El genio oculto en la botella by Verónica Boletta

Mesó sus cabellos finos con desesperación. La barba rala crecía despareja sobre sus mejillas. Juan, tal el nombre del espectro, tenía un aspecto sombrío. Podría haber sido rey en lugar de mendicante. Pero no era el caso. No había sido una opción para él cuando tras un brillante paso por la universidad obtuvo su título de ingeniero. Ni cuando lo contrató una empresa importante, de esas que llevan los límites de la tecnología un poco más allá. Conoció la fama en el mundillo de los elegidos en ese Silicon Valley particular de su país. Luego, el desamor, el alcohol que no ahoga las penas pero las anestesia, los temblores cada vez más notorios y sus ganas de morir lentamente lo arrojaron fuera de esa gloria artificial. Era el dueño de la calle y de los portales donde se refugiaba. Poco más que eso le hacía falta para abrazar el olvido que nunca llegaba.

Rondaba su figura un perro flaco, tan callejero como él. La pareja iba y venía con paso cansino, ambos inofensivos, los dos arrojados del mundo refulgente del neón. Eran felices, sin embargo. Daban albergue a otros tan desplazados como ellos: hospedaban a piojos y pulgas.

Ese día, insulso como otros, monótono como todos, un chispazo de genialidad se estrelló en la mirada de Juan. Tironeó los pelillos de su mentón. Frunció el ceño. Miró hacia un lado y otro, sus ojos vagaban buscando… Encontró un fragmento de ladrillo. «Servirá» —pensó. Afiló un extremo como si se tratase de un hacha y, en el asfalto despoblado de vehículos, escribió la ecuación que faltaba. El paso previo para desentrañar el esquivo tercer teorema de Fermat estaba resuelto. Rumió recuerdos. Cobró impulso y con letra desganada culminó la tarea. Controló cada instancia una a una.

Sonrió para sí con satisfacción mientras las primeras gotas comenzaban a caer. La lluvia lavó la improvisada pizarra. El secreto continuaba seguro. Podía buscar dónde dormir.

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