LA NATURALEZA DEL ESCORPIÓN by Genoveva Rodea

Imagen tomada de Pinterest

LUÍS se ciñó el cinturón antes de accionar el motor de su BMW Z8. Habitualmente el ronroneo sereno de aquel vigoroso potro deslizándose por el asfalto, como el delfín cortejando un barco, solía bastar para que cualquier problema se congelara unos instantes. Bajo la plata que sus cuarenta y ocho inviernos había depositado en sus sienes aun latía un espíritu deportivo con capacidad de abstraerse. Sin embargo, aquella mañana su atención moraba presa de la imagen de Cristina. Por alguna extraña razón –nacida de la sensación más de que un hecho concreto– la seguía viendo en los mandos, en los rayos de sol polarizados a través del parabrisas, o en el frío tacto de los asientos de cuero. Y aquel contundente “no le entretendré mucho” con el que había irrumpido en su despacho del ayuntamiento ensordecía cualquier consigna de su pensamiento.

Como había anunciado, la entrevista fue breve. Sonrió con ironía al aire que se colaba por la ventanilla. Breve, sí, pero intensa. Unos densos minutos de palabras cruzadas con una desconocida cuyo aplomo y seguridad consiguieron vestirle de cierta inquietud, asfixiando su ánimo con el aliento espeso de un invisible desafío.

Hacía más de diez minutos que había abandonado el aparcamiento y, a su lado, Laura, su secretaria personal desde la noche de los tiempos, permanecía en silencio. La relación entre ellos se había enfriado en los últimos meses. Desde que ella extendiera sus necesidades vitales sobre los lomos de su historia de amor y, ante una abismal diferencia de prioridades, resolviera ceñirse a sus obligaciones laborales. A partir de entonces Laura procuraba omitir su opinión. Ese día, como tantos otros en los tres últimos ciclos lunares, optó por disolver sus cavilaciones en un mutismo con el que una vez más fracasó al intento de engañarlo. Luís conocía aquella expresión en su rostro, ahora tan pálido. Los ojos de Laura clavados en el frente, y una mirada analítica de vez en cuando mientras jugueteaba con un mechón de su cabello, siempre le habían gritado su descontento. 

La observó con cierta tristeza. Esta vez no era su pelo lo que rizaba entre los dedos. Sino la punta de un pañuelo de diseño italiano, cómplice encubridor de las duras sesiones de quimioterapia que siguieron a la extirpación de un tumor maligno. Parecía una figura de cera, pero el dibujo que presentaba la incipiente reforestación del arco de sus cejas no cedían paso a la duda: aullaban preocupaciones, delataban desacuerdo.

–¿Qué? –emitió Luís aferrado al volante en un interminable semáforo.

Laura sacudió la cabeza con gesto de negativa resignada. No deseaba sumergirse de una nueva discusión. ¿Para qué iba a repetirle lo mil veces comentado? Él volvería a remacharle aquello de la cadena, que nadie mejor que ella sabía cómo se iba enredando la madeja, que no podía cortar el hilo de cuajo, la precaución, la conveniencia, las bocas que callar… De nuevo tendría que oír que si se lo pedía Carlos Gracia, como antes fueron otros tantos apellidos de la heráldica hispana, era un favor de obligado cumplimiento.

–No me digas que nada –insistió Luís–. Sabes que lo odio. ¿En qué pensabas?

–En que deberías informar de esto a Carlos, ¿no? –improvisó la mujer.

Luís diluyó un suspiro de alivio entre la comisura de una media sonrisa. Aprobó la sugerencia y pidió a Laura que marcara el número de Carlos. Tras un breve saludo de cortesía, comenzó a relatar la visita de Cristina: la conversación, el tono, los gestos… Sobre todo, la actitud. Describía los detalles con escrupulosa precisión. 

Carlos parecía haber dejado de respirar para escucharle. El manos libres del teléfono devolvió unos lacónicos «si», «ejem», «umm», hasta que Luís hubo acabado. Entonces, su voz resquebrajada mordió las ondas de telefonía para rugir conclusiones.

–¿Te ha mirado sin inmutarse y ha cortado la conversación con un «Muy bien, buenos días»? No me gusta, Luís. No me gusta nada. Esa hija de perra trama algo…

–A mí tampoco me ha hecho ninguna gracia –confesó Luís–. En absoluto. Es más, me ha puesto bastante nervioso, no sé por qué. No entiendo cómo ha conseguido llegar a mí con todas las precauciones que tomé.

Cuando Carlos Gracia le había solicitado poner trabas al negocio de Cristina y manipular información para denegarle las licencias, Luís lo había estimado tarea fácil. Una pequeña gestión, un cómodo truco con la magia del poder, y ya estaría: Cristina López bloqueada por un tiempo. Había trenzado suficientes nudos para no verse implicado. Aun así, ella había surgido de las entrañas de la nada para presentarse ante él esa mañana reclamando sus derechos. 

–¿Crees que sospechará algo? –se preocupó Carlos–. No me fío de esa tiparraca. No se le pone nada por delante. La conozco.

–Tranquilo, tenemos las espaldas bien cubiertas. Se cansará de embestir y tendrás el campo libre. ¿No crees?

–No lo sé, amigo –replicó Carlos–. No lo sé. Muévete e investiga. Rebusca en su pasado, seguro que hay algo a lo que agarrarse.

Laura no quiso intervenir. Prefería mantenerse al margen, por más que intuyera que aquella fémina no iba a resultar cómoda a sus intereses. Mientras perfilaba de negro sus rasgados ojos verdes recordaba la intrusión de Cristina. Al verla llegar solicitando la presencia del Sr. Gil, se le había antojado afable y correcta. Antes de oír su nombre, su única intención había sido ahorrar a su jefe una audiencia innecesaria, y, debía reconocerlo, evitarse el bocado agrio de los celos. Cristina poseía una estatura media, de proporciones reales, que se adivinaban a través de un pantalón negro combinado con un fino jersey de angorina blanco roto de gran cuello caído, ceñido con un cinturón ancho que destacaba cintura realzando el busto. Después de su enfermedad, a Laura cualquier comparación le producía malestar. Aquella mujer de tez morena rezumaba salud y vitalidad, además de disponer de ciertos patrones que siempre habían hecho babear a Luís. Una larga y desfilada cabellera negra encuadraba unos rasgos algo felinos y sus ojos oscuros transmitían una fuerza con la que Luís adoraba medirse.

–El Sr. Gil no puede recibirla ahora –le había asegurado–. Soy su secretaria personal. Puede explicarme el caso. Se lo transmitiré.

–Gracias, pero debo de hablar directamente con él. Esperaré hasta que sea necesario. Tengo todo el día. 

En aquel momento, consciente de sus antecedentes y observando su resolución, Laura comprendió que no existía cerradura diplomática que eximiera a Luís de aquel problema con tacón de aguja.

Un frenazo inesperado la rescató de sus pensamientos. Luís, absorto en la conversación, acababa de escindir bruscamente el paso a un taxista que se alejaba propinándole piropos varios de tensión vial.

–Te tendré informado –zanjó Luís, por fin–. Ahora tengo que dejarte. Estoy con un negocio importante entre manos y espero una llamada.

–¿Más terrenos? –preguntó Carlos.

–No, subastas. Ya te contaré.

–De acuerdo. Gracias por el favor. Eres un amigo.

Luís intercambió con su compañera una mirada entendida. De nuevo compartieron opinión callada, con ese arte adivinatorio que les proporciona un profundo conocimiento del otro. Durante media vida habían caminado codo a codo. Lejos quedaba en el pasado aquella época en que compartieran mesa en una oficinucha de atención al cliente. La sobriedad de aquel cuarto sin ventanas donde se habían derramado apoyo y confesiones. Él, el puño alzado, aseveraba que algún día sería alguien y su joven esposa, Cecilia, dejaría de limpiar. Ella, bañada en llanto, aseguraba que nada le faltaría al fruto de su vientre: esa niña aun sin rostro, herencia de su matrimonio con un adultero reincidente.

 En aquel agujero negro que absorbía cualquier destello de ánimo, era donde se había producido el big bang de su universo. La luz se hizo y las circunstancias se fusionaron cuando Luís optó por saltarse aquellas pequeñas normas que otorgaban un gran favor a alguien influyente. Allí nacía su buena estrella y la primera piedra del camino que lo había conducido hasta su situación actual. Poco tiempo después, una charla con la persona adecuada, y Laura también abandonaba las sombras para situarse a su lado. Ocho años después, tras su divorcio de Cecilia, la eterna compañera tomada forma de mujer y comenzaba su relación amorosa.

Una pareja joven cruzó ante ellos por el paso de peatones. Ataviados con pantalones de lino marca tienda barata y camisetas anchas, se reían del tropezón al que sus besos y arrumacos los había catapultado. Sus rostros, ciegos al tráfico de la vida, eran un lienzo donde se esmeraba la despreocupación y la inocencia.

Luís tomó la mano de Laura.

–Sabes que te quiero, ¿no?

Cómo se le hubiera quemado, la mujer liberó su mano.

–No quiero más de lo mismo –respondió tajante.

–Es lo que hay –se exasperó Luís–. Esto es lo que tiene. Cuánto más alto subes, más inestable estás. ¿Para qué pensarlo?

Laura frunció el ceño.

–Claro que sí. Es difícil salir de aquí. Las influencias, los contactos, las bocas que tapar, los trucos oscuros amenazando aparecer por arte de algún cómplice descontento. Pero sobre todo es difícil si se opta por lo sencillo. No plantearte interrogantes sobre tu situación. Convencerte de que es así y autojustificarte persuadiéndote de que no hay otro camino. Bajar el pulgar y no detenerse a ver cómo salen los leones. No Luís, no. Eso es lo cómodo.

La intención de réplica del hombre se vio abortada de inmediato.

–Que no, Luís. No quiero oír nada más. Después de este trance –Laura se señaló el seno–. Veo las cosas de distinta manera. No quiero esto. Siempre un peligro a las puertas. Siempre alguien que sabe demasiado. Quiero recuperarme. Quiero tranquilidad. Ahora es por Carlos, luego será otro compromiso ineludible. Y así, hasta el infinito. ¿Qué te importa a ti Cristina López? ¿Qué necesidad tienes de un nuevo enfrentamiento? Si, ya lo sé –continuó–, la espiral. Mejor no pensarlo. Pues ya no, Luís. Ya no puedo mirar más para otro lado. ¿Lo entiendes?

Luís accionó el freno de mano sin contestar. Bajaron. Tapoteó el capó de su coche, se atusó el traje, comprobó la documentación de su diplomática, y caminó callado junto a Laura en dirección a su cita, escuchando su voz interna en el silencio de aquel parking subterráneo ambientado con música de Mozart. 

–Vale –dijo de repente, deteniéndose. Se acercó a Laura y cogió su rostro, mirándola con cariño–. Se acabó, te lo juro. Dimito y nos vamos a vivir donde tú elijas.

Laura no respondió. Meditó un segundo. Después, con gento enérgico, buscó en su bolso el teléfono móvil y se lo extendió.

–Muy bien. Cancela esta cita.

Luís quedó rígido ante aquella determinación.

–¿Cómo la voy a cancelar ahora? –protestó forzando una sonrisa.

–Como lo has hecho otras veces. Cancélala. Y nos vamos a la oficina a prepararlo todo.

Luis emitió una risita nerviosa. Tomó de nuevo entre las manos el rostro de la mujer. Paseando los pulgares por sus mejillas con avidez.

–Cariño. Un poco más de paciencia. El año que viene, después del verano, cuando pase la exposición que se está organizando aquí, ¿vale? Hay mucha tajada que sacar de las adjudicaciones, sería una pena, ¿no?

Laura estalló en carcajadas y se alejó.

–¿Dónde vas? –gritó Luis desde lejos, desconcertado.

Sin volverse, la mujer emuló con la mano un gesto de despedida.

–Que te vaya bien, Luis. En el primer cajón de mi mesa, tienes firmada mi carta de dimisión. Ponle la fecha de hoy. Motivo: tu insulto a mi inteligencia.

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