Inocencia perdida

by DANIEL PADILLA

Eran las tres de la madrugada y llovía. Decidí que aquella hora era propicia para posponer la patrulla por el centro del pueblo y conduje hasta detenerme en el arcén de uno de los accesos de la carretera interestatal que salía de la localidad. Ya sabes, con las ventanas arriba y el volumen de la radio al mínimo; reflexionando sobre el paso del tiempo y esas cuestiones con las que a los agentes de la ley nos gustaba fustigarnos a menudo.

Era noche cerrada, con el invierno a las puertas y un frío de mil demonios. Ya por el retrovisor vi que aquel Ford que se acercaba iba a una velocidad desmesurada que, además, debía de ser peligrosa por el estado del pavimento mojado. Incluso puedo afirmar que me despertó de mi letargo; así que no tuve más remedio que arrancar el coche, dar un aviso de seguimiento por la emisora y encender las luces para comenzar la hipotética persecución que, siendo sincero, no duró demasiado.

El Ford de color azul se detuvo minutos después de que le diera el alto mediante el abanico de luces que permanecían omnipresentes en lo alto de mi vehículo. Era de matrícula antigua, con alguna que otra abolladura mal reparada y tenía las ruedas desgastadas. Recuerdo que pensé que conocía al dueño de ese coche; es más, lo conocía todo el pueblo. Sin embargo, en su interior no estaba Robert, si no su mujer, Clara. Nada más ver su reflejo a través del retrovisor del conductor, supe que la mujer estaba en apuros.

32 años, sin un trabajo estable y con una criatura de 2 años bajo su custodia. Además, aquella madrugada también tenía una herida reseñable en su rostro y los ojos visiblemente hinchados de llorar. Aguardándome de la lluvia como pude, la saludé mientras bajaba la ventanilla. Conocía a aquella mujer de toda la vida. Debió perder su vitalidad justo en el momento que terminó el instituto y dedicaba sus horas en ganarse un dinero en el bar de Hartman, un tugurio repleto de borrachos al final de la calle Mayor. Por aquel entonces era bonita; había sido una buena deportista e incluso había pensado en ir a la universidad. Sin embargo, todos aquellos sueños quedaron en saco roto justo en el momento que conoció a aquel desgraciado. Había cambiado los rizos dorados y salvajes de su juventud por una permanente que comenzaba a motearse de plateado con demasiada celeridad.

-Clara. Es muy tarde para que circules tan rápido por esta carretera. Además, con la tormenta que está cayendo puede ser peligroso.

La verdad es que ella ni me miró. Supe de inmediato que sentía vergüenza de volver a verse en esa situación. Una situación que se repetía continuamente.

-Lo siento, Carlos. Reduciré la velocidad y volveré a casa.

Ella, intentando ocultar los moratones del rostro de una manera ingenua, se puso la mano en la cara y pude ver cómo sus uñas aún contenían rastros de sangre seca. Lo deduje como una clara señal de resistencia hacia algún tipo de agresión.

-Solo necesito volver a casa y dormir un poco.

Me giré y pedí respetuosamente a través de la emisora que ninguna patrulla se acercara hasta aquel punto de acceso al pueblo, que conmigo ya era suficiente. Ella pareció agradecérmelo con la mirada.

-¿Dónde está tu hijo, Clara?

-En casa, con su padre. No hace falta que te diga que hemos discutido, ¿verdad?

Reaccioné perdiendo la mirada en el vaivén de su parabrisas mientras la condenaba a continuar hablando. -No ha sido nada; las tonterías de siempre.

-Sabes que, por razones obvias, suelo tener poca paciencia con los maltratadores.

Negó con la cabeza y suspiró hondo. Parecía que aquella vez se había pasado de la raya.

-Tienes que detener esta situación. Porque si no, lo más probable es que alguien salga mal parado de todo esto. Y no creo que sea la primera vez que te lo digo.

Que alguien le reconociera aquello debió de ser la gota que colmaba el vaso, ya que comenzó a llorar de manera desconsolada y golpeó el volante con ambas manos en un par de ocasiones mientras la lluvia no dejaba de caer a mi alrededor. Era pura desesperación.

-Solo tú puedes detenerlo-negué con la cabeza-. Deja que te lleve a comisaría. Pondremos una denuncia y de esa manera nos ayudarás a que todo esto acabe.

Sin embargo, ella continuó renegando a los mil demonios mientras secaba sus lágrimas. Un característico olor a licor llegó hasta mi olfato, pero, quizá por razones morales, decidí obviarlo mientras ella giraba de nuevo la llave del contacto.

-¿Es todo agente? ¿Es todo lo que debía decirme?

Recuerdo que aquella pregunta me dolió, pero me la tomé con la confianza que sugiere una mujer que lucha contra sus propios demonios y se cree cercanos a vencerlos.

Cerré los ojos y asentí.

-Sí. Por favor, respeta las señales y vuelve a casa segura. Recuerda que tu hijo te espera.

Por aquel entonces, entendí que aquello era lo mejor que podía hacer para que fuera ella misma quien supiera marcar sus propios límites.

Habían pasado apenas dos semanas cuando, una noche, recibí la llamada de la central informando de un incidente en el número 34 de la calle Sotogrande. La residencia de Claudia, su hijo y su marido.  

A todas las patrullas disponibles, actuar con precaución. Los vecinos afirman haber oído disparos en el interior de la casa. Informan que han visto a una mujer corriendo por el jardín y a un hombre que la ha metido en casa a la fuerza y a punta de pistola.

El destino quiso que aquel domingo por la noche, yo fuera el agente más cercano a la posición. Asentí, informé de mi ubicación y aceleré hasta llegar a aquella calle que, a esas horas, parecía desierta.

Al salir del coche, me aseguré de que mi Glock estuviera cargada y quité el seguro antes de agarrarla por la empuñadura. No era la primera vez que entraba en acción, pero sabes que, en esas situaciones, todo detalle cuenta. Así que decidí adelantarme a los acontecimientos. Miré a mi alrededor y todavía no había llegado nadie. Sin embargo, tenía la irrefutable sensación de que aquella mujer estaba en peligro.

Todo parecía estar en calma; luces encendidas, ventanas cerradas. Al pisar el porche grité el nombre de la mujer mientras, con el arma empuñada, intentaba cubrirme bajo el amparo de la puerta de entrada. No obtuve respuesta, con lo que me dispuse a entrar. Sin embargo, el horror con el que me encontré al entrar en aquella casa no lo olvidaré durante mucho tiempo.

Nadie me abrió la puerta cuando llamé. Con lo cual, y atendiendo a una hipotética situación de emergencia, decidí romper la cerradura y plantarme en medio del salón.

Allí, Clara, con una ceja abierta después de haber recibido un golpe en otra disputa, me apuntaba con una vieja escopeta de caza a pocos metros de mi posición. Su marido permanecía sentado en el sofá con una cerveza en la mano mientras veía algo sin importancia en la televisión. Mi presencia apenas le produjo una ligera curiosidad. Se giró extrañado, oteó el salón y devolvió su atención al televisor. En una pequeña mesilla de madera había restos de droga por todas partes.

-¿Qué demonios haces aquí?

-Clara, hemos recibido una llamada de…

-¡Mentiras! Esa escoria que vive a nuestro alrededor nos envidia.

-Han oído disparos y te han visto corriendo por el jardín…

-¿Acaso ellos no discuten? Por el amor de dios, dejad ya de meteros en nuestras vidas. Sé cuidarme sola, o, ¿acaso no me crees? -señaló con su cabeza el arma que portaba mientras yo bajaba la mía. Debo reconocer que la mirada exaltada de aquella mujer me asustó.

-¿Dónde está el bebé?

-Lárgate de mi casa. No quiero volver a repetirlo. No tienes orden para entrar aquí.

Giré sobre mis pasos con una sensación de incomprensión absoluta y, solo cuando regresé al porche, volví a girarme al ver que se dirigía a mí.

-Tú perdiste a tu mujer por no saber nunca ponerte en tu lugar.  No llegaste a ser jamás un hombre de provecho como sí lo es el mío. Él nos da de comer gracias a su trabajo, nos cuida y nos respeta más de lo que tú crees. Por lo tanto, no vuelvas a venir más a esta casa para darnos lecciones de moral. Tú jamás entenderás lo que es el amor. Sal de mi casa y no vuelvas más.

Lo siguiente que escuché después del sonido de la puerta al cerrar, fue la voz del superintendente a través de la emisora.

¿Alguien ha llegado ya al punto de la emergencia? Por favor, ¡contestad!

Tras escuchar la pregunta en un par de ocasiones, asentí. ¿Quién era yo para dar lecciones de moral? Me preguntaba yo en aquellos fatídicos segundos que decidí tomar una determinación.

¿Qué ha ocurrido, agente? ¿Hay heridos? ¿Mandamos a la caballería?

Entonces, apagué la radio y me giré. Me aseguré de nuevo del estado de mi arma y deshice de nuevo mis pasos.

Si ahora mismo estoy aquí sentado frente a ustedes es por lo que hice al volver a entrar en aquella casa…

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