El último poema

by Fernanda Reinés

La muerte avanza sobre Adela como un ciempiés herido. Treinta de sus patas fueron amputadas con sueros y jeringas, pero tiene setenta más con las cuales esparcirse por su cuerpo.

La ventana está abierta, y Adela mira concentrada el juego de pliegues que el viento arma sobre su cortina.

Las cortinas, como las sábanas deshilachadas y los tres pares de medias, fueron parte del ajuar que le había regalado su madre al casarla con Antonio, y despedirla para siempre del hogar familiar.

Antonio está sentado al lado de la cama, leyendo en voz alta a Neruda, como acostumbraba a hacer cuando el y Adela eran jóvenes. En ese entonces, su voz era profunda y uniforme; ahora se parece más bien a la voz de un viejo quejoso, de tintes agudos y palabras estiradas. La mayor parte del tiempo Adela no puede ni escucharlo. La otra parte se la pasa disfrutando de su silencio.

Hace tres meses que está postrada en la cama, y ya renunció a la ilusión de cualquier promesa, padrenuestro, medicina oriental o ritual satánico que pueda detener su muerte. Le llegó la hora y no hay invento alguno, ni en este mundo ni en el otro, que pueda cambiarlo.

Lento

Adela lo sabe, y está bien. Como tantas otras cosas que dejan de existir, Adela está a punto de no suceder más.

Lo único que quiere es no pasarse sus últimos días soportando el olor de Antonio. Porque es así, los viejos tienen olor, y el que diga lo contrario miente. Se echa a perder quien pasa tanto tiempo en la piel de uno, y si nadie te avisa que ya es tiempo de irte, el olor lo impregna todo, incluyendo las ollas y las mascotas.

Adela gira la cabeza y lo mira. El pelo blanco que le empieza en la mitad del cráneo, las arrugas de zanja que le marcan la frente, los anteojos de culo de botella, los dientes amarillos de nicotina, y esa forma de hablar que tiene, siempre arreglándoselas para ocultar que le faltan cuatro muelas.

Lento

Antonio se lleva el dedo a la boca, se chupa la primera falange, y da vuelta la hoja del libro de poemas. “Así, con total impunidad el muy asqueroso”, piensa Adela. No hay nada que la repugne más que la gente que se chupa los dedos para cambiar de página, y la desquicia que, después de cuarenta años juntos, Antonio se rehúse a cambiar esa desagradable costumbre. También se le da por comer a deshoras. A veces, en la madrugada, en su camino al baño, Adela lo encuentra inclinado sobre la heladera con la puerta abierta, comiéndose un pedazo de milanesa que sobró de la noche anterior en calzones, descalzo, como un nene desobediente.

Cuarenta años.

Mas lento

Antonio y Adela. Las bodas de plata. Antonio y Adela, los de la otra cuadra. Adelita y Antonio, los del taller. El Tony, la Lita, y quien sabe con cuantos apodos más habrían caído en boca de otros, que creían conocerlos o que sabían más de ellos que ellos mismos.

Cuarenta años.

Adela ni siquiera sabe cómo diez años se convirtieron en cuarenta. Solo recuerda su figura esbelta y a Antonio flaco, los hijos, Mar de Ajó, los asados, la muerte de su padre, el día que a Antonio lo atropelló un auto y el día que su hija mayor se recibió de médica.

“Nosotros vamos a aprender juntos.” Le había dicho Antonio una tarde, en la plaza del Rosedal. “Aprender a qué?”  

“A vivir.”

Y habían aprendido.

Juntos habían aprendido que habían pasado más tiempo de su vida llenando papeles y haciendo trámites que cantando, y que los hijos eran una bendición durante los primeros diez años. Después se volvían resentidos y huraños. Ajenos, como si nunca hubieran sido parte de la propia carne.

una brisa

Habían aprendido que todo lo que al principio les gustaba del otro, después se volvía corriente, porque el ser humano no está hecho para emociones constantes ni las parejas para cambios de opinión.

Se habían dado cuenta que la repetición de los años no era más que una cosa tras la otra y que el final feliz, si realmente era final y si en verdad era feliz, no había que esperarlo. Iba a llegar solo.

Antonio es Antonio. Y ella es quien es. Pero después de tantos años, tanta renuncia y tantas vidas juntos, ya parece no haber diferencia. El desapego va a tener que venir de afuera.

Nada.

Antonio lee: No estés lejos de mí un sólo día, porque cómo,

porque, no sé decírtelo, es largo el día,

y te estaré esperando como en las estaciones

cuando en alguna parte se durmieron los trenes.

No te vayas por una hora porque entonces

en esa hora se juntan las gotas del desvelo

y tal vez todo el humo que anda buscando casa

venga a matar aún mi corazón perdido.

Ay, que no se quebrante tu silueta en la arena,

Ay, que no vuelen tus párpados en la ausencia:

no te vayas por un minuto, bienamada,

porque en ese minuto te habrás ido tan lejos

que yo cruzaré toda la tierra preguntando

si volverás o si me dejarás muriendo.

Alertado por la repentina soledad, Antonio levanta la vista. Se inclina sobre la cama, y con el aire atrapado en la garganta, pregunta:

—¿Adela?

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