AQUELLA NOCHE DE CARNAVAL by Genoveva Rodea

Imagen tomada de Pinterest

MIENTRAS nos acicalábamos para la fiesta, todas me hablaban de Él. Entre el «ciérrame la cremallera», «ajústame los alfileres», o «espolvoréame la purpurina», planeaban los comentarios de mis tres amigas sobre, su clase, su porte, su voz mediterránea o su increíble don de conversación. Yo intuía cierta nota de exageración en tal proclamo de cualidades y aptitudes, y recuerdo que aseguré, mientras comprobaba en el espejo mi transformación en cíngara:

Dadme diez minutos y le encuentro el fallo.

En el arte de “encontrar fallos” me había convertido en una experta. Aquella costumbre me había valido el título de “ameba asexuada” y no podía discutirlo, últimamente ni las campanas de Notre Dame eran capaces de provocarme el menor “tilín” por dentro. Probablemente, porque recién traspasado el umbral de los cuarenta, ya conocía la facilidad con que los príncipes pierden su tinte azul. Además, estaba fuera de mi ciudad,  sólo aspiraba divertirme un poco.

La noche pintaba promesa al entrar: Música, colorido, buen ambiente… Mis amigas, cómo vaticinaba mi perspicacia, no tardaron en arrastrarme hacia su objetivo. Casadas desde hacía años, encontraban un extraño aliciente en ejercer de Celestinas. Hicieron las presentaciones. Y, todavía no había acabado de pronunciar aquello de «encantada», cuando nos dejaban solos. 

Él iba disfrazado de “el zorro”: capa, espada, antifaz… y, dos bailes y media hora de conversación después, aparecía Tornado. No el mítico caballo de Don Diego de la Vega, sino el huracán que comenzaba a descolocar mi orden interior al intuir el interesante contenido que parecía envolver aquel magnético continente. Además, era divertido y le gustaba el baile. De no ser porque el calor de sus manos al bailar me confirmaba la existencia de materia, hubiera llegado a pensar que aquello era un holograma diseñado por encargo.

No sé cuánto estuvimos charlando, ni en qué momento concedimos salida a las confesiones. La noche se consumió, nos la bebimos sin darnos cuenta. 

María, mi anfitriona, me chistaba al oído:

Le gustas, no se separa de ti.

Hubiera resultado agradable creer que mi arrolladora personalidad lo hipnotizaba o, incluso, que el balcón de ese corpiño que me impedía hablar y respirar a la vez, lo traía de cabeza. Pero aun me faltaban un par de rones para olvidarme de que, ser la única impar femenina en la fiesta, quizás tuviera algo que ver con mi grado de cotización aquella noche.

Y finalizó. El tiempo se agota a veces demasiado rápido, sin demora ni compasión. Hubiera sobornado a San Judas para que la orquesta volviera a toca. No fue así. Para colmo de mis desdichas, nadie proponía continuar la fiesta en otro lugar. Que si los niños, que si el cansancio… ¿Quién pensaba en el cansancio en aquel momento? Yo no. Yo estaba animada, entusiasmada. Llevaba meses sin salir, no recordaba la última vez que alguien me había interesado mínimamente y lo estaba pasando de maravilla. Me sentía volátil, etérea, ligera… No podía terminar así.

San Judas debió sentirse satisfecho con los euros prometidos porque, a punto de descalabrar mi decepción en el asiento trasero del coche de María, mi zorro se confesó reñido con Morfeo, proponiéndome tomar algo tranquilo en no recuerdo qué bar. Lo que sí recuerdo es que me resultó decepcionante comprobar un aforo tan denso. ¿Qué hacía tanta gente a esas horas? ¿No tenían casa o qué? ¡Con lo bien que me hubiera venido aquel silloncito esquinado para continuar aquel tú a tú con “el zorro”! No así, nos quedamos en la barra, tan pegados que la presión de la afluencia casi nos impedía beber. Él charlaba, bromeaba, solicitaba opinión… Y yo procuraba obviar aquello que me estaba subiendo por los pies para dominar mis pensamientos. Pero era tan fuerte… se hacía tan presente… Aquel cosquilleo que se había manifestado ya en la fiesta, latía cada vez más intenso, más irresistible. Conversaba y no lograba descentrarme de ello. Se me apoderaba como se adueña la sed de un errante en el desierto.

            Hacía una noche magnífica para un mes de febrero. Cielo raso, viento dormido. Como la casa de mis anfitriones quedaba cerca, mi flamante zorro propuso acompañarme paseando. Acepté sin pensar y alabé la suave sensación del aire fresco sobre el rostro. Pese a que, ni ese frescor, ni una oleada de frío siberiano, eran capaces ya de congelar la idea que se había instalado en mí, fija, persistente. ¿Y si lo hacía? Durante toda la noche me había comportado con elegancia. No podía hacerlo, no. ¿Qué pensaría? 

Resultó agradable su expresión de contrariedad al conocer mi inminente partida y su intención frustrada de invitarme a comer. Aproveché para contestarle «te tomo la palabra para una próxima» y, procurando parecer natural, colgarme de su brazo. Pero no me bastó. ¿Por qué no era el zorro de verdad y me llevaba en amazona sobre Tornado? ¿Porqué no era aquello una película y me cogía en brazos como si fuera a secuestrarme? En esos momentos mi pensamiento se perdía en una obsesión que se acuciaba en cada instante. Todo en mí se contraía en cada paso, y mi capacidad de moderarlo se dibujaba imposible. Yo ya no quería ser tan señora, ni tan elegante, ni tan digna. Yo codiciaba explayarme, liberarme, descansar de ese bocado que me devoraba.

            Me controlé. Mantuve la compostura hasta llegar al ascensor. Allí me despediría de él cortésmente, no sin antes comentar la fecha de mi siguiente visita a la ciudad, y, después, me lanzaría de cabeza a la ducha. Tampoco se resolvió así. Caballeroso como el que más, se obstinó en subir conmigo hasta la puerta. No me lo podía creer. ¡Diez pisos más de riesgo de escuchar el grito de mi cuerpo! Todo un mundo cuando la obsesión duele. Demasiado lento, demasiado tiempo.

            En el quinto, mi voluntad zozobraba. ¿Qué más daba? Con la más pura práctica Socrática me fui convenciendo de mi estupidez. ¿Por qué no? Ya no estábamos en la época de Maricastaña ni en medio de estábamos en la calle. Yo era una mujer moderna, espontánea, natural… Así, en el octavo, a punto de culminar el trayecto, me decidí. Le sonreí. Bajé la mirada al suelo para devolverle unas pupilas juguetonas acompañadas de una risita nerviosa que lo hiciera cómplice. Y confesé: 

No aguanto más.

Entonces, sonrió. Reí. Reímos. Había entendido mi lenguaje gestual y, sobre todo, mi suspiro. Más confiada, posé mi mano en su hombro. Sin dejar de sonreír, divertido por expresión, ciñó mi cintura para ayudarme a encorvarme. Y… por fin… toqué el cielo. 

Por fin… hice lo único que ambicionaba desde hacía horas: liberarme de 12 cm de tacón de aguja. 

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