EL VELATORIO by José Carlos Pena

Ilustración del Libro Nos de Castelao

La aldea se estremeció con el sonido de la campana. Era una campana pequeña albergada en un reducido vano de la espadaña a modo de campanil sobre la modesta la iglesia. No había párroco exclusivo, así que venía un cura que atendía a varias parroquias. Por eso, salvo en las fiestas, el toque de campana sólo anunciaba desgracias. Así que esperaron inquietos al siguiente tañido y se tranquilizaron comprobando, por el sonido sordo y cadencioso, que “tocaba a muerto”.

En la última semana Don Gregorio había venido a ponerle la extremaunción y los vecinos murmuraban “é para calquer momento”.

La parroquia de Santa Cruz de Serén tenía algunas casas dispersas y un núcleo de no más de 10 viviendas, así que todos se conocían muy bien. Aunque no estaba muy lejos de la capital el viaje en coche de línea llevaba una hora larga y además la parada más próxima estaba a más de cuatro kilómetros, que había que hacer a pie por la tortuosa “corredoira”. Eso la convertía en casi remota.

La iglesia era de planta rectangular de no más de 10 por 6 metros y orientada de Este a Oeste, con cementerio anexo. No distaba más de 50 metros de nuestra casa, la casa del abuelo, donde pasaba mis veranos de infancia. Por el ventanuco de una de las habitaciones del piso de arriba, sobre la cuadra de las vacas, se podían ver las cruces de algunos panteones y en uno de ellos estaba grabado el nombre de la abuela.

Era agosto tardío y el sol se ponía cada vez más pronto indicando que mis vacaciones llegaban a su fin. Cuando el abuelo llegó del lagar de la cera, que estaba enfrente, el sol se había ocultado totalmente y el candil ya alumbraba en la cocina, donde mis tías se afanaban con la cena. El fuego se hacía en la lareira, sobre una losa de piedra, y encima se ponían las trébedes de hierro. En la parte superior el humo salía por una enorme chimenea de paredes ennegrecidas a modo de campana extractora. Cuando se cocinaba se apartaba una enorme olla de cobre que pendía de una gruesa cadena de hierro sujeta a un madero vertical y que giraba sobre un gozne. Allí iban a parar todo tipo de sobras de la huerta que se cocían a fuego lento y que constituía la comida de los cerdos. Ello daba un olor especial a la pieza.

En mi niñez imaginaba que así debían ser las calderas de Pedro Botero, donde se cocían las almas de los condenados, como decía mi otro abuelo, el “castellano”.

A un lado del lar había un “poleiro”, banco de madera con una rejilla debajo del asiento, donde se ponían a las gallinas a “guarar”. En el lado opuesto había todo un frente de madera que separaba la cocina de la cuadra de las vacas. En parte estaba aprovechado como alacena y, además del vasal y unas puertas en la parte inferior para la vajilla. También había una curiosa mesa vertical de dos patas unidas al tablero por sendas , que cuando se soltaba se posaban sobre el suelo quedando el otro lado fijo en dicho frente. En la parte más distante de la lumbre había una portezuela, que yo siempre deseaba abrir para tocar la testuz de las vacas, cosa que nos encantaba tanto a mí como a la “Marela”, mi vaca preferida.

Después de cenar llegó Atilano, un mozo de veinteañero, que solía venir por casa y que iba de feria en feria comprando y vendiendo ganado. En la aldea había propietarios y “caseros” que eran los que trabajaban las tierras de aquellos a los que se daba casa y se dejaba cultivar para su familia alguna huerta o leiro y una vaca. Todo ello en pago por las tareas del campo que el abuelo no hacía porque su negocio era la cerería. Atilano, aunque no trabajaba en la casa, acompañaba al abuelo a las ferias, donde vendía la artesanía de cera (velas, hachones y exvotos). Aquel me protegía cuando las discusiones con mi primo iban a más y le decía “o neno é moito mais pequeno ca ti” en realidad mi primo Ricardo sólo me llevaba dos años, pero vivía en la aldea con mi abuelo y mis tías y “se las sabía todas”. Para Atilano yo era, y sigo siendo, “meu neniño”.

Aquella noche no se formó la habitual tertulia alrededor de la lumbre, a cuya luz y calor se contaban historias de meigas y de la santa compaña, que me provocaban una especie de frío helador recorriendo mi espalda, para regocijo de mi primo.

Si el abuelo había bebido un poco, se mostraba alegre y dicharachero y hacía chanzas a los presentes y en especial a la prima Amparo, que también se venía. Amparo era una mujer joven, poco agraciada, con una importante disminución psíquica y de la que el abuelo era tutor, porque se había quedado muy pronto sin familia. Yo apenas la entendía por su forma de hablar y por utilizar un gallego muy cerrado.

Así pues, una vez recogida la cocina nos dispusimos a salir todos. Yo estaba encantado ¡qué aventura salir de noche, me iba a librar de los relatos de miedo!

El abuelo cogió de la mano a Ricardo y a mi Atilano me subió a sus hombros. Me sentí tan alto que imaginé que mi porteador era un gigante. El tiempo me demostró que Atilano era más bien bajito y enjuto, pero lo relativo de nuestro tamaño hace que muchas de las cosas y personas de la niñez parezcan mucho más grandes de lo real y esto me sigue sorprendiendo, aún hoy, cuando vuelvo a los lugares que frecuentaba en la infancia. Salimos a la calle, que aquella noche estaba especialmente oscura, sólo alumbrada por los candiles que portaban mis tías y que destacaban de forma desproporcionada las sombras. Pasamos por enfrente del hórreo de la familia, que parecía cobrar vida y liberarse de sus soportes. Todo era mágico, misterioso, y yo me agarraba con fuerza a la cabeza de Atilano. Al fondo una puerta abierta arrojaba un poco de luz sobre las losas de la calle. Parecía que todos nos dirigíamos allí. Algunos vecinos que nos precedían entraron dejando al exterior unas efímeras e inquietantes sombras. Un rumor quedo de voces salía de aquella casa.

Entramos y mis parientes musitaron unas palabras a la persona que les franqueó el paso y que yo no comprendí.

Ahora ya dudaba que la excursión me fuera a gustar. Mi improvisada y protectora “montura” entró al zaguán. Al igual que en nuestra casa, un estrecho y corto pasillo conducía a la cocina y muy cerca del lar, en el extremo izquierdo, arrancaba una escalera de piedra que daba al piso superior. La disposición me era familiar porque por la de mi casa, alguna vez había caído rodando. Por mi altura, sumada a la de Atilano, iba viendo escalón a escalón lo que nos esperaba en aquella estancia. Pronto pude ver un grupo de mujeres sentadas en semicírculo y otro exterior de hombres con la boina entre las manos. Del centro salía una extraña luz. Las mujeres hablaban en voz baja mientras ellos permanecían de pie y callados.

Pero aún no podía saber de qué se trataba todo aquello. De pronto desde mi posición observé un rectángulo blanco en el suelo con un hachón de cera del abuelo en cada esquina y en el centro… mi voz se quebró cuando iba a preguntar – ¿qué hay ahí?

Encima de una sábana blanca yacía una persona del color de la misma cera, con un pañuelo rodeando la cabeza desde la mandíbula hasta el frontal, sendas monedas le habían colocado sobre los ojos. Su nariz macilenta sobresalía significativamente. La luz de las velas se agitaba cada vez que abrían la puerta proyectando la sombra del muerto, que se movía y parecía desplazarse por el suelo y la cercana pared. No sé cuánto tiempo estuvimos allí, pero a mí me pareció una eternidad. Mi cara debió mostrar tal espanto que alguien sugirió a Atilano me sacara de la estancia.

De vuelta a casa veía la sombra del muerto que nos seguía reptando por cada pared.

Aquella noche me desperté varias veces gritando y agarrado a mi abuelo.

José Carlos Pena, verano del 55.

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