTOJO por Charo Jiménez

El sabor mágico y familiar se expande por mi boca como si de fuegos artificiales se tratara, embriagando mis sentidos y transportándome como por arte de birlibirloque a la cocina de mi madre. Allí, año tras año, nos reuníamos la abuela, ella y yo ante el lebrillo y las cañas para hacer los pestiños más buenos del mundo. (La abuela trabaja la masa con sus brazos recios y rechonchos y, tras el obligado reposo, le va dando su forma tradicional. A veces, se permite alguna que otra licencia culinaria y crea un bocado caprichoso; mamá fríe con esmero. Y yo enmelo generosa. “Espera que se enfríen un poco, chiquilla impaciente”.)

Con el paladar enternecido, salgo a la calle y me confundo entre pacíficos transeúntes vestidos de descanso.

Bajo hasta Cuna, cruzo la Plaza del Salvador. La iglesia se alza majestuosa ante los veladores de La Salmantina. Altaneras palomas huidizas buscan alguna migaja abandonada. Cruzo la Plaza del Pan y subo por Alcaicería de la Loza en dirección a La Alfalfa. Es Domingo y el tradicional mercadillo de animales y especias me recibe escandalosamente. Bajo algunos tenderetes estacionales, incensarios de diferentes tamaños queman el incienso cofrade, la alhucema y el romero envolviendo la atmósfera del lugar de un intenso aroma que se prende sin remedio en el alma. Una algarabía de chiquillos entusiasmados recorre los puestos de animales suplicando a sus padres que les dejen llevarse alguno a casa. Hileras de cajas de cartón ocupan la mayor parte del recorrido. Tras ellas, vendedores amateurs muestran cachorrillos de apenas unas semanas que dormitan arrebujados buscando el calor de la sangre. Jaulas de virtuosos canarios tenores, periquitos de colores imposibles, loros provocativos, conejos de la suerte, hámsteres circenses, peceras multicolores, piscinas de tortugas esquivas y hasta viscosas serpientes encantadoras que algún excéntrico despistado se atrevería a calificar de mascota.

Justo al final del recorrido me tropiezo con los tristes ojos grises de un chico desgarbado que me parece familiar. Me quedo clavada en el pozo sin fondo de aquella mirada, esforzándome por ubicarlo dentro de mi historia. Al encontrarme, se esfuma su aire melancólico.

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