Te llevaré rosas by Charo Jiménez

Qué día tan bonito ha amanecido hoy.

Los naranjos preñados de azahar (¡qué bien huelen!, no existe perfume más embriagador ni más nostálgico); el cielo, celestísimo, salpicado de nubes tan blancas como los algodones de azúcar que mi padre me compraba en la Feria de abril; y este sonido maravilloso, el sonido del silencio, roto sólo por los trinos de los pájaros o por alguna copla lejana. Mira, mira ese gorrioncillo, yo creo que es el mismo de estos días atrás. Viene a mi balcón a comerse las migajas del desayuno que guardo para él. Picotea temeroso y no me atrevo a acercarme mucho no vaya a ser que lo espante. Me hace ilusión esperarlo y compartir esos minutos antes de que salga volando hacia otros balcones, a confortar otras almas como la mía, tan necesitadas de ternura.

Sí, son días hermosos a pesar de todo lo que está sucediendo. A pesar de las calles desiertas, del parque dormido, del encierro forzoso, de esta extrañeza de vida en suspenso, de tantas y tan dolorosas pérdidas. La primavera bulle ahí fuera. La naturaleza no entiende de aplazamientos.

Por aquí, puedo contarte que estoy aprovechando para hacer cosas para las que nunca encontraba tiempo. Ayer se me fue el día colocando en álbumes fotografías que llevaban media vida arrumbadas en cajas al fondo del ropero.

Desempolvé a mi abuelo Daniel, con su semblante impertérrito y su brillante tricornio, retratado delante del cuartel de Eritaña; a mis padres, radiantes el día de su boda; a mi hermano, con cara de circunstancias, vestido de primera comunión. Escuché las risas despreocupadas de aquellos amigos primeros. Me maravillé de las poses cinematográficas de muchachas a las que un día pretendí. Besé la mirada de pozo de mi pobre y añorada Julia tendiendo la colada en el patio de nuestra antigua casa. Admiré la inocencia del niño que fui, aquel chiquillo asustado de las palomas del parque de María Luisa, dichoso de la mano de madre en un campo de amapolas, pletórico jugando al fútbol en el descampado detrás de la iglesia, formal en su túnica de nazareno. Reviví la pasión del joven que fui, aquel que quería comerse el mundo, soplando vehemente las dieciséis, diecisiete, dieciocho velas de cumpleaños, embutido en el uniforme de botones en su primer día de trabajo en el Monte de Piedad, orgulloso al volante del Seat 600 blanco, su primer coche, impaciente, apasionado, ambicioso…

Qué embustero es el tiempo, tantísimos años dice que han pasado. ¡Pero si fue ayer!

El pasado me alimenta, es mi presente y mi futuro. Poco más necesito ya. Que mi amigo el gorrioncillo acuda fiel a nuestra cita diaria, que mis hijos y mis nietos me abracen fuerte y me digan que me quieren infinito y que nunca me falte tu sonrisa, querida Esperanza, mi esperanza.

¿Te acuerdas del día en que nos conocimos? Era primavera, como hoy. También cantaban los pájaros. Y los naranjos estaban a punto de reventar. Pero el parque era un hervidero de gente. De chiquillos volando en columpios, de padres arrastrando carritos, de madres besando chichones y sanando rodillas, de abuelos templando los huesos agradecidos al tímido sol de marzo, de perros celebrando reencuentros.

Entonces escuché tu risa, una risa de manantial desbordándose, que lo inundaba todo de alegría. Y allí estabas tú, sentadita en tu silla, empujada por una joven que se sentó a mi lado. Quiso el azar, o el destino, vete tú a saber, que coincidiéramos aquella tarde en aquel lugar. Qué fortuna la mía.

Querida amiga Esperanza, mi esperanza, te echo tanto de menos. Pero cuando todo esto pase, que pasará, recuperaremos nuestra rutina. A las once de la mañana me tendrás como un clavo tocando el timbre de tu residencia, expectante por verte aparecer tan hermosa y jovial como siempre, luciendo esa sonrisa que es la mejor de las medicinas; esos ojos, dos arcoíris de sol y lluvia; esas manos apaciguadoras de tormentas. Y te invitaré a un café y a esos pastelillos de crema que tanto te gustan. O a churros con chocolate, que tampoco es mala opción. Y charlaremos sin prisas, contándonos todo tal y como solíamos hacer. Después, pasearemos las calles bullangueras de este barrio, que parece un pueblo, donde resisten de manera heroica el afilaooor, el chatarrero, el relojero, el tapicero y los comercios de toda la vida: la floristería, la mercería, la barbería, la ferretería… Y nuestra tienda favorita, Galocha. Ese paraíso para los sentidos, con sus vitrinas impolutas, sus aperos de labranza y su antigua balanza de pesas; el aroma fragante a encurtidos, aceitunas, jamones, quesos y chacinas; con sus sacos de legumbres, sus bacalaos, sus latas de conserva, sus mieles, aceites y vinos; con sus relucientes damajuanas y con el buen hacer y la simpatía que la dama Juana, su dueña, derrocha a raudales entre todos los que nos adentramos en su universo.

Y cuando el verano incendie el asfalto, será el atardecer nuestro fiel acompañante. Saludaremos a las vecinas que riegan las aceras recalentadas y sacan las sillas al fresco, entre arrebato de jazmines, abanicos y cháchara, dimes y diretes compartidos hasta esas horas de la madrugada en las que no se puede engañar más al sueño.

Mientras tanto, en este intermedio estrafalario, en este estado de letargo en que nos hallamos hibernando como osos ovillados en ensoñaciones y nostalgias, reclamo tu alegría y tu fortaleza para que espante soledades. Porque nos quedan aún regalos por abrir. Porque las golondrinas están ya de vuelta tan alborotadas como todas las primaveras. Porque, cuando menos te lo esperes, querida amiga, mi mano estará estrechando tu mano y un cosquilleo eléctrico avivará nuestro rescoldo de cenizas olvidadas.

Y porque te llevaré rosas, rosas rojas, las que más te gustan.

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