ENCUENTRO EN LOS DESENCUENTROS by Genoveva Rodea

Ilustracion tomada de Pinterest

Sentía la tensión despeñarse al asomarme desde aquel mirador de carretera. A mi lado, Ángel, sonreía. Había vivido un invierno para olvidar y, al comentarle unas semanas antes mi necesidad de respirar ese agosto la suave brisa de mi Asturias paterna, le había faltado tiempo para organizarme un viaje sorpresa. Ángel se encontraba en esa fase en que mi deseo era ley y yo su reina indiscutible. Una corona conseguida tras un largo desencanto, al pronunciar las palabras mágicas: “Ahí te quedas”. El caballero solicitaba oportunidad de reconquista. Y ahí estábamos, de vacaciones. Escapada romántica para él. Un “ya veremos” para mí. Porque, de momento, su brazo ceñido a mi cintura y los susurros al oído, no lograban saltar el vasto foso custodiado por la decepción.

            Estaba ya despierta la noche cuando llegamos a la casa rural “con encanto” según la descripción de un guía turísticareservada en Villanueva de Pria. A pesar de la hora, tras instalar el equipaje en habitaciones separadas no tenía la menor intención de ponérselo fácil–, nos sirvieron la cena. Después nos obsequiaron, cómo detalle de bienvenida, con una botella de aguardiente de sidra casero. Una pócima cuyo efecto, aliado con la intimidad de un pequeño rincón de estar, detonó confesiones, me desnudó del hielo del pasado, y acabó grabando en las sábanas un cuento de hadas no apto para menores que, por la mañana, podía leerse sin dificultad en nuestras sonrisas bobas.

            Al cabo de una semana, el anecdotario de múltiples turistas incluía a dos pesados que pedían ser fotografiados pegados como lapas. Y la virgen de Covadonga, los lagos, las playas de Llanes, los duendes de la mitología asturiana y hasta los hórreos, miraban hacia otro lado, empalagados, aconsejando paciencia a los camareros abocados a presenciar nuestros eternos intercambios de gastronomía local. Días intensos y noches eternas condenados a convertirse en Historia una mañana de martes, por el timbre de una llamada inesperada.

            Lucía un sol espléndido y nos disponíamos a partir hacia una cala cuando ocurrió. Apoyada en el coche, los brazos cruzados sobre mi toalla, esperé que terminara la conversación. Intuyendo, por las réplicas, su contenido. Imaginando, por la experiencia, la conclusión. Al colgar, Ángel, incómodo, me explicó la situación. Ni siquiera emití protesta, no estaba dispuesta a perder el tiempo debatiendo de nuevo. Subí a mi habitación y comencé a preparar la maleta.

            Él me siguió.

            ¿Y qué hago? –repetía exasperado. Mordiendo mis pasos por la estancia. Solicitándome comprensión.

¿Qué tal un poco de autoridad? Respondía yo, sin mirarlo, con un cinismo herido. 

El autor de esa llamada, su hijo, le acababa de anunciar que se aburría con su madre y exigía –ese niño no sabía pedir– que fuera a buscarlo.

Daniel era una de realidad de doce años que, en un principio, había deseado con fuerza integrar en mi vida. Pero su conducta me había convertido en cliente asidua de librerías y foros de psicología infantil, para abocarme a una única explicación: que bajo su cabello figuraba la cifra “666”. Tanto era así que, alguna vez, pensé en flagelarme los instintos al sorprenderme elucubrando con la posibilidad de pagarle una carrera en Plutón que lo mantuviera alejado, al menos hasta los treinta. 

La responsabilidad de Ángel por haberse separado, por más que fuera de común acuerdo y sin otra culpa que la incompatibilidad, le paralizaba la idea de tomar cartas en el problema. Nos habíamos agotado de analizarlo antes de la ruptura. “Vais a crear un monstruo” le dije alguna vez. Asentía. Pero seguía consintiendo y consintiendo para compensar, como si nunca fuera el momento idóneo de zanjar los caprichos del niño. Ahora, de nuevo, estaba a punto de romper una de las promesas sagradas de nuestra reconciliación, cediendo un chantaje emocional que yo intuía demasiado bien hilado para proceder sólo la mente de alguien de doce años, por muy enrevesada que esta fuese.

Pegué un portazo y caminé sin fijar rumbo. Después de varios kilómetros y alguna torcedura de tobillo sin consecuencias –mis chancletas de goma no eran el calzado más adecuado para explorar aquel terreno–, llegué a una playita de difícil acceso. El cielo se había pintado con unas ligeras nubes, la arena no presentaba huellas y el sonido de las olas, jugando con los recovecos de las rocas, retumbaba en mi vacío. Me acerqué a la orilla. Sólo había gaviotas y un hombre practicando el nudismo. En un primer momento, ensimismada en mi enfado, no me di cuenta. Cuando lo hice, quise irme. Pero en ese momento me saludó y, no sabría definir cómo, la conversación se instaló entre nosotros. Tampoco sabría explicar porqué, acabé sentada a su lado y compartiendo un bocadillo. Aquel hombre, Ismael, de aspecto insignificante y apocado, poseía un algo indescriptible. Un poder carismático capaz de arrastrar, suavemente, a abrir los pensamientos más íntimos, a perderse en su filosofía.

No comente nada con Ángel, ni ofrecí excusa alguna a mi demora. Pese a sus protestas, no cené, y me acosté temprano con la contundente voz de Ismael asida al pensamiento. Al día siguiente regresé a la playa. No fue una decisión sino un impulso, más bien: una llamada. Lo encontré en el mismo lugar. Me esperaba. Lo confesó sin ningún pudor. No puede evitar cierto nerviosismo mientras me sentaba a su lado, sobre la arena. Tímida, cómo hacía mucho tiempo que había dejado de ser. Se dio cuenta, lo sé. Me ofreció un refresco. Y allí, escuchándolo, las horas volvieron a cambiar de dimensión. 

Ismael poseía una elocuencia inenarrable y su capacidad de impulsarme hacia convicciones jamás imaginadas me inspiraba un tenebroso, aunque agradable, vértigo. Analizar cómo lo hacíamos la estrecha barrera entre el bien y el mal, era arder en la contundencia de cada frase. Vibrar, tanteando la oscuridad, desde el mismo origen donde se funden los contrapuntos. 

Mañana seguimos me dijo cuando el sol bostezó.

No pudo ser. Ángel me retuvo con una larga declaración de intenciones que mi decisión de ruptura oyó sin escuchar y, al atardecer, sin ganas, partimos hacia nuestro próximo destino: Viavélez, envolviendo a Ismael en el resquemor de un adiós sin despedida.

Llovía. Con el alma henchida de finales pensé que el verano nos abandonaba. Realmente no me importaba. Sólo quería que el tiempo corriera y regresar a mi cotidianidad, sin Ángel, sin Daniel, sin su madre. Recuperar mi mundo en espacio sólo mío donde reconstruirme por dentro. Pero el tiempo no depende de la voluntad y ni las decisiones sólo de la razón. Y, el sol regresó, también la luz de las respuestas.

En honor a esos días, turbulentos, inestables, pero tan decisivos en mi presente, quise despedir el año en aquel lugar. Ángel aprobó la idea. Fue entonces, la víspera de Nochevieja, el momento en que Ismael regresó a mi vida. 

Daniel acababa de alabar mis insulsos macarrones con salsa de tomate cuando lo vi. Con su mirada enigmática, derrochando magnetismo, simplemente, sonreía. Ejercía su atracción incluso desde el otro lado de la pantalla del televisor donde un narrador anunciaba: “Detenido en Villanueva de Pria el líder de una secta satánica”

Lejos de estremecerme, sonreí; como si siempre lo hubiera sabido. Seguiría la noticia. Quizás incluso, lo visitara un día. Al fin y el cabo, pensé mirando de soslayo a Daniel, la astucia aprendida de Ismael en un par de tardes se me había revelado muy útil con mi pequeño diablo particular.

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