ME QUEMÓ EL SMARTPHONE EN LAS MANOS by Antonio Toribios

Ilustración tomada de Pinterest

 Uno no viaja mucho. No tanto por falta de ganas como por esos impedimentos, a veces banales, que nos suelen hacer posponer lo placentero. Cuando lo hago me gusta el tren, y no rechazo la conversación con el vecino de asiento si se tercia. A veces un desconocido nos puede sorprender con vivencias de primera mano sobre hechos que, de no ser así, nos sería difícil conocer. Este fue el caso con Bernard, un cooperante belga, que había estado en el Congo. Transcribo su relato, que entrecomillo aun cuando lo he reconstruido de memoria.

“Cuando llegó a la misión, Gourane tenía diecisiete años, pero en sus ojos anidaba la desolación de varias vidas. Tuvieron que pasar muchos meses de pequeños acercamientos, muestras de afecto y evidencias de confianza por mi parte, para que se decidiese a hablar. Durante ese tiempo su estado era de profunda tristeza, con crisis episódicas de violencia y una tensión constante de fiera enjaulada.

Por fin, una tarde, accedió a contarme su historia. Estábamos sentados viendo caer el sol y emitió un “les mataron”, casi un gruñido. A base de tacto y paciencia fue surgiendo el rosario de trágicos momentos. A su aldea, en un lugar apartado de la selva, habían llegado milicianos armados. Una de tantas guerrillas, mantenidas por Ruanda, para asegurar el control del coltán. Entonces Gourane tenía solo once años. “Mataban a tiros, con cuchillos, violaban a las chicas”, iba desgranando con una cadencia in crescendo, casi un torrente cuando la narración llegó al momento en que su propia madre y un hermano menor fueron encerrados en su choza a la que prendieron fuego después. “Y se quedaron esperando a que ardiera hasta el final”, dijo, y calló y así, en espeso silencio, estuvo varios días.

Gourane fue abriéndose luego poco a poco. Así fui sabiendo de su vida con los rebeldes, de cómo lo instruían en las técnicas de matar, lo mismo con el kalashnikov como con el machete, de las formas de tortura y de la aplicación de la violación como arma de guerra. Todo eso me contó con casos concretos y detalles descarnados, y lo hacía con un dolor y una desesperación que, a la postre, aunque parezca paradójico, le servían para irse vaciando poco a poco de odio.

Yo le conté también de las minas de coltán. De Manguredjipa y de otras, donde cientos de niños trabajan hasta doce horas al día por un jornal equivalente a un euro. Minas donde se enferma y se muere de fatiga o de enfermedad. Todo para favorecer a las mafias que trafican con un mineral que acaba formando parte de nuestros teléfonos móviles y nuestras tabletas, esos aparatos que utilizamos, la mayor parte del tiempo, para hacer circular chistes malos y bulos absurdos. Los mismos que cambiamos cada año porque se ha puesto de moda un modelo nuevo.

Gourane me miraba perplejo, con los ojos muy abiertos. Supongo que seguía pensando en sus cosas, en esa vida que iba quedando atrás. En lo que el futuro podría ofrecerle.

 Semanas después, el ejército del Congo nos hizo desmantelar la misión urgentemente. Se acercaba una nueva ofensiva. Solo nos permitieron evacuar a los más pequeños. Gourane quedó allí. Quizás fue obligado a luchar contra la guerrilla, o bien pudo huir e internarse en la selva. No volví a saber de él”.

 Yo, como Gourane, me quedé callado. No había nada que añadir y sí bastante que meditar. Al cabo de un rato, fue el sonido del móvil lo que rompió el silencio. Era mi mujer preguntándome qué tal. Apenas pude contestarle más que un escueto “ya te contaré”. Y es que el teléfono me quemaba en las manos.

Relato leído en un acto pro Derechos Humanos celebrado en el Salón de Reyes del Ayuntamiento de León en 2019

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Conchita Bayonas dice:

    Tengo mi teléfono móvil pasado de moda y mucha gente me dice que lo cambie por otro modelo.
    Luego pienso en lo que sufren los que sacan el.mineral para hacerlo y me quedo con este modelo antiguo.
    Es terrible la vida de muchos niños, y nosotros quejsndonos de tonterías.

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