Año sábatico by Elena Marqués

Epitafio y epílogo.

El día 24 de septiembre recibió Johm cristiana sepultura en el cementerio de Falkville, donde ahora reposan juntos todos los O’Toole que se conocen por estas tierras. El mismo sacerdote que dio las bendiciones a su madre, aún más sorprendido que la primera vez por la aparición de aquella oveja sin redil, asperjó sus cenizas en el lugar escogido para su definitivo reposo.

Los días previos los pasamos en la granja, mínimamente adecentada por un solícito señor Hamilton que creía cumplir así con los últimos deseos de su querida vecina. Allí nos trasladamos unas semanas antes, a pesar de las recomendaciones del doctor de que era mejor esperar.

Pero ya no había tratamiento posible salvo administrarle morfina para calmarle el dolor y apaciguarle el deseo de no morir en un centro sanitario, con las ventanas cerradas y la indiferencia de los transeúntes y esa intranquilidad de celda de no saber quién descansa al otro lado. Y él necesitaba volver a su casa, al estructurado desorden de su habitación, asido firmemente a aquel convencimiento de que los espacios conocidos aportan seguridad.

Nunca me han parecido tanto los hospitales meros lugares de paso ni estas tierras más hospitalarias y capaces de consuelo.

John sobrevivió aquellos días muy lúcido, quizás demasiado. Eso me hizo sufrir porque me estuvo hablando de sogas y suicidios, de tomar una carretera recta y estrellarse, de ideas que mantenía desde que le alcanzaba la memoria y que, «desgraciadamente» (le afeé mucho aquel adverbio por pura superstición), en su estado no podría cumplir. Se empeñaba en que un sacrificio a tiempo era mucho más valeroso que una muerte en pañales y andador. Buscaba mi complicidad para ayudarlo en el trance aun sabiendo que no la lograría.

Finalmente se dio cuenta de que aquello me resultaba insoportable y, tomándome de la mano, me pidió ayuda de una manera firme y afectuosa para que redactara las últimas líneas de este libro y los versos que sirvieran para localizar su tumba. Al parecer, los tenía escogidos desde pequeño, desde que en el colegio escuchó, en la voz monocorde del señor Thompson, un poema de un escritor famoso que no era capaz de recomponer.

Lloró por aquel olvido. Se enfadó con el doctor Johnson por haberle arrancado de la cabeza lo único que ahora podía serle útil. Le pregunté repetidas veces si no los tendría apuntados en uno de sus folios, desperdigados por varias mesas de la casa como en sus mejores tiempos de desorden y genialidad.

También se enfadaba por el tiempo perdido, por aquella vida dedicada a qué. Quién lo recordaría después de todo.

De ahí su empeño en dejarse oír, en publicar este libro como aviso a navegantes. Nadie después de él debía empeñarse en una tarea tan absurda como dejar escapar la existencia en tareas inútiles. «Prométeme que lo harás», me repetía. Y luego volvía a sus esfuerzos por recuperar algún retazo de aquel poema que es posible que nunca fuera escrito.

Finalmente se conformó con unos versos sucedáneos que tracé solo para él, concediéndole unas palabras que nunca pronunciaría, aunque ahora estaba tan distinto.

La muerte nos iguala, quizás antes de tiempo.

Me sorprendo con estas sentencias que tanto se parecen a las suyas. La lectura repetida de este manuscrito me hace hablar como él, desear ser como él. Realmente era un hombre bueno, realmente me quiso. Solo que no fue capaz de entenderlo ni manifestarlo porque los O’Toole eran todos distintos y distantes y sus voces apenas se dejaban escuchar como el eco vaporoso de un sinfín de caracolas amargas.

Me cuesta cerrar tan bruscamente el trabajo de todo un año; un año sabático que se ha convertido en el último de esos sesenta que han compuesto su vida. De ellos, cuarenta han sido en buena parte míos, y es motivo de que me regocije, por acompañarlo como mejor he sabido y poder ahora cantar con él, recitar por él, estos últimos versos antes de que la oscuridad nos ahogue.

Precisamente ahora, mientras escribo, el señor Hamilton se despide desde la otra orilla de este mar en que la noche ha convertido el paisaje. Nuestras dos casas se anclan en este océano infinito con una paz de isla.

Recuerdo a la familia de la canoa y los echo de menos. Los imagino reunidos en su hogar de Westport, con un piélago verdadero en el que perderse.

Pero ellos no han gozado como yo, hace un momento, del atardecer naranja sobre las colinas de pasto, acompañado el crepúsculo del sonido inquebrantable de las chicharras y el calor dulce de un otoño que aún está por llegar.

Hizo bien John en volver al fin del mundo. Es el lugar idóneo para el descanso, un sitio placentero para recordarlo en su particular eternidad.

Quizás, después de todo, aquí hayamos encontrado nuestra casa.

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