SIN WHISPERERS by Jorge Daza

Extracto de la novela Sin Whisperers, publicada por LXL Editorial.

Cuando salí del baño quedé extrañado. Eché un vistazo al libro que tenía en la mano, “La Divina Comedia”, de Dante, miré atrás un segundo y me paré a pensar: “Joder, juraría que vine para que me explicara el trabajo que me ofrecía… ¡y no tengo ni puta idea de qué tengo que hacer!”. Se me cruzó por la cabeza la idea de volver para preguntar un par de cosas, pero recordando aquella criatura del Averno preferí subir las escaleras y salir de allí. Enfilé el pasillo con la salida al fondo y aceleré el paso ansiando sentir el aire fresco.

—¡Eh, chaval! —oí una dulce voz de mujer a mi espalda. Juraría que tenía mi edad, así que no entendí a que venía lo de “chaval”. Me quedé quieto un instante pensando si sería a mí a quien se refería, sin embargo ni siquiera me digné a volver la vista atrás y proseguí —¡Anda! ¡¿Me ignora?! —pues al final iba a ser que sí, se refería a mí. La chica vino aprisa desde la barra y se puso justo delante de mí para cortarme el camino. Efectivamente era tan joven como yo. Joven y realmente hermosa. Ojos azules, piel blanca, cabello rubio y bien recogido en un moño dejando relucir sus brillantes pendientes. Es verdad eso de que no es oro todo lo que reluce. Aquella chica era increíblemente guapa… pero a su vez tenía una mirada asesina que te hacía temer por tu integridad física. No sé porqué se me cruzó por la mente la idea de que bien pudiera ser la hija del mismísimo Diablo —¿Quieres tomar algo? —me preguntó sin ablandar su semblante. Cómo poder negarse ante la tentadora oferta de una bella mujer. Pues vale, lo hice. Negué con la cabeza de lo asustado que estaba por su mirada furtiva. ¿Y quién podía resistirse a ser agarrado del brazo y arrastrado hacia la barra? 

—No me apetece nada, en serio, yo…

—Siéntate —me sentó ella misma en un taburete y pidió una copa al camarero.

—No, gracias. Realmente no me apetece nada —le dije al camarero.

—No es para ti —sesgó ella -, sino para mí. Bien, ¿cómo te llamas?

—Erm…. Josh —ella se sentó a mi lado y endulzó su expresión. Parecía más calmada.

—Josh. Curioso nombre. Yo me llamo Sara, encantada.

Yo sí que estaba encantado de verla, pero solo de verla, porque hablar con ella me ponía muy nervioso.

—Encantado —dije casi para mí. Miré hacia la salida y me amargó el hecho de que estaba demasiado lejos de mí.

—¿A qué te dedicas?

—Soy informático. Trabajo en una empresa de seguros.

Ella se echó a reír casi a carcajadas.

—Pues te queda que ni pintado —dijo.

—¿El qué?

—El puesto.

—¿El de informático? Estudié para ello.

—No digo ese. Me refiero al que te acaba de dar Luci.

Confieso que me sorprendió que ella conociera a Lucifer, pero caí en la cuenta de que me encontraba en el local que servía de enlace con el infierno. Sería de lo más normal que las gentes del lugar fueran demonios.

—¿Conoces a Lucifer?

—Claro que sí —bebió un poco de la copa que le sirvió el camarero.

—Entonces…. ¿eres… su hija?

Parece que mi pregunta no le sentó bien. Dio un golpe con el fondo del vaso sobre la barra y me dirigió otra de sus miradas que parecían decir “tan solo escoge el arma con la que quieres morir”.

—No —sentenció. — Trabajo para él. Al igual que tú. Se podría decir que tú y yo somos compañeros de trabajo —en ese momento se me vino el mundo encima. Trabajar con alguien con esos cambios bruscos de humor tenía que ser peligroso.

—Bueno, ¿y qué se supone que tenemos que hacer? La verdad es que aún no lo tengo claro.

—Verás, somos Susurradores. Lo único que tenemos que hacer es susurrar.

—Pues pedazo de estupidez, ¿no? 

—No te creas. ¿Tienes el libro?

—¿El que me ha dado? Sí, sí, aquí está —se lo entregué. Ella le echó un vistazo a la portada y luego al interior. Pasó un par de páginas y leyó un poco. Luego lo cerró y leyó el título en voz alta.

—Vaya, Luci sigue teniendo su peculiar sentido del humor. Realmente este libro consta de tres partes: Infierno, Purgatorio y Cielo. A ti sólo te ha dado el Infierno. Fijo que al estar ahí abajo te has quedado alucinado con lo que has visto. No conoces nada del Infierno, ¿verdad? —le di la razón con la cabeza. — Por eso te ha dado este libro, para que aprendas. Tienes suerte. No es tan humillante como un libro de autoayuda para mejorar las relaciones sociales.

Me eché a reír y ella me echó una simple mirada furiosa que me paró la carcajada en seco.

—Quiero decir que tienes razón. Lo mío no es tan humillante —intenté salir al paso.

—Volvamos al tema. ¿Luci te ha explicado las reglas? Me imagino que no. Típico de él. Siempre pasa de las reglas. Pero no te preocupes, están escritas en el libro —abrió el libro en la primera página y eché un vistazo. — Aquí, ¿las ves? —señaló una página completamente en blanco.

—Pues no. Ahí no veo nada. ¿Está escrito en tinta china?

—No, está escrito en el otro plano.

—¿Cómo?

—Vaya, ni siquiera te ha enseñado a pasar de plano. Cada vez es más dejado este Luci. Bien, hagamos una cosa. Concéntrate en ir hacia la puerta —no hacía falta que lo dijera dos veces. Me levanté e hice ademán de irme del local. Pero ella me agarró del hombro y me sentó a la fuerza. — Te he dicho que te concentres en ello, no que lo hicieras. Vuelve a intentarlo. 

Esta vez me concentré en ir allí. Me imaginé que me levantaba y caminaba hacia la puerta lentamente. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. No sé cómo lo conseguí, pero me concentré tanto que era como si realmente estuviera andando por el pasillo.

Estaba a pocos metros de la puerta. Había una pareja justo al lado de ella jugando a los dardos y el chico estaba situado en mi camino. Intenté bordearlo para empujar la puerta, pero justo cuando alargué la mano hacia ella Sara se puso en medio impidiéndomelo.

—¿A dónde te crees que vas?

—Yo, estoooo, oía una voz que me llamaba al otro lado de la puerta —reconozco que miento fatal. — Decía “Josh, Josh”Tan solo iba a ver qué quería. Puede ser importante.

—Sí, claro, ¿más importante aún que lo que tienes justo a tu espalda? 

Aquella pregunta me inquietó y para satisfacer la curiosidad hice lo que se esperaba que hiciera: me volví. Al hacerlo me vi a mí mismo y a Sara al fondo del local, en la barra. No me lo podía creer. Era yo mismo justo cuando me dijo que me concentrara. Y ella también estaba allí. Pero no podía ser. En realidad estábamos los dos al lado de la salida. Sentí miedo, inquietud, desconcierto y curiosidad. Y todo ello desembocó en un grito que dije así: “¡HOOOOOOOOOOSTIÁS! ¡¿Pero qué hago ahí?!”. Pese al hecho de que debido a la emoción grité tan fuerte que bien podían haberme oído los vecinos del edificio de enfrente nadie pareció percatarse. Todos seguían con sus quehaceres como si no hubieran oído nada. Es más, me sentí como si todo el mundo me ignorara. Como si en verdad yo no estuviera allí.

—Si quieres también te puedes poner a bailar una jota. Nadie sabe que estás aquí.

—¿Cómo es posible? ¿Qué ha pasado?

—Lo que ha pasado es que has hecho una proyección astral. Tu alma ha salido de tu cuerpo y se desplaza libremente por el entorno. Toda esta gente tiene su alma en el cuerpo y solo pueden ver lo terrenal. Es decir, que ahora mismo para toda esta gente tú y yo estamos allí, en la barra. Esos son nuestros cuerpos, nuestros yos terrenales.

—Joder, qué flipe. ¿Qué no? —cuando tienes el poder de estar en un sitio sin que nadie lo sepa se te pasa por la mente un sin fin de ideas que poder llevar a cabo. La inmensa mayoría de ellas me hacían esbozar una sonrisa tan amplia que mi boca parecía la de un buzón de correos.

—Eres un cerdo —sentenció Sara juzgándome por la expresión de mi rostro. — Ven aquí. Te enseñaré cómo tienes que hacer las cosas —se puso al lado de la chica que jugaba con su novio a los dardos. — Primero tienes que seleccionar a la víctima. Luego haces la proyección astral y te sitúas cerca de ella. Tienes que decirle cosas, incitarle a realizar lo que tú quieres que haga. Nuestras palabras en este plano son muy débiles, pero el subconsciente se percata e interpreta lo que dices como si realmente la persona lo estuviera pensando. Como si fuera una parte de su conciencia que le susurrara cosas. De ahí viene nuestro nombre.

—Comprensible.

—Mira y aprende —dijo ella mientras acercaba la boca a la oreja de la chica y le susurró algunas palabras. La chica miró a su pareja y se sonrojó. Apartaba la mirada y volvía a situarla sobre él una y otra vez, de forma compulsiva. Al final se acercó a su novio y sin mediar palabra le dio un ardiente beso en los labios. El chico respondió de la misma forma y los dos se fundieron en un apasionado abrazo. No tengo ni idea de qué diablos le dijo Sara, pero los efectos eran realmente sorprendentes. Una cosa les llevaba a otra y la pareja se iba acalorando más y más. Empezaban a dar un espectáculo que llamó poderosamente la atención de todo el local. Yo no iba a ser menos, y para colmo estaba en primera fila. Pero Sara no parecía tener el más mínimo interés, y desde luego quiso quitarme la curiosidad. — ¿Alguna vez has oído la expresión de “duele hasta en el alma”?

—Sí, sí —respondí sin siquiera enterarme de la pregunta. Yo seguía viendo aquella escena que se iba poniendo más interesante. Sin embargo Sara me dio un puñetazo en la boca del estómago que me dolió enormemente y me hizo recapacitar. Era mejor prestarle atención a ella. Nos dirigimos a la barra donde estaban nuestros cuerpos terrenales mientras el puertas del garito echaba a la acaramelada pareja a la calle por comportamiento indebido.

—Una vez hayas conseguido que la víctima haga lo que tú hayas sugerido tienes que coger el libro y apuntar el hecho en él. ¿Ves que tengo el mío abierto? —señaló la mano derecha de su yo terrenal. Su libro tenía las tapas cubiertas de piel negra y arrugada y las páginas eran de un rojo sangre con la textura de un pergamino antiguo. — Tienes que abrir el libro en el plano terrenal para poder escribir en el plano astral. Basta con poner una frase explicando un poco los hechos. Lo escribes con el dedo y ya está —mientras realizaba los trazos de las letras con el dedo índice las palabras iban apareciendo escritas en blanco sobre el papel. — Ahora mira tu libro. Lo dejé ahí abierto, encima de la barra.

—Ey, espera. Ese no es mi libro. Ese es como el tuyo. Tiene las páginas rojas.

—En el plano astral hay cosas que verás diferente. Los Libros del Pecado tienen aspectos distintos en los dos planos. ¿Ves ahora las instrucciones escritas en tu libro?

Me fijé más detenidamente. Había una página entera escrita con plata. Tenían pinta de normas o instrucciones de uso.

—Sí, las veo, ¿qué son?

—Las leyes que debes seguir para realizar este trabajo. Apréndetelas y tenlas siempre presente. Si rompes alguna tu contrato con Luci queda roto. Y las consecuencias no te van a gustar. Que no se te olvide tampoco apuntar en el libro cada vez que logres influenciar a alguien. Es la forma que se tiene de constatar y valorar tu trabajo para saldar tu deuda con el infierno.

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