Archipiélago 14: Isla Pavese by Félix Molina

A quei tempi era sempre festa.

CESARE PAVESE  – CATULO – JEP GAMBARDELLA

La isla era en este caso un trasunto de Roma, más que de Turín, y Pavese, su titular, los recibió en un café, no lejos del Tíber, mientras la luna y las farolas del Trastévere se encargaban de colorear la lámina impasible del río.

A Catulo casi hubo que vestirlo –Gambardella se ocupó de este detalle– para que llamara mínimamente la atención entre los escritores romanos que compartían la isla. Ya había sido un incidente no pequeño el que cruzase todo el Puente Sant’ Angelo, en dirección al Vaticano, salmodiando a los escritores, romanos y religiosos, su pedicabo ego vos et irrumabo (Cesare miraba al suelo, Jep no dejaba de explicarle al poeta clásico veronés que si alguien sabía latín en la isla eran aquellos viandantes).

Los dos recién llegados controlaban su furia interior: Catulo no tenía isla propia, a pesar de sus pentámetros cristalinos, y Gambardella simplemente no existía. Era la ficción de un director de cine de principios del siglo XXI y Cesare –algo amilanado todavía por el desengaño de la actriz Constance Dowling – apenas podía creerse la desbordante existencia de este hombre que con una impecable chaqueta de tweed amarillo los llevaba a una fiesta en Monte Palatino.

A Catulo no le resultaba ajeno el festejar. Gambardella no dejaba de animar y atender, rentabilizando lo indoloro de su inexistencia, puro estambre dorado moviéndose de un lado a otro para gloria de todos y todas. Pavese fumaba lentamente, entregado ya a una extraña, sigilosa rememoración de aquello aun sin haberlo vivido.

Gambardella se subió al atrio improvisado por la megafonía, y desde ese estratégico podio empezó a declamar un pasaje de su único libro, El aparato humano, que le había hecho acreedor siguiera de residir en la Isla Pavese, aun sin gozar de existencia, con un ansia de paradoja gemela a la de Italo Calvino, que saludaba a la sombra de los focos, quizá secretamente congraciado con sus fábulas en un rincón de la fiesta.

–¡¡¡¡¡No gocéis para otro mundo que el vuestro, la ceniza que viene es tan impalpable desde este presente como el viento o cualquier otra ausencia!!!!!

No le dejaron terminar. Pronto lo instalaron en el centro mismo de una conga en forma de trenecito que empezó a peinar, a las tantas de la madrugada, la trenza de la colina más alta de Roma, mejor dicho, de la Isla.

La mañana los encontró dispersos, desechos cada cual de su ceniza futura. Solo Cesare, enhiesto en su silla de madera lacada, sonreía al sol, y no dejaba de pensar en un único verso, no paraba de mecanografiarlo atrozmente en su cabeza, cual un loco que dilapidase el carro de tinta de su máquina de escribir en el invierno de un hotel de Norteamérica:

–Vendrá la muerte y tendrá tus ojos…

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