UN REPORTERO, UNA ESPÍA, UN HOY by Genoveva Rodea

Imagen tomada de Pinterest

AQUELLA mujer te intrigaba; tan segura, tan enigmática. Te sorprendías ignorando las desdichas acaecidas a tu alrededor. Congelando cómo un autómata las imágenes en tu sofisticada cámara de reportero de guerra, con una única idea en la mente: procurar acercarte a ella.

            El destino te ofreció la solución aquella tarde. Al regresar, una voz quebradiza, el lamento de un hombre pedía auxilio. Sangraba. Olvidaste tu trabajo, tu cámara, los rollos de celuloide impresos que carecían de sentido ante aquella llamada. Y luchaste con denuedo con su corpulencia hasta acercarlo a un lugar donde socorrerlo. 

            Allí te preguntaron su nombre, lo ignorabas. Tampoco pretendías saberlo. Salvarlo del peligro era lo único que te importaba. Luego, olvidarías. Así habías de actuar en aquel mundo para no fundirte con él. Así lo habías hecho siempre, desde que aprendieras a blindarte del entorno. Sin embargo, esta vez, la vida te preparaba un requiebro. Aunque nunca lo habías visto, ese hombre se alojaba en tu hotel. Y, unos días más tarde, recibías una nota de agradecimiento con una invitación a compartir su mesa. La cogiste con cierto desagrado. No estabas de humor para relaciones sociales. Y, mucho menos, para entablar amistades dentro del hotel. Tanto tiempo en el conflicto comenzaba a pesarte, a hacer mella en tu carácter. Pensaste alguna excusa. Luego, decidiste aceptar, por mera cortesía.

            Los cinco componentes de una mesa de siete se levantaron al verte entrar. Saludos, agradecimientos y halagos a tu heroísmo, adornaron las presentaciones. Algo abochornado ante tanto elogio hacia tu persona, tomaste asiento entre un señor de aspecto algo ausente y una silla vacía. Entonces, ocurrió. Tu perspectiva de la noche cambió al oír una voz femenina a tu espalda disculpando su retraso. Era ella, la mujer de tus fantasías. Ese hombre que habías ayudado, sin fijarte apenas en su rostro, pertenecía a la misma agencia francesa a la que, supuestamente, ella prestaba sus servicios. Y, esa silla vacía a tu lado, era la suya.

            El alba te sorprendió pensando en ella. En la cena, en la actitud, en todo lo que habíais conversado. Esa mujer poseía un extraño poder sobre ti. Tan lejana y a la vez tan cercana. Tan posible y tan esquiva. Tan ahí… y tan inaccesible. Encerraba algún misterio ¿cuál? Lo ignorabas. Por necesidad o por reto, precisabas más.

            Flahsses, desastres y miserias, empaparon tu retina durante la difícil jornada. Al regresar, coincidiste con ella en el hall del hotel. Lo cierto es que durante días habías estudiado sus movimientos para propiciar un encuentro y, después de conocerla, tenías excusa para el saludo. Incluso, para invitarla a una copa de vino antes de la cena. Aceptó sin reparos y, de nuevo, os convertisteis en compañeros de mesa. 

            Esa noche erais un grupo numeroso. Componentes de la agencia, alguna personalidad interesante cuya presencia hubieras aprovechado en otro momento a favor de tu trabajo, y personas influyentes que, ante su presencia, se te revelaban de más. La mirabas actuar, desenvuelta, cortés, correcta. Olvidando su carácter reservado de anteriores ocasiones, sin descuidar esa invisible barrera que te impedía acceder más a ella. Pese a tu voluntad contraria, coqueteabas con el fantaseo y la imaginación. Si hubieras tenido quince años, hubieras deshojado margaritas declarándote enamorado de aquella estampa. Pero no, tú eras un hombre maduro, reflexivo. Todas las guerras, todo el mundo recorrido y las experiencias vividas te abocaban al realismo, a procurar pisar tierra y convencerte de que aquello era una simple atracción hacia lo desconocido, hacia el misterio. Aun así, te arrastraba.

            Fueron varias las cenas compartidas. Alguna, incluso, se convirtió en velada. Una cotidianidad con sabor a expectativa de descubrimiento que comenzaba a instalarse en tu vida y te gustaba. Ahora tenías un motivo para salir ahí fuera. Pero, sobre todo, tenías un motivo para regresar. 

Hasta ese día. 

Tras una tarde agitada, la noche se adivinaba complicada. Una alarma de peligro enmudeció el hotel mientras compartíais una copa. Se hizo el silencio y el aire comenzó a tornarse denso, enrarecido de tensión, de incertidumbre. Ahí, fuera, se estaba librando una batalla. Os mirasteis, sin hablar. Vuestros oídos se habían acostumbrado ya a los silbidos de balas y zumbidos de morteros. La extraña capacidad de supervivencia que posee la mente humana para no enloquecer ante situaciones tan extremas os protegía de sobresaltaros ante esos estruendos. Habíais aceptado esas misiones conscientes de su riesgo. Habíais aprendido a vivir con su sombra amenazante. Sin embargo, ahora, la alerta era inminente, no un supuesto contemplado en una clase de entrenamiento. Esa noche infernal podía ser la última. 

Las cosas se perciben distintas ante la posibilidad de la no existencia de un mañana. Todo es más fácil. Todo se vuelve menos complicado. Fluyen los temores, los deseos. Se derraman las palabras. Desaparece el pudor a delatarse, el recelo a equivocarse. Se olvida el miedo al mañana; porque ese mañana, quizás, no exista. No recuerdas cómo, ni recuerdas quién lo propuso. Ni siquiera si hubo tal proposición o, simplemente, avanzasteis los dos hacia el mismo fugaz y furtivo destino, refugiándoos a prisa en la intimidad de una alcoba sacudida por la metralla de un mundo y unos intereses.

Hoy, diez años más tarde, te ha parecido verla. Ocurrió esta mañana, en el balneario en el que te hospedas. Esperabas el ascensor y, al abrirse la puerta, una mujer de asombroso parecido te paralizó el pensamiento. Incluso, el movimiento. Fue un soplo. Una fracción de segundo, insignificante en el tiempo, intensa en el espacio de tu memoria. Desde entonces, la sensación persiste, los recuerdos se te pegan a la piel. Tumbado en la cama, evocas aquella noche. Las prisas, la cautela, el cierre de ventanas, las luces apagadas con premura, las consignas de silencio susurradas entre gestos, la complicidad del instinto de supervivencia. Y ese tropiezo en mitad de la habitación, ese instante congelado, decisivo. Cuando se aleja, se escurre… se detiene, piensa. Después, callada, clava en tus ojos una nueva mirada. Y comprendes. Ves esa boca esquiva, entreabierta, jugosa. Tan prohibida… y tan a punto de ser tuya.

Sus dedos resbalan y juguetean por tus labios sedientos. Quieres perpetuar el momento y, al mismo tiempo, necesitas beber de ella. Vuelve a atraerte contra su cuerpo. La sientes, toda. El dibujo de sus curvas se graba ardiente en tus poros. Su calor traspasa esa fina camisola que, medio abierta, te permite entrever el secreto de su escote. Te quema. Y percibes el aroma del suave perfume que, mezclado con su piel, se transforma en una poción de deseo incontenible.

¿Qué te ha dicho? No lo sabes., ¿qué importa ya? El susurro de esa voz insinuante se apodera de tus sentidos, resbala. Mientras su aliento, su boca, sus manos… se van apoderando de tu cuello, de tu pecho… de tu ser.

Tus dedos enredados en su pelo. De nuevo te susurra algo al oído con ese acento extranjero que te fascina. Vuestras cabezas giran, lentamente. Las mejillas sofocadas se rozan despacio, suaves. Hasta que vuestras bocas se encuentran, se apoderan una de otra. Oyes su respiración agitada, la tuya, las dos. Se mezclan y te confunden. Es una. Es el aire que gira al ritmo de vuestras miradas, de vuestras manos. Te apoderas de su cintura, loco por descubrir las playas de su piel, loco por nadar en el mar de sus secretos. Y ahora, son tus caricias y tus brazos los que dominan, los que la vencen; tu boca la que la explora. Tu piel se eriza al sentir cómo se contrae, cómo se abandona. E imaginas cien juegos con los que seguir volviéndola deliciosamente loca.

            El sol se cuela por la ventana entreabierta. La calma parece inquietante. Habéis sobrevivido tocando el cielo en mitad del más crudo infierno. Despiertas. Y, ahí está ella, a tu lado. Inmortalizarías ese rostro con tu cámara desoyendo sus deseos. Más no, desistes. Te inclinas. Duerme. Observas el movimiento pausado de su pecho. Deslizas suavemente el índice dibujando su figura, mimando esa piel aterciopelada y tersa. Abre los ojos, te mira… y se hace un silencio en que impera el lenguaje de las pupilas. Recuerdas esa mujer altiva e inaccesible de ayer, esa mujer que te observaba imponiendo fronteras. Sonríes por dentro: era un volcán escondido.

            Te sonríe. Con ese gesto contesta a tus pensamientos. La besas suavemente. Te perderías de nuevo en ella, mas el tiempo apremia. Ahí está la realidad, la oscura realidad aguardando ser apresada por tu objetivo. Una ducha y una dura e insegura jornada sin ella es tu futuro más inminente. Abres el grifo con su rostro todavía en tus retinas. 

Y, la cortina se abre. Entra.

El agua caliente comienza a resbalar sobre su cuerpo empapando ese camisón de raso color marfil, dejando en evidencia esas turgencias tan tuyas, trasparentando esa rosa tatuada en su pecho. El vapor del agua despeja el olor de su piel, su perfume mezclado con el aroma del deseo. Desliza sus manos enjabonadas por tu cuerpo… y olvidas que existe mundo más allá de su geografía. 

Al regresar aquella noche, acudiste al bar, a la hora concertada. Pediste dos copas de vino, convencido de su puntualidad. Pero su copa se burló de ti mientras esperabas, mientras consumías alcohol, consumiéndote por dentro, barajando hipótesis en tu incertidumbre. Dividido entre la preocupación y el enfado, al cabo de una hora, subiste a su habitación. Un nuevo inquilino te abrió la puerta, sorprendido. Se había instalado allí esa misma tarde y desconocía el destino de su antigua ocupante. Tampoco sus compañeros de la agencia pudieron darte razón de ella, no estaban informados de las nuevas misiones. La habían visto marcharse. Ya sabías que estaba vida. Ahora, se alejaba la preocupación y sólo te quedaba la rabia. Se había ido sin dejar tan siquiera una nota en recepción. Tras ingerir más de media botella de whisqui de malta, te retiraste. Más bien, te retiraron antes que de agredieras a un huésped que, según tú, te miraba desafiante. 

Hoy, de nuevo, todas esas sensaciones te vuelven a sacudir. Las olvidaste, las curaste. Pero regresan, cómo regresa el recuerdo del primer beso a lomos de las notas de una vieja canción. Regresan reales y sangrantes, mecidas con la misma incomprensión de entonces. Una nota, una simple nota en recepción, aun explicando el adiós, hubiera zanjado la historia. Le hubiera permitido descansar en el lecho del recuerdo sosegado. Acurrucarse en la memoria con la sonrisa del regalo de un día. Un motivo, un gesto hacia tu persona, hacia lo vivido, un final entendido, y ese encuentro de hace unos horas en el ascensor no te hubiera lanzado a los brazos de ese alcohol que, de nuevo, te adormece.

Y despiertas, la frente empapada en sudor frío. Desorientado, perdido entre el sueño y la realidad. La ventada entreabierta deja traspasar un hilo de luz. En el suelo, esparcidos, hay prendas de mujer. Lencería y unos zapatos de tacón de aguja que reconoces al instante.

Te incorporas, sin entender, y una melodía procedente del cuarto de baño canturreada en un idioma extranjero te sitúa por fin en tu tiempo. No eres 10 años más viejo, ni estás borracho de recuerdos en un balneario. Sino en la alcoba donde ella ha yacido en tus brazos tras vuestra segunda cita. Ese sueño, esa pesadilla, ha sido tan real… que mantienes la respiración agitada todavía unos momentos, mientras tu mente se libera de la desazón de ese futuro soñado.

            Sonríes satisfecho. No te dejó esperando en la barra. Está ahí contigo, alegre, risueña. Callas. No deseabas romper el silencio. La miras liberar su melena de una pequeña pinza. Vestirse con esas ropas sobrias, a la par que elegantes, que la convertirán en esa mujer de hierro tan alejada de la que esconde. Te acomodas y enciendes un cigarrillo. Exhalas el humo, relajado, tranquilo. Reflexionas, ¿Cuánto tiempo hace que no te sorprende esta sensación de bienestar?

Ajena al mundo de tus pensamientos, recoge su bolso, la grabadora y una pequeña arma que esconde en su liga. Se acerca. Y, con un gesto natural y espontáneo, te estampa un beso rápido. 

–Ciao, ciao –dice–. Hasta luego.

 “¿Hasta luego?”, piensas, casi en un sobresalto. Después de ese sueño, los «hasta luego» te parecen encubrir un adiós. El adiós con el que tú elucubraste anoche, cuando todas esas sensaciones que reconocías aptas de derivar en sentimientos profundos, te acobardaron. Cuando tu miedo al fracaso, a sentirte vulnerable, te sugirió escapar a tiempo.

Después de esa especie aviso onírico, precisas creer en un «hasta luego». Quizá una vez, quizá dos, sólo durante esta estancia, o por siempre. Recuerdas todas esas ocasiones en las que huiste de un reencuentro por escapar de un probable desengaño, en los que te prohibiste sentir para no volver a sufrir. Te das cuenta que en cada sueño matado sin empezar, dejaste algo de ti. Te prohibiste vivir.

            Es tarde. Fuera se oyen los ruidos de siempre, la sin razón. Cargas tu cámara, ese santuario donde congelar el dolor. Y sales, cerrando la puerta con una media sonrisa fruncida en los labios. Volverás. Volverás mientras exitista algo por lo que volver. Volverás si puedes, si un proyectil no te alcanza. Si no lees en algún periódico el hallazgo de un cuerpo de mujer, torturado y desfigurado, cuya única seña de identidad es una rosa tatuada en el pecho. Volverás, mientras esos deseos no se apaguen en ti, ni en ella. Mientras ese brillo extraño permanezca en vuestros ojos al miraros.

            Dejarás que sea el destino, y no tú, quien decida el desenlace. Volverás… para seguir estando vivo.

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