FLORES DE MARZO by Genoveva Rodea



Imagen tomada de Google

ORQUIDEA sonreía satisfecha. Después de un sinfín de infructuosas visitas a los más especializados almacenes de ropa de hogar, cuando comenzaba a aceptar que no encontraría un edredón lila a juego con las cortinas del dormitorio, la tarde anterior, en un pequeño comercio de barrio, lo vio. El corte perfecto, el tono exacto, el tejido buscado, como hecho por encargo. A Luis –su recién estrenado marido– le iba a encantar, lo sabía; al salir del trabajo irían juntos a comprarlo.

Jazmín contaba con los 2 dedos, una y otra vez. Tres meses, apenas una docena de semanas, y podría abrazar de nuevo a los suyos. Todavía le parecía mentira. Habían sido cinco años muy duros en los que más de una noche se durmió abrazado a la desesperanza. Pero gracias a una de esas personas “Hada madrina” que a veces se cruzan en nuestra vida, había logrado dejar atrás el estigma de la patera y la ilegalidad, y muy pronto visitaría su país con un futuro que ofrecer a la familia.   

Lirio cabeceaba meditabundo. El examen de cálculo de estructuras le coincidía con la prueba de natación y no podía dejar de pensar en la cita concertada con el profesor para exponerle el problema. ¿Qué pasaría si aquel hombre se negaba a cambiarle la fecha? La asignatura era importante, sí. Pero aquella prueba, ahora, justo cuando había alcanzado su mejor nivel físico, era la gran oportunidad. ¿Cómo perderla?

Narciso repasaba entusiasmado unos billetes de avión. Veinte años habían transcurrido desde que tomara la mano de Rosa para caminar juntos por la vida. Veinte años de lucha codo a codo, de sacrificio, de entrega generosa. Había llegado el momento de mirarse de nuevo a los ojos, dejar atrás trabajo y obligaciones, cuidarse mutuamente, y vivir por fin esa luna de miel por tanto tiempo pospuesta. Esa noche, durante la cena –quizás en los postres– le daría la sorpresa.

Gladiolo sonreía mientras acariciaba con mimo la bolsa de plástico que reposaba sobre sus piernas. Estaba imaginando la carita de su hijo al abrirla y encontrarse esa pelota firmada por su equipo favorito. Saltaría de alegría, se colgaría de su cuello y se la mostraría a todos los amiguitos en la puerta del colegio, seguro. Le hubiera encantado poder invitarlo después a comer una de esas hamburguesas que tanto le gustaban y llevárselo a dormir con él, pero ni siquiera lo intentó. Sabía que su madre era muy estricta con el régimen de visitas y no aceptaría excepciones. Esos planes tendrían que esperar al fin de semana. 

 Madreselva no sonreía, ni pensaba, ni soñaba. Limpiar en casas durante el día y servir en un bar cinco noches a la semana apenas de dejaba energías para mantenerse despierta. Estaba exhausta –antes incluso de comenzar las jornadas– y lo único que le insuflaba algo de fuerza era fantasear con la predicción de una pitonisa de “a la voluntad” sobre su futuro laboral. Con la primavera, según aquella gitana, su suerte cambiaría y comenzaría a trabajar para una empresa seria; a jornada completa y con alta en la seguridad social. 

Margarita apretaba fuerte el bolso contra su pecho. Acababa de jugar tres columnas al Euromillón del viernes. «¡Ojalá!», gritaba su anhelo. No era fácil criar a un hijo sin padre. Pero esos brazos extendidos al llegar a casa compensaban cualquier esfuerzo y la hacían sentir la mujer más afortunada, pese a todas las dificultades. Esa misma mañana su niño le había asegurado que un día sería “médico de poner guapa”, para que ella no dejara de ser joven. «¡Qué ocurrencia!», murmuró orgullosa al recordarlo. 

Amapola leía por enésima vez el mensaje de buenos días de su chico. Sí, ahora era “su chico”. La noche anterior, ese hombre que conociera por casualidad en una perfumería un par de meses atrás, tras un medido flirteo, por fin la había besado. Lejos quedaban los sinsabores de su divorcio, la frustración, la desconfianza y la baja autoestima. Su tez brillaba con esa luz que solo ofrece el amor, con ilusión; y hubiera sobornado al dios del tiempo para que las horas que la separaban de él pasaran cuanto antes. 

Clavel esa mañana se resentía considerablemente de la artrosis. Todas sus células pedían a gritos permanecer en descanso. Aún así madrugó más que de costumbre y salió de casa dispuesto a cruzar la ciudad en todas las direcciones hasta encontrar ese libro de texto agotado en las librerías que su nieto necesitaba. Le había prometido conseguírselo y no le podía fallar. Cuando el sábado se lo entregara, ver la alegría en su carita borraría toda huella del esfuerzo. 

Pensamiento se entretenía tratando de adivinar la historia de ese ramillete de pequeños jazmines que reía a unos centímetros de él. Aquellas briznas enlazadas por el buen humor le estaban cargando de vitalidad y contagiándole ánimo suficiente para apartar de su mente el enfado provocado por la dichosa avería que le había obligado a cambiar el plan de la mañana. 

Hortensia bostezaba mientras acariciaba la abultada redondez de su vientre. Le tocaba la ecografía de las veinte semanas. Si no había problemas, en breves podría saber el sexo de su bebé. Estaba impaciente, además de feliz, y había salido de casa una hora antes de lo acostumbrado para comprar una caja de bombones con la que agradecer a la secretaria del ginecólogo haberle adelantado la cita. Después de la visita cometían con sus padres y sus suegros. Iba a ser un día cargado de emociones.

Todo un mundo de mundos exhalaba aroma de vida aquella mañana. Allí estaban todos comenzando el día, más o menos tristes, más o menos ilusionados, más o menos soñadores, o cansados, cuando –de repente– una tormenta volteó sus pétalos, una nube negra cubrió el jardín, y aquellas flores –y muchas más– volaron hacia lugares inciertos. Sin esperarlo, se alejaron violentamente de esos anhelos, preocupaciones y proyectos, inmediatos, futuros o vitales. Sin decidirlo, dejaron huecos desiertos de sus colores, su risa, su voz, su abrazo. Sin poder evitarlo, vieron cómo otras se quedaban, presentes; pero maltrechas y marcadas para siempre.  

Alguien lo había dispuesto así, sin derecho, sin conciencia, aquel 11 de marzo en que el mundo se vistió de luto y el cielo de Madrid… de flores.

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