Tinta permanente.1 by Paula Castillo

Apenas le miró cuando atravesó la cocina. El cuero cabelludo irritado de tanto estirar y cortar lucía como una manzana de feria; rojo, brillante. Se acostó derrotada, de lado, vuelta hacia la pared blanca. Acurrucada encima de las sábanas que llevaba días sin estirar, Natalia cayó en un estado de semiinconsciencia.

Las imágenes de su vida, hecha añicos, iban y venían por dentro de la cabeza enrojecida. Los recuerdos a veces se le aparecían como luces brillantes, unos sin significado, otros, llamas que se le acercaban, tijeras que se abrían y cerraban. Las palabras de Tony martilleándole los oídos: «No te gastes el dinero a lo tonto, reina.  Lo pido por internet, y en tu casa lo preparamos todo. ¡Ya estoy viendo la cara de tu hija y tu yerno!». A Natalia no le gustó el comentario; era su hija, al fin y al cabo. Pero Natalia se lo cayó; no se le daba bien hablar del corazón.

La culpa fue del anuncio, ¿por qué mierda se tuvo que parar delante del salón de belleza, Mechas?: UN TINTE NUEVO, NATURAL. REGENERACIÓN Y BRILLO TOTAL. DEVUELVE A TU PELO SU COLOR ORIGINAL PARA SIEMPRE. EL PELO CRECERÁ DEL COLOR QUE ELIJAS. DI ADIÓS A LAS CANAS.

«¡Que les parta un rayo a todos!» fue lo que pensó al verse reflejada en el espejo que le colgó Tony. Las canas se habían vuelto amarillas y la franja de pelo negro, electrizado, le reposaba sobre los hombros como un collarín. Contó los billetes, los metió en un sobre y se lo dejó a Tony al pasar por la peluquería.

Y es que Natalia estaba harta de teñirse; apenas dejaba pasar dos semanas entre tinte y tinte. Harta de escuchar a su hija que tenía que cuidarse, que estaba avejentada y casi casi con mala pinta. Que todavía era joven, que también se lo había dicho Ramón. La hija y Ramón hablando de ella, de su mala pinta.

 «¿Por qué coño me fié de Tony?», musitó mientras giraba la cadera antes de cambiar de postura. Nadie se fiaba de Tony.  El sol, ya alto, había dejado la habitación en penumbra. Natalia se fiaba de todos, también de la hija que sabe lo que le viene bien, que le regaló un perro del que no supo ocuparse y ahora lo cuida Ramón. Ramón su yerno que también elige lo que tiene que comer cuando la invitan los domingos.

El lunes cinco de septiembre fue el día que eligieron para teñir de castaño dorado permanente el pelo de Natalia. Tony libraba, así que cargó en su maletín la caja de Panic color y a las diez en punto llamó al timbre. Natalia le recibió con sus ojos esmeralda abiertos de par en par, la boca de labios carnosos pintada de rosa, y las pestañas saturadas de khol. Excitada, se había soltado la melena ondulada que acostumbraba a llevar recogida en un moño despeinado ocultando las canas, y se cubrió con una toquilla de plástico anudada al cuello con un lazo rosa que ella misma le había cosido. «Aquí estoy Tony, querido» le dijo girando sobre sí misma con los brazos abiertos. En el movimiento, la toquilla se abrió en abanico como  la cola de un pavo real antes de aparearse, e imitando el sonido voceó: «¡Maanos a la obra!». Y, esta vez fue ella la que lo mencionó: «¡ni mi hija, ni mi yerno se volverán a meter conmigo!». Y bajando la voz para no ser escuchada susurró: «se avergüenza de mí, Tony». Y Tony, que no la escuchaba, abría y cerraba las distintas cajas de los productos numeradas del 1 al 5. Parecía que los brazos se le hubieran multiplicado por tres; sacaba los tubos y los recipientes mezcladores, los batía con las paletas de plástico incluidas en el pack, y como un genio alquimista, los iba distribuyendo en los contenedores de plástico que volvía a colocar en orden del 1 al 5. «Nata, siéntate cariño, que te voy a llevar al éxtasis de tu renacimiento». Natalia, que había forrado de plástico el sillón de piel de la sala de estar, se sentó, apoyó los brazos sobre los reposabrazos como si fuese a despegar, cerró los ojos, y sonrió en una mueca permanente.

            Dos horas duró la transformación: primero el decolorante. Natalia, que continuaba con los ojos cerrados protegiéndolos del amoniaco que destilaba el producto, tarareaba Aquellos ojos verdes. Después, las inyecciones con agujas de microcirugía para que el tinte llegara más allá del cuero cabelludo, coloreando cada uno de los pelos en su raíz. «¡Ay, Tony!» se quejaba Natalia a cada pinchazo. Un paso más: la imprimación a todo el cabello, que suelto, le llegaba casi a la cintura. «¡Tony, algo me está quemando!», le gritó exasperada. «Mira Natalia, guapa, se un poco más sufrida que me estás poniendo muy nervioso». «Es un tinte permanente, lleva su proceso, y el proceso significa sufrir un poco. ¿Puedes, o no?». Natalia, sintiéndose reprendida, no contestó. Aflojó la risa y con los ojos fruncidos posó su mirada en los dedos de sus manos que no dejaba de retorcerse. A Natalia nadie le había gritado así, ni siquiera su hija que a veces la humillaba, aunque con cierta ternura. Cómo echaba de menos a su marido en estos momentos, al bueno de Nano que murió entre sus brazos recitándole poemas de amor. El miedo librándola de vivir, callando su corazón.

            Cuando estuvo todo listo, Tony le envolvió la cabeza en papel de plástico para fijar más el color y se marchó. En una hora volvería, se lo lavaría, le cortaría las puntas y Natalia podría lucir su melena sin canas de por vida. «Verás cómo ha merecido la pena sufrir un poco, bonita», le dijo haciendo sonar las pulseras que le cubrían el antebrazo.

            Natalia, con el estómago retorcido por los humos y el sarcasmo de Tony, y entristecida por los recuerdos, tardó un rato en levantarse del sillón. Al mirarse en el espejo vio con espanto cómo el pelo brillaba anaranjado debajo del papel de plástico. Se sorprendió, pero intentó no darle importancia. «Es el proceso que tienes que pasar para estar guapa» dijo en voz alta imitando la voz del amanerado de Tony. Recogió los envases, las espátulas, las jeringuillas y los guantes. Lo tiró todo menos la caja que con letras grandes de color naranja anunciaba: Red Chily Flower by Panic color.

            Plantada ante el espejo, con las piernas semiabiertas sosteniendo su heroicidad, se fue quitando detenidamente el plástico embadurnado de color pimentón mientras rezaba para que el color fuera otro. Cuando Tony volvió, el pimentón se había convertido en guindilla rojo brillante que teñía también el cuello y los hombros de Natalia. Tony reía nervioso. Ella, absorta, incrédula, casi al límite del llanto, rumiaba buscando la palabra. «Vamos, mujer, hay que lavarlo enseguida. Ya verás como después del lavado aparece el castaño que elegiste». Un lavado, dos, tres, frotando el cuero cabelludo hasta hacerlo sangrar. Natalia sin la palabra. Tony sin el milagro. El Red Chily Flower había llegado a la cabeza de Nata para quedarse. «De todas formas te queda de cine», le dijo Tony soplándose las yemas de los dedos en carne viva. «Te da otra vida a la cara, no ese negro canoso de vieja deprimida». Natalia, con la caja de Panic color en la mano se la puso delante de los ojos. La palabra no le volvía. «Ni idea de inglés, baby», le contestó Tony girando sobre sí mismo. «Deja que se seque al aire y te corto las puntas otro día, bonita, que hoy se me ha hecho tarde».

             Natalia, sin apartarse del espejo convertido en un cartel de neón brillante se ahuecaba el pelo intentando recomponer al menos la forma. «Quizá con dos lavados más se aplaque», pensaba mientras se miraba las manos rojas hasta donde se encarnan las uñas. Tony que recogía apresurado su maletín le preguntó:

–Nata, ¿ves por algún sitio mis tijeras?

Nata, con ellas en la mano. Nata cortándose el pelo que Tony no quiere cortarle.

–Aquí están, Tony –le contestó recuperando la palabra a la vez que se las hundía en la entrepierna.

 Mientras el cuerpo de Tony se desangraba sobre las baldosas blancas de la cocina teñidas de rojo, Natalia, con las manos ensangrentadas, estiraba y cortaba. Estiraba y cortaba.

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