El espejo by Javier Sánchez

Ese ruido, ese viento, ese… algo que te altera, te enerva.

Tengo un sueño liviano, pero aquella noche, no sé, me fui a dormir sobre las dos de la mañana, estaba nervioso, pero no nervioso de no poder estar sentado, estaba intranquilo, ansioso.

Era una noche poco pacífica, poca apacible, los árboles se tocaban los unos con los otros, como si hablaran en un lenguaje de gestos. El sonido de las hojas y el viento, ese viento extraño, no era un viento que admites, que entiendas, hace viento y ya está.

No, era un viento anormal, movido por algo que no parecía normal.

El tintineo de la ventana moviéndose, los sonidos de los resquicios de la ventana, que le otorgaban vida. Era patrimonio del insomnio. Pero sin darme cuenta caí en el sueño.

En un parpadeo, me despertó un clinc de cristal roto, asustado me incorporé, hacia frío, demasiado, frío, me sentí realmente incómodo, miré a la ventana, el cristal estaba intacto.
Miré el reloj, eran las 3.03 de la madrugada, solo había dormido casi una hora, de pronto sentí como un cristal roza con otro cristal, me giré y era el espejo que me llevé de casa de mi abuelo, saltaban minúsculas esquirlas mientras el cristal se movía.

Y una profunda y lejana voz se quejaba y lloraba, desde lo mas profundo del sonido. Una figura oscura se dibujaba en el espejo, era como un busto, tapándose la cara con las manos, el sonido del llanto, de la queja se seguía oyendo en los más profundo de mi cabeza.

En un momento sentí la presencia, mi cama se movió, como su alguien se sentará en una esquina. Algo oscuro me envolvió como una sabana negra.
El pánico se apoderó de mí y grite. Grite de horror….

Abrí los ojos y ya era de día, la luz del sol entraba por la ventana implacablemente, me giré para que me arropara aquella luz, estaba frío y sudado. Todavía angustiado.

Me calmé poco a poco, recostado de nuevo, y mirando al techo. Giré la cabeza hacia el armario, allí estaba la grieta en el espejo, con rebordes oscuros y la puerta entreabierta.
De pronto se abrió completamente, mi corazón se disparó y me paralicé, allí aparecieron mis camisas, chaquetas y pantalones.

Me volví a recostar y cerré los ojos. Murmurando, nada.

Las tres de la mañana es lo que tiene.

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