EN LO QUE DURA UN TANGO by Felicitas Rebaque

imagen tomada de Pinterest

Fragmento del relato «En lo que dura un tango» del libro La Libélula

El aroma que emanaba por el borde de la copa me aturdió. Música y vino, música y tango. Bebí, y el vino se deslizó suave por mi garganta. Lo paladeé al mismo tiempo que el ritmo sensual cimbreaba mi cuerpo. Bebí de nuevo… y el tango golpeó mi corazón.

—¿Bailas tango? —preguntó Raúl, de pronto.

—No. Solo sé dar algún paso. Es difícil bailarlo bien.

—No es verdad. El tango es intuitivo y palpitante. Solo hay que sentir la música y tener una pareja adecuada.

Abrió sus brazos, en una clara invitación, y preguntó:

—¿Te atreves?

Antes de que pudiera negarme, me quitó la copa de la mano y me sujetó por la cintura. Su contacto fue una sacudida. Bajé la cabeza para que no percibiera el calor que me encendía el rostro.

— Mírame —ordenó—. No te muevas de mis ojos.

¡Sus ojos! Dos pozos negros que me arrastraban a un abismo profundo. Ladeé la cara para evitar su atracción, pero Raúl elevó mi barbilla y encaró nuestras miradas.

7 Inmóvil, me quedé atrapada en la red de sus pestañas asomándome al borde del lago oscuro de sus pupilas. Sonrió de una manera tan seductora que me diluyó en la sonrisa.

—Eres muy bonita. Estás con un hombre que te admira. Permite que el tango saque lo mejor de ti, tu instinto de mujer. Rétame con tu cuerpo y no te resistas al mío. Solo déjate llevar. Percibe la música y disfruta del abrazo.

La voz aturdía aún más que el vino.

Su mano abierta sobre mi espalda me pegó a su pecho; la otra enlazó una de las mías. Me balanceó suavemente sin que los pies se movieran del suelo. Nuestros cuerpos jugaron con la música.

—Relájate —me dijo, mientras mordisqueaba el lóbulo de mi oreja.

Comenzó a bailar. Notaba la fuerza de sus músculos. Imposible relajarme sintiendo su respiración tan cerca. Estaba tensa, en alerta, como la paloma que sabe que terminará por caer en las garras del gavilán. Él percibió mi rigidez.

—No, así no. Afloja el cuerpo. Tienes que sentir el tango como algo vivo, un impulso al que no puedes sustraerte. Piensa que el tango es un amante. Abandónate y deja que te seduzca, que te penetre hasta que no distingas a tu pareja de baile, hasta que te fundas con él y con la música.

Se detuvo, aflojó el abrazo y me preguntó misterioso:

—¿Me permitirías hacer algo? ¿Confías en mí?

Era un extraño, pero un impulso irrefrenable me empujaba a seguirle hasta donde quisiera llevarme. Asentí.

En quien no confiaba era en mí.

Un pañuelo de seda negro salido de la nada apareció entre sus manos. Paloma negra que me rodeó con sus alas y me envolvió en las sombras. Raúl rasgo la oscuridad al susurrarme al oído: “Déjame bailarte ciega, solo siente”.

Loco! ¡Loco! ¡Loco! Como un acróbata demente saltaré, sobre el abismo de tu escote hasta sentir que enloquecí tu corazón de libertad… ¡Ya vas a ver!

8 Mi pulso se desbocó, y a duras penas pude controlar mi agitada respiración. Raúl me acopló a su cuerpo y comenzó a deslizarse con suavidad. Su esencia de hombre se ciñó a mi cintura derribando mis últimas defensas. Y me dejé llevar, embriagada por la cadencia, única y arrebatadora, del ahogante tango.

Llovía música, me empapaba… y a mí me gustaba mojarme.

En un nuevo giro Raúl me tomó de espaldas marcando un paso doble hacia delante. Elevó mis brazos sobre mi cabeza y pegó sus labios a mi cuello. Suavemente, deslizó sus manos hasta la abertura de mi blusa y las detuvo un momento en mis pechos, insinuando la caricia, para después descender hasta el borde de mis caderas.

Estaba excitada, exaltada. Mis sentidos se inundaron de una marea desbordante de sensaciones. La música ardiente se expandía en el aire como lluvia desesperada. Mi cuerpo la recogía en un prolongado suspiro abandonándose a unas manos expertas y ávidas; mariposas que aleteaban sobre mí componiendo un arpegio delirante.

En un instante lúcido advertí que me estaba perdiendo, que estaba al límite, al borde de un precipicio que nunca me imaginé fuera capaz de saltar. Pero al mismo tiempo me encontraba con una mujer desconocida, libre y sensual. Lo prohibido exacerbaba mi ansia, y una pasión incontrolable y nueva me lanzaba al abismo de los brazos de Raúl.

La melodía despertó mi sangre caliente y el deseo creció en cada volteo de mis pies y en el balanceo de mi talle. Me ahogaba. Las notas, lenguas ávidas, llegaron golosas hasta los recodos más íntimos de mi ser. Se detuvieron en mis pechos. Los pezones erectos las retuvieron antes de descender desbordadas por el interior de mis muslos.

Quereme así, piantao, piantao, piantao… Trepate a esta ternura de locos que hay en mí, ponete esta peluca de alondras, ¡y volá! ¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!

Era música ¡Música! La absorbía por cada poro de mi piel sin más vehículo que sus propias notas y el hombre que me bailaba.

9 Un quiebro y Raúl me inclinó suavemente hacia atrás. Dejé caer mi espalda. Lentamente elevé la pierna derecha y mi falda corrió a recogerse en mi cadera. La mano de Raúl dibujaba senderos desde el tobillo hasta mis nalgas.

Febril me aferré al cuerpo que se pegaba al mío. Lo sentía jadeante con el deseo enervado emergiendo de su vientre. Música, notas, dedos que buscaban rincones secretos en mi cuerpo que se abría rendido. Vaivén de caderas.

El tango avivó el fuego del volcán que se impacientaba en mi interior. Se detuvo en el cráter para después penetrar rítmico y suave. La lava me abrasaba y me llevó al espasmo que me elevó en un grito. Grito profundo de muerte y de vida con la música en danza en mis entrañas.

El último embate nos dejó exhaustos sobre una de las barricas. Nuestras bocas se desangraron en un largo beso. El tango también terminó exangüe en un prolongado lamento. Raúl me sostenía entre sus brazos. Yo no quería dejarlos.

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