COMPARTIMENTOS by Fer Alvarado

El sonido proveniente del armario llevaba días incomodándome. Era un repiqueteo constante. Como si una gota de agua intentara escapar de un grifo a medio abrir. Cada vez que entraba en mi cuarto comenzaba a sonar incansable para cesar en el instante en el que salía de la habitación.

Cansado de aquel martilleo, decidí abrir las puertas y conocer al causante de tal alboroto. No pude disimular mi sorpresa al encontrarme a mi monstruo interior agazapado en un rincón del armario. Estaba jugueteando con los botones de unas camisas como si fuera un felino falto de atención. Al verme, cesó sus actividades y, mirándome con ojos vidriosos, habló:

—¿Sabes cuánto tiempo llevo aquí encerrado?

—No el suficiente —contesté  —. Creí que habías desaparecido de mi vida y mírate. Aquí sigues sin haber cambiado un ápice. Tan miedoso e inseguro cómo siempre.

—Tú tampoco has cambiado. Vas por ahí pensando que superas tus inseguridades y, a la mínima duda que te surge, la sacas de tu cabeza y la enjaulas. Somos tantos aquí que pronto tendrás que ampliar tu guardarropa.

Harto de escucharle hablar saqué un láser que guardaba en el bolsillo y lo apunté contra la pared del armario. Él, poseído por su instinto infantil, detuvo su discurso e intento cazar aquel halo de luz. Aproveché el momento para cerrar las puertas, quitar la llave y lanzarla por la ventana. Acababa de perder un puñado de camisas y algún que otro pantalón que aún sostenía mi creciente barriga pero también me quitaba de en medio a mis monstruos por un tiempo. Puestos en una balanza merecía totalmente la pena.

—Esta no es la solución —comenzó a gritar el ser que había vuelto a encerrar —. Tarde o temprano tendrás que aceptarnos. ¡Acéptanos!

Salí de mi habitación a toda prisa dejando el eco de un portazo vibrando en el aire. Tras de mí las palabras de mi monstruo me perseguían. «Acéptanos, acéptanos»; bajé las escaleras de tres en tres en dirección a la cocina. «Acéptanos, acéptanos»; aumenté la velocidad intentando dejarlas atrás, abrí un cajón y saqué un bote de aspirinas. «Acéptanos, acéptanos»; llené un vaso de agua e ingerí tres píldoras de un trago. Noté como se apilaban a la entrada de mi garganta e incrementé la cantidad de agua consiguiendo así que desfilaran dócilmente en dirección a mi estómago. Lass palabras comenzaron a adormecerse gracias al efecto de las pastillas. Así logré sacarlas de mi mente aposentándolas en la palma de mi mano. No eran tan grandes como el monstruo de mi armario. Parecían pequeñas e indefensas pero eran ruidosas como ellas solas. En la piel tenían escrito su nombre: «remordimientos». Comencé a pasear por casa buscando un lugar para encerrarlas pero me di cuenta de que apenas me quedaba sitio. En la nevera había un enorme candado con «ansiedad» aislada dentro. La televisión estaba descolgada dentro de su caja con «soledad» haciéndole compañía y los espejos de casa estaban cubiertos cada uno con una manta y un «complejo» distinto atado en su interior.

Miré hacia mi mano. Los remordimientos estaban aumentando de tamaño por segundos pero no tenía un lugar seguro en el que silenciarlos. Empezaban a cubrir mis dedos y mi muñeca así que hice lo único que se me ocurrió: abrí la ventana y los lancé a la calle. No pude cometer mayor error. Crecieron, se multiplicaron al tocar el aire y rodearon la casa esperando mi salida.

Llevo días sin ir a ninguna parte temeroso de que ellos me aborden; no tengo ropa que ponerme ya que mi armario está cerrado; sufro al entrar al baño por si un espejo se desprende y aunque el hambre me consuma no quiero enfrentarme a lo que he escondido en la nevera.

No me ha quedado más remedio que encerrarme en el cuarto de invitados pero, aún así,  las voces no cesan. Me tapo los oídos e intento no escucharlas pero me han rodeado por completo.

—Te queda algo por expulsar —me susurran a través de las paredes —. Saca de ti a «orgullo» y todos  los demás tendremos hueco.

No, todo menos eso. Es el único que no me hace pensar ni plantearme nada. Ni me fuerza ni me contradice. ¿Cómo voy a apartar de mi vida a alguien así?

Acabo de escuchar ceder la puerta del armario. Creo que mi monstruo ha escapado y está liberando al resto.

—No los escuches. Tú llevas toda la razón. Ellos ni siquiera te conocen cómo van a saber lo que necesitas—. «Orgullo» me habla. Solo dice frases cortas pero son las que quiero oír.

En el exterior siento pisadas ascendiendo por la escalera. Se acercan a la puerta y la golpean con fuerza. No sé cuánto tiempo aguantará pero, aunque la traspasen, no pienso darles cabida en mi vida. 

Los goznes ceden y la habitación se llena de sentimientos que intento esquivar. Cierro los ojos y me lleno de orgullo.  No pienso mirarlos. Para mí nunca han estado ahí. Lo mejor será que duerma y los olvide; que me sumerja en sueños que esquiven lo que me rodea. Consigo abrazarme al subconsciente y empiezo a caer en sus proposiciones oníricas. Me deslizo por sus pendientes y llego hasta donde quería llegar: a tierra de nadie. Estoy dormido pero no sueño. He sacado tanto de mí que ni siquiera soy capaz de hacerlo. A mi espalda noto como algo me ha seguido por la pendiente. Me doy la vuelta y lo miro: es una piedra. En seguida cae otra más; la avalancha cesa un momento y se desprenden varias. Pronto estalla una tormenta de rocas que, al caer a mi alrededor, se apilan unas junto a otras formando palabras que llevo tiempo intentando no escuchar pero, en ese momento, aislado en mi propios pensamientos, no tengo más remedio que leer:

«ACÉPTANOS, ACÉPTATE, ACÉPTANOS, ACÉPTATE».

https://humanosinvisibles.wordpress.com/

Imagen de Behance.net

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