LOS TRES BEBEN Y BEBEN by Antonio Toribios

Imagen tomada de Google

Cuento de Navidad

Melchor y Gaspar se reunían a la salida del trabajo y se contaban cuentos. No jugaban al dominó dando tremendos golpes sobre el velador de mármol, como dando salida impetuosa a una virilidad en entredicho. Tampoco les gustaba el aburrido juego de los naipes por pareja, que practicaban los demás en tediosas tardes de carajillo y farias. Para más inri, ni a Gaspar ni a Melchor les gustaba el juego del balón, ese que solían echar por la tele los domingos y concitaba en los bares a un montón apretado de machos furibundos.

Melchor y Gaspar eran un poco especiales, eso ya lo ha deducido el lector en estas pocas líneas. Gaspar era un muchachote de la montaña, acostumbrado a cuidar vacas desde niño. Lejos del pueblo, casi siempre en el puerto, no adoptó las mañas del aluche que hacía furor entre los mozos, sobre todo a la salida de misa los domingos. Tampoco entendió nunca los extraños arabescos que la bola realizaba en el ancestral juego de los bolos, ni fue capaz de aprender el valor de sus interacciones con el miche, el cincón y el resto del castro. Gaspar subía al monte y leía. Rara costumbre en aquella época, y diría yo que aún en la nuestra. La culpa la tuvo don Jesús, un maestro preocupado por los valores del espíritu, que le dejaba libros de un poeta cabrero de hacía tiempo.

Melchor era un chico con gafas que salía poco a la calle. Los golfillos que pasaban todo el día fuera de casa lo zaherían con insultos y chanzas las pocas veces que bajaba, con lo que se acrecentaba su misantropía. Solo en su habitación leía, como consuelo, libros de Verne, de Dickens, de Galdós, que tenía en casa heredados de un tío lejano.

Melchor y Gaspar trabajaban ambos en la Renfe. Lo de muchachos había pasado ya a la historia, pues eran casi cuarentones, pero me he permitido la licencia de describirlos así porque el niño que fuimos sigue ahí en todo tiempo, incluso en el final, como una parte sustancial de lo que somos.

Gaspar y Melchor quedaban en el bar, como dijimos, tras sus trabajos en los trenes, y se contaban cuentos frente a un vaso de vino. Los demás seguían haciendo restallar las fichas sobre el mármol, o cantando triunfo alborozados, o bramando ante la jugada magistral de una manchita blanca que corría por la pantalla de la Philips, mejores no hay. Ya les habían dejado por imposible.

Lo de contarse cuentos no es así del todo. La verdad es que pensé que quedaba bien como comienzo. Lo que hacían en realidad nuestros amigos –un personaje se hace enseguida amigo nuestro, sobre todo en Navidad, como es el caso– era escribir relatos a dos manos, como tocan a cuatro los pianistas avezados. Les encontramos en la cantina de una estación cualquiera en un día tan señalado como el de Nochebuena. A veces ocurre esto en la vida sacrificada de los ferroviarios. Tenían que hacer tiempo, antes de pedir el bocadillo y el campano de vino que iban a consumir como cena ese día. Así es que cogieron su libreta y echaron a suertes quien empezaba.

Fue Gaspar el elegido por la suerte. Así es que tomó el bolígrafo y escribió varias líneas con su elegante caligrafía de aspirante a factor de segunda. Llegó a la décima y paró, y le pasó a Melchor la libreta. Se trataba de que este prosiguiera el relato, viendo solo las dos últimas líneas, pues las otras se tapaban oportunamente con un paquete de Celtas, una servilleta o lo que hubiera a mano.

Siguió, pues, Melchor con la historia tan levemente  sugerida y pasó de nuevo la vez a Gaspar. Entretanto bebían lentamente un vino peleón, saboreándolo como si de un cabernet-saovignon de buena añada se tratase.

Estuvieron así un buen rato, escribiendo sin pensar apenas y dando muestras de estarse divirtiendo. Luego, durante su solitaria cena compartida, lejos de sus familias y de la algarabía de otros compañeros más ruidosos, leerían el resultado y se sorprenderían de los frutos de su propia imaginación, como dos niños que se construyen sus juguetes con una simple cuerda y unas cajas.

Mientras ocurre todo esto, anda por las vías Baltasar. Baltasar es negro y de ello ejerce, en una época en que apenas había por aquí personas de color. Ejerce pues, ya que para todos es “el negro”, sin que nadie se haya interesado en preguntarle el nombre. Y es que es pobre y está solo. Baltasar no ha llegado en patera, como algún lector está ya suponiendo, pues en la época del relato ni siquiera se sabía lo que esto era. Baltasar había llegado hacía unos años para estudiar Veterinaria, procedente de una Guinea Ecuatorial que era aún colonia. Su familia era de clase acomodada y vino dispuesto a sacar un título universitario que le convertiría en persona de mérito en su tierra. Pero quiso el destino, o las malas compañías, o su mera mala cabeza, que se sumiera en el desenfreno de fiestas y jolgorios, que derrochara el dinero en el Siroco y que suspendiera como resultado todo el curso. Ante el desastre no supo reaccionar. La idea de volver a casa fracasado le resultaba insoportable, sobre todo con un padre severo que esperaba mucho de él. Se abandonó, acabó pidiendo por la calles y de ahí al alcoholismo y la locura hubo solo un pasito leve. Helo ahí ahora, caminando ebrio por las vías en una noche como esta, bajo esas ventanas iluminadas tras las que se intuye el calor y la alegría. Y ahí fuera, todo tan negro y ese frío que se mete por los huesos.

No se supo si fue o no intencionado, poco importa, tras varios años de negrura, esquivando los trenes de la noche. El caso es que apareció al día siguiente demediado el pobre Baltasar, que en realidad se llamaba Salvador Nguema.

El cuento de nuestros dos ferroviarios está ahora sobre la mesita en el cuarto que comparten. Tras la frugal cena estuvieron leyéndolo, y les proporcionó un buen rato de risas compartidas. Al final, como siempre hacían, le buscaron un título. Uno ponía el sujeto y el otro, sin mirar, el predicado. Resultó “Los tres beben y beben”, un extraño híbrido que les hizo pensar en quién era el tercero.  

La terrible verdad es que ninguno de ellos existe, pues son fruto de la imaginación de Salvador, que se cuenta cuentos a él mismo en esas noches negras en que está a punto de tirarse al tren.

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