Una luz no tan olvidada

by DANIEL PADILLA

Una isla emerge de las profundidades del Mediterráneo y queda varada en la superficie. Una investigación que acaba en tragedia y un descubrimiento que puede poner en tela de juicio la moralidad de nuestro futuro.

Esa fue la premisa que tuve en cuenta antes de comenzar a escribir La luz olvidada (Editorial Entre Libros, 2020). Fueron los primeros apuntes que tomé en una libreta que aún guardo en el cajón. Sin embargo, escribir una historia no es una tarea sencilla. No es algo aventurado el afirmar que conlleva una responsabilidad a la hora de explicar los diferentes hechos que la desarrollan. Una responsabilidad que al autor adquiere con uno mismo para ser capaz de exponer una idea para quien se atreva a abrazarla. Formar parte del día a día de las personas, aunque sea de manera efímera, puede llegar a aterrar.

Se tiene miedo al fracaso y a la incertidumbre. Más en los tiempos que nos rodean, donde un simple aleteo en la otra parte del mundo puede provocar una catástrofe en tu propio vecindario. Entiéndase la alegoría.

Soy de las personas que piensan que todo sucede por algún motivo, y el hecho de escribir La luz olvidada no fue para menos. Cualquier autor debe tener la capacidad necesaria para saber escoger entre las decenas de historias que pululan su mente antes de escribirlas. Pero a veces sucede que la propia historia te encuentra a ti.

Y eso fue lo que me llevó a documentarme a la hora de escribir esta historia. Sin duda, fueron muchas horas de lectura y de estudio que invertí para ser capaz de sintetizar una idea, un concepto, para de esa manera, poder introducirlo en una historia. Sin duda alguna, para mí, el resultado fue satisfactorio. Pero en cierta medida, me aterró.

Husmeando entre probabilidades futuras sobre clonación y nanotecnología me topé con varios conceptos que alteraron mi sueño durante algunas noches.

El ser humano siempre se ha caracterizado por ser pionero. Desde que, en los albores de la humanidad, el Homo habilis, nuestro más antiguo antecesor, salió de la frondosa jungla para alcanzar nuevos horizontes en las sabanas africanas, hasta que Yuri Gagarin se convirtió en el primer cosmonauta en abandonar nuestro planeta y viajar a las estrellas. El salto a través de los años asusta. La evolución ha marcado un camino del que difícilmente podremos desprendernos. Es imparable, indivisible. El estudio de la Historia confirma que el ser humano siempre ha sido capaz de levantarse ante las adversidades: hemos sido capaces de trazar nuevas rutas marinas, descubrir fronteras que han marcado nuestra trascendencia. Hemos creado dioses que han repartido esperanza y destrucción a partes iguales, culturas imperecederas que se alzaron con el poder para después fracasar víctimas de sus propios errores que no han dejado de repetirse siglo tras siglo… Hasta nuestros días.

Sin embargo, ahora parece que la lucha es entre nosotros. ¿Qué intereses nos mueven hacia la autodestrucción? Durante el siglo XX, el ser humano descubrió que tiene las herramientas suficientes para provocar su propia extinción. Y eso es la primera vez que ocurre en toda la historia de la humanidad. ¿Qué nos ha llevado a eso? El afán de poder, los intereses, la propia consciencia de ser capaces de todo…

Tengo la sensación de que el futuro puede ser abrumador. Para bien… Pero también para mal. Si de algo nos hemos dado cuenta estos dos últimos años, es de que formamos parte de una sociedad vulnerable. La globalización, para muchos, aquel invento capitalista del que todos formamos parte, tienes sus cosas buenas. Pero también cuenta con unos cimientos tan raquíticos como deficientes.

Sin embargo, hay que tener esperanza. Esperanza en nosotros mismos, ya no solo como personas, sino como especie. Estamos en un momento crítico en cuanto a ideología, pero es en estos precisos momentos cuando, a lo largo de los años, los genios han trascendido: Isaac Newton, Nikola Tesla, Albert Eistein o Alan Turing no vivieron en épocas sencillas. Sin embargo, su trascendencia es palpable en nuestro día a día. Y todos tenemos la responsabilidad de hacernos crecer mutuamente. Ser valientes y pioneros.

Ser capaces de no poner límite a nuestros propios horizontes.

Echo de menos aquellos días que me mantuvieron ocupado en el trabajo de documentación para escribir La luz olvidada. Porque no quería dejarme nada en el tintero, aún siendo consciente de que no sería capaz de exponer todo el trasfondo que ocultaba la novela. Sin embargo, como antes escribía, tenemos la responsabilidad de perseverar y de mejorar.

En definitiva, de dejar huella.

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