Proporcionalidad en la legítima defensa: ¿y si mato al agresor? by Javier Salazar Calle

Estaba leyendo una noticia sobre un atraco en Barcelona, en el barrio de Sants. Dos hombres amenazan con un cuchillo a una mujer para robarla el móvil y la pareja de la mujer acaba hiriendo a uno de los atracadores con su propio cuchillo cuando consigue quitárselo. A los dos atracadores les acusan de robo con violencia e intimidación y a la pareja de la mujer de lesiones.

Esto me ha hecho reflexionar sobre el concepto legal de la proporcionalidad en una situación de legítima defensa. En el caso que abre el artículo yo hubiese dejado que se llevasen el móvil sin más (salvo que viese en algún momento un peligro real), mas he recordado la sorpresa que me produjo en 2018 la condena a un anciano de 83 años. Dos hombres entraron en su casa de Tenerife, armados con una pistola simulada y un palo, y comenzaron a torturar a su mujer golpeándola con el palo y rompiéndole dedos de la mano contra el marco de una puerta. El hombre cogió un revólver de su hijo y disparó dos veces, matando a uno de los agresores. No solo los ancianos dijeron que, obviamente, temían por su vida en ese momento; sino que el agresor superviviente dijo que él habría hecho lo mismo. Aun así, le condenaron. Es decir, dos personas entran en tu casa por la fuerza, uno está apaleando a tu mujer, el otro, con una pistola en la mano, está rompiéndola los dedos, tú disparas para salvarla y no se considera eximente total. ¿Qué otra opción tenía este anciano? ¿Pedirles por favor que dejasen de matar a su mujer?

Según el ordenamiento jurídico español, en el artículo 20.4 del Código Penal:

Está exento de responsabilidad criminal el que obre en defensa de la persona o derechos propios o ajenos, siempre que concurran los requisitos siguientes:

  • Primero. Agresión ilegítima. En caso de defensa de los bienes se reputará agresión ilegítima el ataque a los mismos que constituya delito y los ponga en grave peligro de deterioro o pérdida inminentes. En caso de defensa de la morada o sus dependencias, se reputará agresión ilegítima la entrada indebida en aquélla o éstas.
  • Segundo. Necesidad racional del medio empleado para impedirla o repelerla.
  • Tercero. Falta de provocación suficiente por parte del defensor.

¿Y dónde está el límite? Si viene una persona con una navaja y me pide tranquilamente el dinero o me raja, se lo doy y que se vaya. No merece la pena jugarse la vida por un bien físico. Pero ¿y si estoy con mis hijos y esa misma persona está muy alterada y no deja de hacer movimientos raros? A lo mejor le doy el dinero y se va. A lo mejor se lo doy y apuñala igualmente a uno de mis hijos porque está hasta arriba de drogas y no sabe ni lo que hace. ¿Tengo que esperar a ver si les apuñala para intervenir? Y cuando intervengo, ¿tengo que preocuparme de no hacerle un daño excesivo a alguien que puede matarnos de un navajazo o tengo que terminar con él cuánto antes incapacitándole para dañarnos? Cualquier persona con conocimientos de defensa personal te dirá que, incluso sabiendo pelear porque estés entrenado, es muy difícil ganar a alguien armado. Y cuando hablamos de ganar, perder significa que alguien se lleve una cuchillada o un disparo que puede ser mortal. Según la ley, en un caso así, debería recurrir al medio más suave aunque sea inseguro. ¿En serio? ¿Una persona coge una arma y va hacia mí y tengo que preocuparme de “no pasarme” cuando me defienda para que sea proporcional? Para mí esto no tiene ningún sentido. Entiendo la proporcionalidad en situaciones en las que ninguna parte buscaba el daño ajeno. Por ejemplo, en una discusión de tráfico que acaba en una pelea porque uno de los dos conductores agrede al otro. En cambio, en los casos en los que una de las partes está cometiendo un delito planeado (entrar en tu casa a robar, ir con una navaja por la calle para atracar a alguien…) la ley debería proteger de forma tajante a la víctima y dotarla de recursos legales que le garanticen que puede actuar minimizando su riesgo para solventar la situación y no, como ahora mismo, que la ley vigila más el daño mínimo al agresor que el riesgo para la vida del agredido. En una situación de legítima defensa, esperar a que te lance la cuchillada es una locura, porque casi seguro que te alcanzará. A lo mejor no hay que llevarlo al extremo de los países anglosajones, sobre todo Estados Unidos, donde si alguien entra en tu casa puedes volarle la cabeza sin más; pero un modelo que proteja más al ciudadano medio, sí que me parece necesario. Hay que hacer una reforma de la ley que deje más claros los conceptos y menos margen a interpretaciones subjetivas, que proteja más al agredido y menos al agresor y que dé margen a reaccionar de la forma más segura posible sin tener que medir tus fuerzas.

 ¿Se pueden dar casos de excesos con el modelo que propongo? Claro que sí, pero prefiero quedarme largo en la defensa de un agredido que corto en la defensa de su vida. Y si el tipo que se metió en tu casa con una pistola y estaba moliendo a golpes a tu mujer muere, que se lo haya pensado dos veces antes. Así de claro. Yo me imagino en una situación así y no veo qué otra cosa puedo hacer que tirarme a por el agresor y golpearle (yo no tengo ningún arma de fuego en casa). ¿Cada golpe que le diese para intentar salvar la vida de mi mujer tengo que parar, observar al agresor y hacer un análisis de si ya está incapacitado o no para continuar haciéndola daño? Mientras me dedico a esa gilipollez, el agresor, o su compañero en el ejemplo que estamos viendo, podría acabar con mi vida. Yo le golpearía y no pararía hasta estar razonablemente seguro de que ya no iba a dar problemas. Casi seguro que se llevaría más golpes de los que legalmente hubiesen sido el mínimo necesario, pero no seré yo el que me juegue la vida o la de mis seres queridos por llevar una cuenta legal.

Como me dijo una vez un instructor de defensa personal: “no merece la pena jugársela por un bien. Si te quieren robar algo dales la cartera, la cazadora, el coche o lo que te hayan pedido. Si te insultan les ignoras. Si te empujan sigues tu camino. No merece la pena morir por orgullo. Eso sí, si lo que quiere es llevarse a tu hijo o matarte, reviéntales sin piedad. En el juicio ya se verán las consecuencias, pero tu seguirás vivo y tu hijo contigo.”

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Tienes razón Javier, en estos dias estamos viendo situaciones que exijen un cambio. Saludos Juan

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  2. Eso pienso yo. Si estoy en peligro no puedo ponerme a medir fuerzas y jugármela a que me pase algo grave por ello.

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  3. Totalmente de acuerdo contigo. En este aspecto (como en muchos otros) las leyes no tienen lógica.. Por suerte, nunca he vivido una de esas situaciones extremas, pero llegado el caso, estoy segura de que atacaría al agresor con todas mis fuerzas…

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