LOS SONIDOS DEL SILENCIO by Felicitas Rebaque

Imagen tomada de Pinterest

Tomás conducía deprisa. Sus manos abandonadas en el volante y sus pies en los pedales, ejecutaban movimientos aprendidos por pura inercia. Un par de coches al cruzarse con él, hicieron sonar el claxon. Él apenas oyó un pitido lejano. 

Al vaciarse en aquella habitación, tras las palabras escaparon los pensamientos, y  en ese momento su mente era un lugar hueco y oscuro, como un viejo baúl sin recuerdos. Al salir de una curva, algo cruzó la carretera: «¿Un raposo, una liebre? De dónde demonios había salido». Giró bruscamente el volante para evitar el choque y a punto estuvo de acabar en las tierras colindantes. Aminoró la marcha. Le temblaron las piernas al percatarse de que no llevaba las luces encendidas. Frenó despacio y paró al borde del arcén. Al bajarse del coche, el frío febrero le sacudió. 

La noche estaba quieta. A sus pies, un campo de trigo que apenas verdeaba, dormía; más allá, un grupo de pinos, y al otro lado de la carretera un viñedo trepaba por un pequeño cerro y se extendía en la lejanía. 

La tierra dormía, el cielo dormía. Sólo la luna velaba haciendo que la noche fuera muy clara.  Se agachó, cogió un puñado de tierra y la retuvo en sus manos.  Entonces, como cuando se abre una compuerta de agua retenida, su mente se llenó de golpe y volvió a la realidad. Mientras sus pensamientos regresaban y le daban de nuevo identidad se mantuvo inmóvil un buen rato. Cuando notó dolor en las piernas se levantó, se apoyó en el coche, se sacudió las manos y las metió en los bolsillos del pantalón. En uno de ellos volvió a tropezarse con la carta de Juan. 

En esa carta, Juan se había liberado de la máscara que llevó puesta toda la vida. Llegó a la residencia de ancianos donde vivía Saturnino con la intención de leérsela, pero llegado el momento no pudo. Cómo decir a un padre que su hijo….

«…a estas alturas no puedo seguir fingiendo ser el hombre que nunca fui e inventar glorias y mentiras para tapar mis fracasos. Sé que nunca te engañé, ni a ti, ni a mi padre. Quizás a nadie, pero te agradezco que siempre me permitieras conservar un poco de dignidad y no evidenciar mis mentiras. El saldo de mi último negocio es de tres años de cárcel que no llegaré a cumplir porque la vida me juzgó, me sentenció y me ha condenado a muerte. Un cáncer de pulmón me está comiendo por dentro. Tus colegas me han dicho que aguantaré en este puto mundo de nueve a doce meses con tratamiento, y de tres a seis sin él.  Siempre fui un cobarde y ya no tengo ganas de luchar una batalla que de antemano tengo perdida. No tengo por qué ni por quien, así que adelantaré mi partida y acortaré mi sufrimiento, en realidad, ya estoy acabado y muerto…»

Tomás volvió a escuchar las palabras frías y asépticas del funcionario: una sobredosis. Levantó la cabeza y miró al cielo y, desde lo más profundo de su ser, vomitó su pregunta a la noche: «¿Por qué, por qué, por qué?» Le respondió el más absoluto silencio. 

La luna lucía con aura. Una noche de estrellas y de luna. Una de esas noches en la que se puede oír hablar a la tierra, al cielo, a la vida, a los muertos, pero…

—Tienes que aprender a escuchar lo que no tiene palabras —le explicaba su padre siendo apenas un muchacho, cuando en noches como esa, volvían del corral, de echar una vuelta al ganado. Le hacía detenerse en medio del campo y le preguntaba:

—¿Qué oyes?

Tomás se quedaba muy quieto e intentaba captar todos los sonidos que llegaban a sus oídos.

—El canto de los grillos y el balido de las ovejas.

—¿Qué más? — le insistía su padre. Tomás cerraba los ojos, y se concentraba.

—Oigo como mueve el aire las ramas de los arbustos y la hierba, y algunos ruidos en el suelo.

—¿Oyes algo más? 

Tomás se concentraba y se esforzaba, pero no escuchaba nada más;  ya  no era capaz de identificar ningún otro sonido a no ser …

—Oigo latir mi corazón

—Desde ahí es desde donde tienes que empezar a escuchar, detrás de los latidos de tu propio corazón, desde el silencio.  

¡Cuánto le gustaban esas charlas con su padre! Le hablaba como si fuera mayor y le hacía sentirse mayor.  

Al llegar a casa, se sentaban el uno frente al otro en la mesa de madera de la cocina que olía a jabón Lagarto y a lejía. Su madre les preparaba un gran tazón de leche caliente y, sonriente, les dejaba solos. Todavía podía sentir el calor de la cocina de carbón y leña que se mantenía encendida y el que desprendía la mirada de su padre mientras le hablaba.

—¿Y cómo se aprende a escuchar lo que no tiene palabras?

El padre de Tomás era un hombre sin estudios, pero muy leído, como se decía entonces. Un hombre silencioso. «Vives más para dentro que para fuera», le solía recriminar cariñosamente su mujer. Poseía una inteligencia y un saber natural. Su opinión era muy considerada en el pueblo, y en muchas ocasiones era consultado; más de una vez se vio mediando en conflictos de familias y vecinos.

Las luces de unos faros le dieron en la cara y el ruido de un motor le sobresaltó. Un vehículo se acercaba.  Tomás enfrascado en sus recuerdos ni se percató hasta que le tuvo casi encima. Se agachó. Sintió vergüenza de que alguien le viera, allí, a esas horas, sólo, en medio del campo, como si estuviera haciendo algo malo. El coche disminuyó la velocidad al pasar por su lado; cuando las luces traseras fueron dos pequeños puntos rojos, se levantó. Se sintió ridículo. «¿Pero ¿qué estás haciendo?», se preguntó. No supo que contestarse.

Hacía frío, se subió el cuello de la cazadora y comenzó a caminar. Al hilo de sus pasos volvió a sumirse en la quietud de la noche y en sus recuerdos. De nuevo regresó a la cocina de la casa familiar, a la estufa, a la gloria, a sus zapatillas calientes que su madre ponía sobre un ladrillo dentro el horno, al tazón de leche humeante, a su padre…

—Hijo, las cosas más importantes que debes conocer no las vas a encontrar en esos libros que estudias en la escuela. Lo que todo hombre tiene que saber, ya lo lleva escrito por dentro; nacemos con ello, nos lo han escrito, allá arriba. 

Y con una de sus manos morenas y gastadas, señalaba al alto; la sombra de esa mano se reflejaba en la pared y parecía traspasar el techo.

 » Cuando llegue el momento y estés maduro sabrás leerlo. Es el conocimiento de la vida y a ella se lo tendrás que devolver. 

— ¿Por qué lo tendré que devolver, si dices que es mío, que lo tengo yo? —preguntaba el niño, entre sorbo y sorbo de leche mientras que un pequeño bigote blanco le marcaba el labio superior. Su padre le miraba con unos ojos hondos y oscuros.  La expresión severa de su cara cuarteada se suavizaba ante las preguntas inocentes de su hijo. Respiraba profundamente y seguía con su lección…

—Porque no te pertenece, te ha sido regalado, prestado. Eso que tienes ahí, si dejas que salga —y le daba golpecitos el pecho con el dedo—, es lo que te hará ser un buen hombre. Mira, es como el trigo: lo sembramos dentro de la tierra, cuando está maduro lo recogemos, tú has venido conmigo a cosechar, ya lo conoces, y después, ¿qué hacemos?: una parte del grano nos la quedamos, otra la damos, y otra la guardamos para devolverla a la tierra. Así el próximo año tendremos otra cosecha.

Tomás escuchaba con tanta atención las palabras de su padre que las absorbía de sus labios sin apenas dejar que se posaran en el aire. 

» Mira la luna, su luz tampoco la pertenece, también es prestada, no es suya, pero ella la refleja. Sin embargo, sin esa luz, la luna no sería luna. Con el hombre pasa lo mismo, todo lo que recibimos es prestado, forma parte de nosotros, sin ello no seríamos hombres, pero debemos restituirlo a la vida, verterlo en los demás. 

—Y, ¿qué cosas son esas? ¿Por qué no me lo cuentas todo ya?

El padre sonreía, disfrutaba de la curiosidad de su hijo. ¡Tenía buena semilla! 

—Todo a su tiempo. Tendrás que tener paciencia, esperar a crecer y después, tú mismo las iras descubriendo —y le retiraba el flequillo de la frente en un gesto de cariño— Tu madre tiene que cortarte el pelo, te está comiendo la cara. Así no podrás ver nada, ni lo de dentro, ni lo de fuera, —bromeaba.  

Tomás miraba embobado como la figura de su padre sentado frente a él se agrandaba y se hacía inmensa. Más tarde, a solas en su habitación, metido en la cama, dejaba las contraventanas abiertas para que la luz de la luna llenara su cuarto y se mantenía durante mucho tiempo despierto buscando eso que llevaba por dentro, e intentado comprender. Hasta muchos años más tarde no terminó de alcanzar totalmente el significado de las palabras de su padre, pero fue tras esas charlas cuando decidió ser médico. 

Los recuerdos se desvanecieron y Tomás se detuvo; volvió la cabeza hacia atrás, se había alejado demasiado. Hacía un frío del carajo y su cazadora era insuficiente. Dio la vuelta y comenzó a regresar.  Un grajo pasó volando y su graznido chirrió la noche. 

«¿Y cuándo te olvidaste de todo? ¿En qué momento te perdiste y arrinconaste las palabras y los consejos de tu padre, lo que tanto tiempo llevaste asumido, despierto y vivo?». Tomás no pudo encontrar respuesta. Quizás cuando hizo de su trabajo y de su profesión el centro y la razón de su vida en un pecado de infinita soberbia, para demostrar a su padre y a todos que era el mejor.  Para ello, no escatimó ningún esfuerzo. 

Fue duro estudiar y mantener las becas, año tras año, para así sacrificar lo menos posible a sus padres, bastante hacían con mantenerle en la ciudad. Se tuvo que privar de muchas cosas, pero estaba contento. Acabó la carrera: sobresaliente cum laudem y en ese momento todo quedó compensado. Después se volcó en su profesión. No había nada más importante: ni familia, ni esposa, ni padres, ni amigos… Por entonces, era sólo un médico, un buen médico, pero… ¿y el hombre, la persona?, dónde quedó…Se perdió dentro de la bata blanca. Sólo pensabas en ascender, en escalar puestos lo más rápido posible:  adjunto, jefe de sección, de servicio, jefe de departamento, ahí estaba….Se pasaba  el día en el hospital,  y cuando regresaba a casa estaba tan cansado que apenas cruzabas unos saludos con su mujer. Las noches en las que la conversación se alargaba, era para hablarle de sus proyectos, sus inquietudes ¿Y los suyos?  Quizás, en ese momento empezó a perderla y  ni si quiera se dio  cuenta. ¿No fue por esa época cuando ella se enteró que no podría tener hijos? Después le necesitó su padre, y tampoco se enteró, hasta que murió.  Cuando abrió los ojos fue para horrorizarse y venirse abajo. Entonces se puso la venda de la flagelación y el remordimiento y ya no vio nada más. Luego, ocurrió lo otro: varón de 46 años, fumador, un caso claro de neumonía. Su diagnóstico fue rotundo, nadie osó a ponerlo en duda. Sin embargo,al mes, su paciente muriera por un cáncer de pulmón. 

Tomás llegó al coche tiritando. Le dolía el pecho. Una angustia helada le hacía castañear los dientes. Estos últimos recuerdos los tenía pegados a la piel y quemaban como hielo.  Se sintió triste y solo, tremendamente solo, y percibió aún con más crudeza su realidad. Echó de menos a alguien con quien compartir sus pensamientos, sus vivencias, una mano caliente en su espalda: ¿Paloma, Ana?, y lanzó una última pregunta a la noche: «¿Por qué tienen que pasar cosas terribles para que los hombres reaccionemos y volvamos hacer presente lo que nunca tuvimos que olvidar? ¿Por qué siempre lo hacemos cuando ya es demasiado tarde? 

«Nunca es demasiado tarde». 

Tomás se sobresaltó y se giró bruscamente. Estaba solo pero esas palabras le llegaron demasiado claras para que fueran producto de su imaginación. El pulso se le aceleró y una oleada de calor le subió desde el pecho a la cara haciendo desaparecer bruscamente el frío. «Tomás estás fatal, y eso que todavía no has bebido un trago, y ¡Dios, si no necesitaba en este momento una copa!»

La luna desapareció detrás de un grupo de nubes y la luz disminuyó.  Tomás quedó en la sombra y extrañamente, en la sombra, quedó liberado. La gran cadena de hierro que llevó, en los últimos diez años, enroscada al cuello se había soltado. Debía a su padre una explicación, una conversación que había obviado y pospuesto una y otra vez en esos diez años, dolía demasiado, pero en ese momento comprendió que era consigo mismo, con quien había estado en deuda, y esa tarde, esa noche, todo había quedado saldado. 

Las nubes, por fin, dejaron libre a la luna. Tomás se metió en el coche, ahora si que iría a tomar unas copas. Tenía algo por lo que brindar. 

Blog de la autora: https://felicitasrebaqueblog.wordpress.com

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. BlogTrujaman dice:

    Toda una vida en un relato. ¡Interesantes reflexiones! Magníficos retratos de los personajes! Me encantó, Felicitas. Un saludo.

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    1. Muchas gracias por tu visita y comentario. Un saludo

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