TIGRE (parte 5) by Jorge Daza

Ilustración tomada de Pinterest

 

Simón se encuentra fumando en la calle, justo al lado de la entrada al gimnasio. Mira al cielo en busca de alguna estrella, pero las luces de la ciudad impiden que se vea el más mínimo brillo. Carteles holográficos en las fachadas aprovechando huecos entre ventanas y balcones, señales de tráfico para los aerovehículos que se desplazan a casi veinte pisos de altura y neones de publicidad tratando de llamar la atención de los peatones casi por todas partes. La ciudad no duerme por la noche. Incluso se diría que es el momento en la que está más activa. Simón da otra calada al cigarro electrónico. Este emite un pitido débil y comienza a parpadear una luz anaranjada para indicar que se está acabando la carga.

—Hay que joderse.

Se abre la puerta del gimnasio y sale Eva a la calle. Se sitúa al lado de Simón y apoya la espalda en la pared.

—¿Habéis terminado por hoy? —pregunta el analista.

—Sí. Ya hemos acabado el entrenamiento por hoy.

—¿Estás bien? Te noto un poco preocupada.

—Es que… No tengo ni idea de qué se le pasa por la cabeza. El combate contra Martillo no fue como lo habíamos planeado.

—Yo diría que fue tal y como él había planeado.

—A eso me refiero. Preparó el combate, pero sin mí. Sin nosotros. Desde el principio fue a provocarle ese ataque para poder contrarrestarle y no nos dijo nada. 

—¿Lo hubieras apoyado?

—¡Claro que no! Era ponerse deliberadamente en peligro. Por supuesto que no se lo hubiera permitido.

—Por eso mismo te lo ocultó.

—¡Pero soy su entrenadora! Mi deber es sacarle el máximo potencial e idear las mejores estrategias para él. Y no puedo hacer nada de eso y me oculta información.

—Así que te has dado cuenta.

—Sí. Me he dado cuenta. No soy idiota. Revisé los datos del robot de entrenamiento. Su izquierda es inusualmente rápida. Estoy segura de que tiene un implante en el brazo del que no habla. Y no sé porqué.

La luz roja del cigarrillo se pone roja. Tres pitidos indican el final de la carga. Simón mira el dispositivo algo decepcionado y lo guarda en el bolsillo.

—Es cierto eso de que no tiene ninguna biomejora en el brazo. Pero tampoco está diciendo toda la verdad.

—¿A qué te refieres?

Simón se señala cerca de la sién.

—Lo tiene en el cerebro. Estuve indagando sobre el tema. Miré todas las biomejoras posibles que pudieran explicar lo que hace él. Todas se basan aumentar la velocidad del golpe, pero su ventaja es el tiempo de reacción, no la rapidez del puño. No encontré nada en los foros habituales, así que me fui a los extranjeros. Vi un chip neuronal que conecta el cerebro con los músculos del brazo. Se llama CIPM, que son las siglas de Circuito Integrado de Predicción de Movimientos.

—¿Predicción de movimientos?

—Así es. El funcionamiento es sencillo: se conecta al nervio óptico, ve lo que ve el usuario, una IA analiza los patrones y cuando ve uno manda directamente la señal de activación al brazo. Esa IA está al tanto de microgestos que el cerebro humano normalmente no puede procesar. De esa forma es capaz de adelantar una reacción de forma automática. Si se configura para detectar cuándo el rival va a abrir la defensa lo que obtienes es un golpe efectivo.

—Pero, ¿los implantes cerebrales no estaban prohibidos?

—En las competiciones normales. En las clandestinas no. Lo que pasa es que nadie en su sano juicio se pondría un implante cerebral que puede romperse dentro de la cabeza con unos cuantos golpes. Podría provocar derrame o parálisis.

—Oh, Dios mío.

—Además, es común que tras la intervención se desarrolle un comportamiento obsesivo compulsivo. Tigre tiene una obsesión con destrozar a todo aquel que esté sobre el ring. Sea quien sea. De eso ya te habías dado cuenta, ¿verdad? Por eso le forzaste a mirarte cuando subieron los sanitarios a atender al Martillo.

—Estudié un poco de psicología para poder motivar mejor a los boxeadores. Pero no pensé que me llegara a servir realmente de algo.

—La intervención resulta muy complicada y cara. Que le haya salido tan bien quiere decir que se ha gastado un verdadero pastizal en ella. Lo que no sé es por qué tantas molestias. Quiero decir, ¿por qué ese implante tan peligroso y caro? ¿Por qué esa manía con querer enfrentarse al Oso? ¿Y por qué no he oído hablar de él antes cuando, evidentemente, es un boxeador experimentado? No lo entiendo.

—¿El Oso es esa montaña de músculos que mide dos metros con un tatuaje de un oso pardo en su espalda?

—¿Lo conoces?

—En realidad no. Pero Tigre no para de ver un combate de ese tío cada vez que tiene una pausa.

—¿Tiene videos de él? Ya lo ha estado estudiando.

—No sé qué decirte. Solo tiene uno. Y no hace más que verlo una y otra vez en el móvil. 

Simón se queda mirando a Eva unos segundos. Ella parece pensativa mientras pierde la mirada en el suelo y juega con la punta de sus pies. 

—¿No estáis juntos y ya le coges el móvil para espiarle?

—¡No es eso! Es solo que me tenía preocupada. 

—¡Ajá! Así que sí que le has mirado el móvil.

—¡Oh, cállate! Sí, vale, le miré el móvil en un momento de descuido.

—Tranquila, no diré nada.

—Lo ha visto más de 600 veces. Está obsesionado. No sé qué hacer.

—En mi opinión tienes dos opciones, pequeña: o apartarte de su camino o acompañarle.

—¿A qué te refieres? 

Simón saca una pequeña cajetilla de cargas de cigarrillos y recarga el agotado extrayendo la cápsula vacía.

—No vas a poder convencerle de que no se enfrente al Oso. Así que dejas de entrenarle o le ayudas a que le haga frente a esa bestia. Si gana o pierde ya es cosa suya. Sin embargo esa es la única forma de quitarse esa obsesión de encima.

—Entiendo. ¿Tú qué harías en mi lugar?

La luz roja del cigarrillo se apaga y Simón da una larga calada antes de responder.

—Yo le ayudaría. Siempre me gustó la historia de David contra Goliath. Desde luego esta es la dura realidad, y en ella no suele haber milagros. Así que necesitará toda la ayuda posible para, por lo menos, llegar hasta él y plantarle cara. Él por sí solo no podría conseguir un combate contra el Oso. Nos necesita.

—Pero ese hombre contra el que quiere pelear es realmente fuerte. Y si encima tiene un chip en el cerebro las posibilidades que tiene de sobrevivir al combate son muy pocas. Lo mejor es que no se enfrente a él.

—Entonces retírate, pequeña. Deja de entrenarle. El chico llamará a la puerta de otro gimnasio para intentar alcanzar su meta. Otros se encargarán de acompañarlo a lo más alto. Viendo su talento, sé que lo hará. Y tú te evitarás la responsabilidad moral de haberle conducido al cadalso. Eso sí, despídete de hacerte con un nombre como entrenadora. Sin experiencia, con un gimnasio pequeño y anticuado que ni siquiera es propio… Has tenido mucha suerte de encontrarte con un pura sangre como Tigre. Si le dejas ir estarás perdiendo la oportunidad de tu vida.

—Pero salvaré la suya. O… al menos eso quiero.

—En ese caso trabajemos juntos. Mejórale el juego de pies y la esquiva. Tigre es rápido de reflejos, y más aún con la izquierda, pero se centra demasiado en el ataque y recibe demasiados golpes aunque tenga la guardia levantada. Necesita moverse y evitar más golpes. Sé que tú puedes enseñarle.

—Sí, eso es algo que había notado durante el combate contra Martillo. ¿Tú crees que me hará caso? Siento como si simplemente me usara como plataforma para enfrentarse al Oso. Como si en realidad yo no pintara nada y no me escuchara.

—Corrigió su defensa Philly Shell tal como le dijiste, ¿no lo notaste? Está claro que te escucha. Lo que pasa es que decidió tomar otra estrategia sin consultártelo. Eso es todo.

—Ya le he echado la bronca por eso.

—Conociéndoos a los dos seguro que tú te pusiste echa una furia gritándole y él se limitó a escucharte y mirarte en silencio.

—Pues sí que eres observador.

Simón se echa a reír. Suena una melodía y Eva saca el móvil del bolsillo. Mira la pantalla y en ella aparece el rostro de su tío. Responde a la llamada pulsando el botón de solo audio. Durante unos segundos escucha atentamente. El rostro de la entrenadora cambia al asombro e intenta interrumpir a su tío en un par de ocasiones sin éxito. Finalmente se despide y cuelga la llamada. La joven se queda mirando la pantalla negra del móvil como si contemplara un fantasma.

—¿Ha pasado algo?

—Mi tío quiere enfrentar a Tigre contra Tiburón.

—¿Tiburón? ¿Ese niño mimado al que Tigre le dio una paliza durante un entrenamiento? —Simón se ríe. —Qué bueno.

—Tiburón ha entrado también en los circuitos bajos. Lleva dos victorias por knockout. Mi tío dice que el patrocinador le ha proporcionado biomejoras en ambos brazos. Se ha vuelto más peligroso.

—Perfecto. Acepta el combate. Tras la victoria ante el Martillo muchos ojos se habrán vuelto hacia Tigre. Si destroza a un púgil prometedor su nombre va a llegar a oídos del Oso. De eso estoy seguro.

—Tampoco me ha dejado elección. Ha fijado fecha para dentro de dos semanas.

Simón tose debido a una mala inhalación de vapor del cigarrillo.

—Joder, qué prisas tiene tu tío —guarda el cigarrillo en el bolsillo interior de la chaqueta. —Será mejor que comience a analizar a ese boxeador. Tiburón, ¿verdad? Voy a buscar videos de él. Por cierto, hablando de videos, ¿te importaría pasarme ese el Oso que Tigre ve constantemente? Siento curiosidad.

—Está en la red. Te busco el enlace y te lo envío luego.

—Sin problema. Nos vemos, pequeña.

Eva frunce el ceño y se cruza de brazos mientras Simón emprende la marcha calle arriba.

—No soy pequeña, ¿sabes?

—Claro… pequeña.

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