GRAZNIDOS por Fer Alvarado

Jacinto Bonaval era una persona que sin lugar a equivocarme podría denominar como peculiar. El día que perdió un ojo trabajando en la fábrica de gafas de seguridad se tapó su recién estrenado hueco y, mientras todos gritaban, exclamó con la mayor naturalidad:

—La ironía de la vida acaba de llevarse parte de mi visión pero me ha regalado un lienzo en el que poder contar mis historias.

En ese momento nadie supo a qué se refería pero no tardamos en averiguarlo. Pocos días después del desgraciado accidente, adquirió un ojo de cristal que decoraba cuando salía a pasear. Si era verano, lo pintaba de amarillo convirtiendo aquella pupila vidriosa en un sol sonriente y, en primavera, le añadía pétalos haciéndolo florecer como una margarita. Muchos se escandalizaban cuando veían su obra artística pero para estas aburridas gentes siempre tenía la misma respuesta: «si tenemos algo único, debemos aceptarlo y darle la mejor forma posible». Poco después adquirió el título oficial de borracho del pueblo lo cual no le ayudó a mejorar su imagen. Llegó a perfeccionar tanto su técnica que bebía con la mirada. Imaginad, un hombre entra a un bar, se sienta a tu lado, observa tu copa y el líquido desaparece. Esto le llevó a ganarse muchos enemigos ya que, además, lejos de mantenerlo en secreto, tras vaciar todas las bebidas de la barra eructaba ruidosamente y, sin haber pedido ni una sola consumición, se marchaba del establecimiento con la mirada más vidriosa si cabe mientras andaba en zigzag tratando esquivar, según él, a los gansos que vivían en los alrededores.

—El truco para beber así es que soy daltónico —solía comentar—. Lo que no sé es si lo soy del ojo de cristal o del otro.

La mayoría del pueblo comenzó a darle la espalda y a tratarle de bicho raro. Sin embargo, los niños estábamos encantados con sus ocurrencias. Cuando abandonaba el bar con pasos trastabillados, mis amigos y yo le perseguíamos imitando sus etílicos andares. Él, lejos de enfadarse por nuestras travesuras, sacaba uno de sus pupilas de cristal del bolsillo de su raída chaqueta y, entre risas, siempre nos amenazaba con echarnos mal de ojo.

Este solo fue el principio de nuestra relación con Jacinto. Pronto nos comenzamos a reunir en las afueras. Nos gustaba sentarnos a su alrededor y él, como un juglar de tiempos pasados, nos deleitaba con las historias más extravagantes. Incluso a veces sacaba su colección de ojos de cristal pintados a mano y los usaba como protagonistas de sus relatos. Aquello, lejos de incomodarnos, nos divertía sobremanera. Aún recuerdo como sacaba una manta a cuadros de su zurrón y la colocaba sobre el suelo para, justo después, distribuir a los vidriosos protagonistas de sus historias entre las cuadrículas.

—Cuando los gansos cesan de graznar comienza el teatro de  las miraonietas. Un lugar en el que la vista es la que siempre engaña. —Esa era siempre su entrada antes de iniciar sus cuentos. No entendíamos el por qué de los gansos pero siempre los incluía en sus historias. Los describía como animales ruidosos y molestos; como seres que se unían en bandadas y que atacaban a todos los que no querían formar parte de su grupo. Pensábamos que, cuando hablaba de estas aves, era porque se había entretenido mirando en exceso las bebidas espirituosas ajenas. Hasta que, en una ocasión, acudió a nuestro encuentro con su macuto rajado y su colección de ojos pintados en las manos. Nosotros, preocupados, le preguntamos qué había ocurrido. La respuesta no nos tranquilizó en absoluto:

—Han sido ellos. Vinieron a por mí con los picos más afilados que nunca. Quieren que deje de contar mi historia y que solo se escuchen sus graznidos. —Cruzamos miradas escépticas pensando en que nuestro amigo había terminado de perder la cabeza. Él, al darse cuenta de nuestras dudas, intentó llamar nuestra atención alzando el tono de voz —. Vosotros seréis los siguientes. Por favor, que no os convenzan. Si en algún momento deseáis que deje de contar mis relatos lo haré. No tengo ningún problema en ello. A cambio, solo os pido un favor: nunca os unáis a los gansos.

Tras aquel inusual discurso decidimos dar la reunión por terminada y nos marchamos a nuestras respectivas casas. Cuando llegué a la mía supe que algo no andaba bien. En el salón habían varias personas reunidas y, mi tía, al verme, se levantó y corrió a abrazarme.

—¿Has estado con Jacinto? —Me preguntó sollozando—. No vuelvas a ir con él, no lo vuelvas a hacer. Ha terminado por volverse loco. Cogió sus ojos de cristal y se los lanzó a la gente en mitad de la plaza mientras gritaba que todos eran unas malditas aves. No es una persona de fiar. Dime que no volverás. Prométemelo.

Me quedé observando a mi tía. Al terminar de hablar había unido los labios de tal manera que su boca sobresalía por encima de la barbilla. Me recordó peligrosamente a un pico. En ese momento uno de los allí presentes habló:

—Es cierto muchacho. Yo estuve allí y lo vi todo. Desde que perdió el ojo no estaba bien pero ya ha sobrepasado todos los límites… —.  Giré la cabeza hacia el hombre que acababa de hablar. También tenía esa forma picuda en los labios. Aunque algo me llamó aún más la atención. Estaba jugueteando con un trozo de tela entre sus manos. Lo pasaba de un dedo a otro con rapidez como si disfrutara de su tacto y no quisiera desprenderse de él. Estaba claro que no era un simple trapo. Era un trofeo. Al verlo, lo reconocí en seguida y supe a qué pertenecía: era parte del zurrón que le habían destrozado a Jacinto aquella misma mañana.

En seguida una de las personas que lo acompañaban se dio cuenta de lo que miraba e intentó desviar mi atención. No lo consiguió. Ya no escuchaba sus mentiras, ni sus palabras malintencionadas. Ni siquiera podía decir que el sonido que llegaba a mis oídos era humano. Solo escuchaba graznidos.

Aquel fue el último día que vi a Jacinto Bonaval. Desapareció del pueblo sin dejar rastro. Yo, fiel a sus teatros, acudí a diario durante años al lugar donde solíamos reunirnos. Desesperado, buscaba alguna señal que me ayudara a dar con su paradero: tal vez un camino de cristales coloridos o trozos recortados de los cuadros de su manta que me aportaran una pista. Nunca encontré nada pero, aún así, no falté ni un día al lugar dónde se celebraron sus excéntricos recitales. Recordar sus relatos, sus ojos de cristal coloreados y sus vivencias imposibles me divertía, me relajaba y, sobre todo, conseguía lo que más deseaba: acallaba los graznidos de los malditos gansos.

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