Viernes, todo el día by Jorge Aldegunde

Ocurre en una de esas cafeterías brillantes, relucientes –una franquicia, a la sazón–. Mesas y sillas proliferan en el perímetro de una amplia cristalera. El contraste empieza con la elección de colores: se alternan piezas de mobiliario blancas y negras, igual que en las baldosas del suelo, como el ajedrez de la vida.

Me acerco a la barra a pedir café con leche, cruasán plancha y zumo de naranja –un completito–y que le vayan dando al ardor de estómago, que para eso es viernes. Hay un hombre en la barra apurando una birra mientras mira al tendido, distraído. La camarera no termina de despachar a una mujer que luce permanente. El tipo pide otra cerveza, por favor; ella dos manzanillas –me viene el recuerdo fugaz de una anciana esperando en una de las mesas del fondo; deduzco que será su madre–. Mi medialuna no termina de hacerse, así que me entrego a la lectura de frases motivadoras que visten paredes: “los mejores días arrancan con una sonrisa”. Así que practico, obediente, hasta que aparece la mía.

Me sirven la bebida en taza (yo siempre lo tomo en vaso) y la leche hirviendo (adoro que me abrase los labios) pero no digo ni papa: mezcla de pereza y timidez. La camarera y la de la permanente –que debe de trabajar allí, aunque hoy esté de libranza– charlan alegres:

–Puedes encender todas las posiciones de la plancha.

–Pero es que el otro día saltaba el automático.

–Ya, pero si no va muy lento, y se acumulan los clientes.

–Bueno. Hoy está la cosa tranquila.

Verbigracia: el de la cerveza y yo somos La Cosa Tranquila. Así que, relajado, espero que se termine de dorar el cruasán. Empero, encienden la plancha, y los automáticos no se quejan; aguanta la luz con nosotros (siento una punzada de pena: hubiera preferido seguir a oscuras, por aquello del giro becqueriano).

La mujer paga y espera su cambio. Recibe unos billetes embadurnados de harina, remeda que a alguien lo han trincado con las manos en la masa:

–Hija, me he tenido que ir al obrador a por cambio, no tenemos aquí.

–No te preocupes mujer; esto se limpia.

Yo, que solo tengo un billete de veinte pavos, imagino al tipo que trasiega con la fariña y se me quitan las ganas de pagar. Ya luego, si acaso –quién dice que procrastinar no es bueno–.

Arriba por fin, el largamente esperado cruasán, flanqueado por la humeante infusión y el zumo (la camarera se vanagloria de no haber tenido que añadir más naranjas al maquinón que las exprime). Yo llevo salivando desde hace siglos; no veo el momento de ahuecar con la bandeja.

Me siento en una esquinita, camuflado, mientras libero el petate del teletrabajador: tiro de portátil y teléfono para conectarme, por si no va la wifi. Nota sobre esto último: cuando voy de oficina itinerante, antes de preguntar por la clave (pereza, ya dije), intento varias al azar: pruebo combinaciones del nombre del establecimiento con mayúsculas, minúsculas y números –pura tontuna– por si suena la flauta. Que, por cierto, no lo hace nunca: discutible futuro el mío como hacker.

Ya con los bártulos encima de la mesa, decido postergar cinco minutos la preparación de la reunión de trabajo; no parece sensato hacerle ascos al desayuno, después de tamaña espera. Comienzo con el ritual de la mermelada, que siempre me ha parecido harto sensual. Lo de abrir el sobre (sabor albaricoque, aquí lo han clavado), hendir el cuchillo y ponerse a untar es todo un monumento al hedonismo, así que procuro alargarlo. Claro que Murphy no camina solo: la cosa se tuerce desde que la tapa abre mal y a poquitos, con lo que termino con los dedarros ilustrados –porque estamos en invierno, de lo contrario me convertiría en el señor de las moscas–. Y comoquiera que la confitura es pegajosa, resulta que hay que hacer toda una maniobra de limpieza de sala blanca con varias servilletas, para no propagar el mal. Pero todo es susceptible de empeorar: dice la cuarta ley de Newton que, si la porción sobre la paleta del cuchillo es generosa, la gravedad actúa y el asunto cae por su propio peso –en lo que viene siendo la bisectriz de mi corbata de color rosa–. Luzco tremendo lamparón que, para cuando reacciono con las contramedidas, ya ha recorrido varios milímetros en su camino descendente, dejando mi atuendo hecho una pena. Todo ello para solaz del personal alrededor, que asiste sin querer a un teatro improvisado. Sin ir más lejos, a mi lado hay una chica, que observa desde unos ojos verdes, y está a un tris de despiporrarse.

Me recompongo, tirando de flema. Me quito la corbata (¿dije ya que era viernes?), me ventilo las vituallas y comienzo a darle a la tecla. Consulto la aplicación de notas y preparo las preguntas. Y justo suena el móvil. Que, hábilmente, he dejado en el borde de la mesa. La vibración hace el resto: el artilugio se precipita y golpea el suelo en uno de esos ángulos que resultan fatales para la moderna nanoelectrónica. Cuando lo recojo hay una mancha irisada que cubre dos tercios de la pantallita. Estoy por echarme a llorar. Trato de arrancarlo, pero el cacharro ni se inmuta, así que lo tengo que dejar sonar hasta agotar la paciencia del asaz ignorado llamante.

A estas alturas tengo torcido el semblante, pero me acuerdo del estoicismo y sigo con lo mío. La radio del lugar, que sonaba comedida, empieza a escupir los acordes de Always, del bueno de Bon Jovi y la mujer de la permanente, un par de mesas al norte, entra en resonancia:

-Nena, sube el volumen que esta es mu guapa –dice, ufana.

Oído cocina: la estrofa de This Romeo is bleeding ya suena desbocada, decibelios a tutiplén. La cosa pinta chunga, barrunto. Empequeñecido por las circunstancias, decido que una retirada a tiempo es la mejor opción. Escondo los cadáveres (móvil, corbata, amor propio) en lo más hondo del bolsillo de mi maletín, y la pago con la cremallera, de la que tiro violentamente. Y como la pobre no tiene culpa, decide romperse ante tamaña injusticia –otro muerto más al recuento–.

Me abotono el abrigo y ajusto la bufanda –últimos reductos de elegancia–, y me dispongo a salir, paso ligero. Cuando ya estoy fuera, hago balance de inventario y, al llegar a la cartera, constato que sigo con un billete y sin cambio. Me da por reírme en plena calle, como si hubieran contado el chiste del año, y decido apretar el paso un poco más: es viernes, todo el día, y yo me he marcado un sinpa.

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